Las burlas y desprecios que la banda de Frankenstein dedicó al presidente del Gobierno este miércoles en el Congreso no fue un aviso de cisma o amenaza de ruptura. Ni siquiera se pretendió una humillación. Fue un acto más de la gran farsa que Pedro Sánchez y sus apoyos vienen representando desde hace tres años, con momentos más o menos ríspidos, con pasajes más o menos cordiales. Fue, sencillamente, la expresión de una conjura, la confirmación de un acuerdo, el apoteosis de una coalición.

Cierto que Rufián, tan autocomplaciente, se excedió en el castigo al mentar el fariseismo insolente que caracteriza al protagonista de nuestros males. "Denos tiempo", dejó dicho, luego de recordarle a Sánchez su mínima afición por la verdad y el escaso crédito que avalan sus palabras. El resto de los portavoces del secesionismo adoptó un tono de ultimátum, una imperativa advertencia. Ni lo uno ni lo otro. La pandilla basura no hizo otra cosa que, en tan solemne momento, refrendar el eje de su posición. Todos a una, corearon su eslogan favorito. "Hay Sánchez para rato". Al menos, para dos años. Hasta el final de la Legislatura. Si se porta bien, naturalmente. Como hasta ahora.

Sacó Sánchez el trapo rojo en forma de "nunca jamás habrá un referéndum" y embistieron todos como bravos desatados. La derecha, que sí lo habrá porque cualquier desmentido suyo es la antesala de lo contrario. Los rupturistas, que cuidadín, que rafaranda o rafaranda y que 'nunca digas nunca jamás'. Un recurso manido, una estrategema de Iván Redondo para airear un debate por medio de su negación. Algo parecido a la máquina de los hologramas en La invención de Morel, de Bioy Casares.

Se le adjudican distintos adjetivos, a cual más conspicuo y melindroso. "Consultivo", "de autogobierno", "no vinculante"... Se le quita hierro para que cuele

Entre mofas y chanzas de teatrillo, Sánchez consiguió lo pretendido. El tema tabú por antonomasia, el referéndum, inconstitucional, ilegal y tramposo, está ya en el centro de la escena, lo ha colado sin mayores aspavientos. Se le adjudican distintos adjetivos, a cual más conspicuo y melindroso. "Consultivo", "de autogobierno", "no vinculante"... Se le quita hierro para que cuele por el estrecho margen que apenas permite la Constitución. O, en palabras de Rodríguez Zapatero, muñidor del embeleco, en el campo del derecho hay "alternativas creativas" para lograrlo.

Restaurar íntegro el Estatut

El acuerdo sigiloso que alimentan desde hace tiempo Moncloa y ERC es firme y claro, tanto en los objetivos y en los tiempos. Ambos tienen dos años para ultimar ese pacto que los mantenga en el poder y que abra el camino a la consulta. No se denominará de "autodeterminación" porque tal enunciado resulta imposible, aunque tendrá efectos similares. Una parte de España decidirá sobre el futuro de toda ella. Es decir, los ciudadanos de Cataluña le hurtarán al resto de sus compatriotas el inalienable derecho para decidir sobre su futuro. Lo intentaron una vez y acabaron en la cárcel. Ahora les irá mejor. Evitarán la vía unilateral. Lo tendrán mucho más fácil. Se pronunciarán tranquilamente sobre lo acordado en la mesa de negociación que arranca en septiembre. Será un trámite para reponer todos los artículos del viejo Estatut que en su momento expurgó el Constitucional. Y quizás, alguno más.

Dos años bastan para culminar los preparativos. Zapatero, que va despendolado para consumar 'la pacificación' de Cataluña al igual que hizo con la del País Vasco, hablaba incluso de 'seis meses'. En este tiempo, el presidente del Gobierno deberá mostrarse obsequioso con algunas exigencias de los secesionistas. Con el PNV, que tienen esa astucia cateta tan eficaz, está cumpliendo. Con ERC todo está atado. Falta el cabo suelto del loquito de Waterloo que podría dar un disgusto en el momento menos pensado.

Las dudas de Moncloa estriban en adivinar en qué condiciones llegará Sánchez a las urnas de diciembre/23 o febrero/24. ¿Quemado y desportillado por tanto abrazo con Frankenstein? ¿Potente y reforzado con la pandemia domada y los fondos europeos en el bolsillo? El recibo de la luz, los 500.000 ERTE, las miles de empresas quebradas, los impuestazos, el recorte a las pensiones... hay asuntos que hacen más daño que los indultos y la ínsula de Junqueras. Cuestiones que escuecen en las urnas y hasta las hacen cambiar de color. Sus socios lo huelen y por eso le exigen las cesiones ya, cuanto antes. Cuaja ya la convicción de que otro mandato de Sánchez se llevaría por delante la monarquía parlamentaria y el marco de convivencia del que nos dotamos hace 40 años. Parece que los españoles anhelan más un cambio de Gobierno que de régimen.