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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

El 'brexit' como lección

El 'brexit' ha fracturado a la sociedad británica y al propio Parlamento, pero no en dos facciones, sino en varias

La primera ministra del Reino Unido, Theresa May
La primera ministra del Reino Unido, Theresa May EFE

De un año a esta parte las sesiones en la Cámara de los Comunes se cuentan por tragedias. La del jueves pasado fue especialmente tormentosa. Faltaban unas horas para que venciese el plazo de salida de la Unión Europea y la primera ministra volvió a chocar contra el bloque opositor de la cámara. Fue una derrota dolorosa por ajustada. Sólo 58 diputados pusieron los clavos sobre el ataúd político de Theresa May que, por fin, parece dispuesta a tirar la toalla.

Contra pronóstico y por entregas, los británicos han consumado el ridículo. Quién lo iba a decir. Hace justo dos años invocaron formalmente el artículo 50 del Tratado de la Unión y parecía que se iban a comer el mundo. En Bruselas aún se dolían por el golpe recibido unos meses antes con el referéndum del brexity todo parecía fácil, una cuestión de mera contabilidad.

Pero no, de contabilidad nada. El de la factura del divorcio era el menor de los problemas. Tampoco hubo demasiados roces en lo referente al estatus de los comunitario en el Reino Unido y los británicos en la UE. La cuestión aduanera se resolvió relativamente rápido. Si Londres quería disfrutar de cierto grado de apertura en las fronteras tenía que poner de su parte. May no se hizo de rogar y accedió.

Todo es incierto hoy en el Reino Unido. Desconocemos cuándo, cómo e incluso si el Reino Unido abandonará finalmente la UE, pero el daño ya está hecho

El problema no estaba ahí, estaba dentro de casa, en la isla vecina que cuenta con la única frontera terrestre del país, la que separa la región del Ulster de la República de Irlanda y que permanece abierta de par en par desde los acuerdos de Viernes Santo de 1998 que pusieron fin al conflicto norirlandés. Ahí es donde todo ha naufragado porque, tal y como algunos advirtieron poco después del referéndum, el brexit no conseguiría romper Europa pero si hacer saltar las costuras al propio Reino Unido.

Así las cosas no quedan muchas opciones. Los diputados no quieren saber nada del acuerdo suscrito por May con la UE, pero tampoco desean irse por las bravas. Realmente no saben muy bien lo que quieren. Este del brexit es un asunto que ha fracturado a la sociedad británica y al propio Parlamento, pero no en dos facciones, sino en varias. Veamos.

Los hay que aceptan el 'Plan May' y que luego sea lo que Dios quiera. Otros lo rechazan arguyendo que supone separar de facto a Irlanda del Norte del resto del país. Algunos piden una salida "a la noruega". Sus defensores lo llevaron a la cámara, pero la moción fue rechazada. Una variante de esta sería la de permanecer en el Espacio Económico Europeo como miembro de la EFTA junto a Noruega, Islandia y Liechtenstein, pero los Comunes también dijeron que nones, y por mayoría, sólo un puñado mínimo de diputados votó a favor.

Están también los que quieren marcharse de un portazo haciendo una lectura maximalista del resultado del referéndum. "Leave means leave" (salir significa salir, en español), repiten incansablemente, y, aunque no son mayoría en la cámara, si son los suficientes como para influir decisivamente en el debate, amén de erigirse en genuinos representantes de la voluntad popular expresada en las urnas a pesar de que el "si" salió por un escaso 51,9% de los votos.

Entretanto, ciertas zonas del país como el área metropolitana de Londres y Escocia muestran ya su descontento a las claras. El día 23 cerca de un millón de personas se manifestaron por el centro de Londres pidiendo un segundo referéndum, casi el doble de los que consiguieron reunir con idéntico objetivo en octubre del año pasado.

Allí se dieron cita políticos laboristas, liberal-demócratas y hasta significados conservadores como Michael Heseltine, ex ministro de Thatcher y John Major que ha hecho del europeísmo su última causa política. También estaba de cuerpo presente Nicola Sturgeon, líder del SNP (Partido Nacional Escocés) y primera ministra de Escocia. Sturgeon y May firmaron una tregua hace dos años para no obstaculizar las negociaciones. Todo un regalo de los nacionalistas que no iba a durar siempre.

Demoledor el spot de Sturgeon para Theresa May: “Nuestros brazos están abiertos. Nuestra mente está abierta. Escocia está abierta"

El Gobierno de Sturgeon acaba de lanzar una campaña en vídeo dirigida a los europeos. Lo están distribuyendo en las televisiones y, sobre todo, a través de la redes sociales y YouTube. Dice textualmente: "Europa, continuemos nuestra historia de amor. Nuestro bello país está abierto a vosotros. Nuestros brazos están abiertos. Nuestra mente está abierta. Escocia está abierta". El spot dura 30 segundos y es demoledor para Theresa May.

La ofensiva escocesa no se ha limitado a eso. El miércoles pasado el eurodiputado escocés Alyn Smith lo expresó en el pleno del Parlamento Europeo del siguiente modo: "Escocia es una nación europea. Si nos sacan de nuestra familia de naciones contra nuestros deseos y contra nuestra voluntad democráticamente expresada, la independencia será el único camino de regresar. Queridos colegas, dejen la luz encendida para que podamos encontrar el camino de vuelta a casa".

Quizá en los próximos meses ya no se hable tanto de la salvaguarda irlandesa como de la salvaguarda escocesa. Ese es el siguiente problema para May... o para el que venga después porque la mayor parte de escoceses no quieren un acuerdo preferencial con la UE, quieren permanecer dentro de la UE.

La capacidad de convocatoria del SNP es indudable. Sturgeon, que obtuvo en las elecciones regionales de 2016 más votos que conservadores y laboristas juntos, ha dicho en más de una ocasión que lo único debatible en la independencia de Escocia es el cuándo, no la independencia en sí, esa la dan por hecha a lo largo de esta generación. Pocas veces en Londres se lo van a poner tan en bandeja como ahora. No sabemos si aprovecharán la oportunidad llevándola hasta sus últimas consecuencias o la dejarán escapar.

Todo es incierto hoy en el Reino Unido. Desconocemos cuándo, cómo e incluso si el Reino Unido abandonará finalmente la UE. El daño ya está hecho, el proverbial orgullo británico está por los suelos y el país se ha polarizado en posturas antagónicas e irreconciliables. Todo un aviso a navegantes por si alguien más quiere aventurarse por ese sendero.

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