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Roger Senserrich

Opinión

Brexit o el referéndum de los idiotas

El Brexit fue el resultado de meses de demagogia irresponsable, fantasías, una campaña mediática atroz y la insensata apatía de los dirigentes de la izquierda. ¿A qué nos suena?

Brexit o el referéndum de los idiotas
Brexit o el referéndum de los idiotas EFE

Escribo este artículo horas después de otro día de confusión y caos en la política británica. Theresa May, la primera ministra, presentó el resultado de las largas negociaciones con la Comisión Europea con las condiciones para la salida de su país de la Unión. El acuerdo ha sido recibido con deserciones dentro de su propio partido, rumores sobre mociones de confianza, una crisis de gobierno y la incertidumbre sobre dónde acabará toda esta historia.

El Brexit, huelga decirlo, es una idea espantosa. Esto es algo que cualquier político medio sensato en el Reino Unido reconocía antes de la consulta. David Cameron, el débil, lamentable primer ministro que tuvo la ocurrencia de convocar la votación, sólo lo hizo para contentar al sector montañés del partido conservador, siempre obsesionado con Bruselas. Nadie se creía que los brexiters pudieran ganar, y nadie se tomó en serio el riesgo de que eso ocurriera. Cuando tras meses de demagogia irresponsable, una campaña mediática atroz y la criminal apatía de los dirigentes de la izquierda británica, los votantes votaron a favor de salir de la Unión Europea, nadie, ni el más furibundo de los dirigentes del UKIP, estaban preparados para afrontar el problema.

En una democracia representativa, los políticos se presentan a unas elecciones con un programa electoral concreto. Los candidatos pueden haber sido más o menos honestos al proponerlo, y pueden haber escrito promesas más o menos realistas y/o extravagantes en su manifiesto, pero la transacción es clara: nos piden el voto para ejecutar esa lista de ideas, y debemos juzgarles en base a su cumplimiento.

Cuando los votantes apoyaron abandonar la Unión Europea, nadie estaba preparado para afrontar el problema, ni el más furibundo de los dirigentes del UKIP

No es un sistema perfecto, ni mucho menos. Los votantes no acostumbran a tener la capacidad o la paciencia para leerse y evaluar programas electorales, y los políticos a veces dicen lo que los votantes quieren escuchar, pero no cumplen sus promesas. Es fácil para un dirigente atribuirse éxitos que no son suyos (nota: un presidente de gobierno tiene relativamente poca influencia en cómo va la economía), y también es sencillo que los votantes le echen la culpa de cosas que están fuera de su control, como ataquesdetiburones. La base del sistema, sin embargo, está clara: quien promete algo debe ser quien lo lleva a la práctica, y los votantes pueden echarle sin hace las cosas mal.

El referéndum del brexit, por el contrario, no tenía ninguno de estos incentivos. En vez de tener a votantes preguntando a políticos qué iban a hacer por ellos, lo que teníamos eran políticos pidiendo a los votantes su opinión. Dado que en Reino Unido hay 45.000.000 de votantes, la conversación iba a ser necesariamente superficial, y la pregunta del referéndum simplista. Los políticos pidieron a sus electores que tomaran una decisión en un tema extraordinariamente técnico de relaciones internacionales, y les exigieron que contestaran con un monosílabo.

Un arma política

¿Quién cargaba con el peso de esa decisión? A efectos prácticos, nadie era responsable. Los remainers pedían mantener el statu quo, o quizás no. David Cameron prometía que las cosas serían diferentes con Bruselas. Corbyn se quejaba de la Europa neoliberal. Los empresarios hablaban de lo mucho que necesitaban seguir en la UE, pero sin poder prometer gran cosa. Votar seguir en Europa significaba algo, pero sin nadie al que echar la culpa si Europa iba a peor.

En el lado del brexit las promesas volaron rápidas, furiosas, incesantes, a cada cual más atractiva y embriagadora. Salir de la UE representaba miles de millones para sanidad, educación e infraestructuras. El mundo nos recibirá con los brazos abiertos. Global Britain será un país más abierto, con menos inmigrantes, más próspero y más feliz. Este año ganaremos el mundial seguro. Todo iba a ser bueno, todo iba a salir bien, y si salía que sí, bueno, el pringado que llevaría todo eso a la práctica sería otro, así que tu sigue prometiendo.

Claro, salió que sí. Y nadie tenía un programa, nadie era responsable, y nadie sabía qué definición de Brexit se escondía detrás del monosílabo que una mayoría escueta del electorado británico había contestado. Nadie se había molestado tampoco en preguntarse qué iba a aceptar la Unión Europea de todo este baile, porque nadie se había parado a pensar por qué un monstruo de 450 millones de habitantes se iba a molestar a contentar a una tachuela de 66.

Nadie en Londres se había parado a pensar por qué un monstruo de 450 millones de habitantes se iba a molestar a contentar a una tachuela de 66

Dos años después, los británicos viven envueltos en este sainete político constante donde los brexiters torpedean todo lo que sale de las negociaciones pidiendo más soberanía, y donde todos los políticos implicados deciden sobre qué significa salir de la UE sobre la marcha. El mandato popular del referéndum era el equivalente a pedirle a un arquitecto que construya un edificio, pero no decirle nada sobre su uso, tamaño o coste. Theresa May está tirando planos a sobre la mesa frenéticamente, ofreciendo desde una catedral gótica a una carpa de circo, pero nadie da nada por bueno.

La democracia representativa se inventó, en parte, para permitir que votantes ocupados puedan responder a problemas complejos delegando su poder en lo que ellos consideran sus mejores expertos. La decisión de salir o no de una comunidad política es un tema increíblemente técnico y complicado, lleno de ambigüedades. Cualquier plan para abandonar la UE o ejecutar la secesión de un Estado va a contener inevitablemente temas polémicos, decisiones dolorosas y concesiones inesperadas. El referéndum del brexit, por el contrario, no era una consulta razonada y razonable, sino un arma política. Como tal, la votación se basó en fantasías, y el resultado ha sido un desaguisado.

Hay una manera de hacer que los referéndums sobre temas técnicos sean útiles y eviten caer en populismos idiotas: hacer que la pregunta sea escoger entre dos o más planes concretos, sin ambigüedades. En el caso del Brexit, la pregunta nunca debería haber sido sobre salir o no de la UE, sino entre permanecer en la UE y un plan de salida negociado con Bruselas. Sólo cuando los votantes acuden a las urnas siendo conscientes de las consecuencias de sus decisiones un referéndum puede ser una alternativa válida.

Pedro Sánchez tiene razón: lo más razonable para el Reino Unido es votar de nuevo, con remain y este acuerdo negociado por May como alternativas. Hay que saber qué se vota, y alguien tiene que ser responsable de implementarlo.

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