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Jesús Cacho

Opinión

Borrell y el Estado totalitario que nos anuncia

El socialismo de Borrell, tan a gusto durante tantos años en el consejo de una gran empresa como Abengoa, con escándalo incluido y sanción de la CNMV, no tiene un pase. ¿Saben en Bruselas cómo piensa el señor que dirige la política exterior de la Unión?

Borrell pide "unidad" a los países para que la UE sea un actor global
Borrell pide "unidad" a los países para que la UE sea un actor global EFE

“¿Más Estado?”, pregunta (martes, 7 de abril) Martí Saballs, periodista de El Mundo, a Josep Borrell Fontelles. Y el político socialista, actual Alto Representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores, se larga una parrafada que recomiendo leer en su totalidad y con detenimiento, porque es un canto al estatismo más atroz por parte de un personaje al que los medios han tratado con indulgencia por aquello de haberse opuesto al separatismo catalán, pero que ideológicamente demuestra estar mucho más cerca de Pablo Iglesias que de Pedro Sánchez, que ya es decir, y desde luego muy lejos de cualquier planteamiento socialdemócrata a la europea manera. Borrell nos anuncia la estatización inminente de la economía española, la jibarización del sector privado (si no su desaparición), y la consiguiente pérdida de libertades democráticas, porque no se puede concebir un sistema de planificación económica centralizada, al estilo de la República Democrática Alemana (RDA), por ejemplo, en el marco político de una democracia parlamentaria. Dice Borrell:

“[Esta amenaza sanitaria] pondrá de relieve el papel del Estado, que aparece no sólo como el prestamista de última instancia; ahora el Estado es el empleador de última instancia, el consumidor de última instancia, el propietario, porque habrá inevitablemente que capitalizar empresas con nacionalizaciones, aunque sean transitorias, y el asegurador de última instancia. Aumentará la presencia del Estado. Será de forma permanente. Tendremos que acostumbrarnos a no considerar como una carga los sistemas públicos de salud o de seguridad, a no considerarlos como un problema que hay que reducir, sino como un activo esencial de una sociedad. Se cuestionarán las políticas de los últimos años de reducción del papel del Estado, de reducción de los servicios públicos, de reducción de la fiscalidad y va a poner en relieve la necesidad de reformar desde el mercado laboral hasta los instrumentos de lucha por las desigualdades porque la crisis ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de la parte más débil de la sociedad. Habrá que construir sistemas estables y permanentes. Se volverán a poner sobre la mesa debates sobre el impuesto sobre el capital, sobre las grandes fortunas, la fiscalidad como instrumento de construir respuestas sociales, permanentes, consolidadas, que no dependan de la generosidad de un momento de crisis. Vamos a hablar mucho de fiscalidad. Espero”.

De modo que habrá más Estado y, que nadie se engañe, será de forma permanente. Habrá que nacionalizar empresas, y también será fenómeno duradero. Habrá que invertir más en Salud, en Educación, en Seguridad… Volcar más recursos, que nuestro Estado del Bienestar, imposible de financiar sin recurrir al endeudamiento exterior, le parece poca cosa a Pepe Borrell. Habrá más Estado y poca o ninguna iniciativa privada porque, aunque explícitamente no se dice, se deduce, es decir, vamos hacia un Estado Leviatán dispuesto a presidir nuestras vidas de la cuna a la tumba. Más servicios públicos, más gasto público, más reforma laboral al servicio de los sindicatos, que todo el mundo sabe que son ellos los que crean empleo, y todo, naturalmente, para luchar contra las desigualdades, qué boda sin la tía Juana, “porque la crisis ha puesto de manifiesto la vulnerabilidad de la parte más débil de la sociedad”, cosa rotundamente falsa a la luz de los ilustres apellidos que estamos viendo desfilar de aquí a la eternidad por culpa de una pandemia que no hace distingos entre ricos y pobres.  

Todo el discurso de Borrell es de una obscenidad totalitaria que asusta. Y, naturalmente, ¿cómo vamos a financiar ese elefantiásico súper Estado que nos alimentará, nos vestirá, nos educará, nos buscará novia, nos dará trabajo y casa, nos llevará de vacaciones, nos cuidará y finalmente nos dará atea sepultura? Pues obviamente con impuestos, aunque es difícil saber quién pagará impuestos en una economía sin sector privado, al estilo de la RDA. De momento, Borrell anuncia una batería de impuestos nuevos y viejos “sobre las grandes fortunas”, es decir, sobre todo semoviente con independencia de su riqueza o nivel de ingresos, que no hay cosa que más le guste a un socialista que meter la mano en bolsillo ajeno.

Pregunta el periodista si “¿Ahora toca subir impuestos?”, y el señor Borrell, siempre campanudo, responde que no, porque lo que ahora toca es “el endeudamiento masivo”, y no explica por qué, no dice en qué tratado o acuerdo figura barbaridad tan rotunda, porque podría decir que ante dificultades tan graves como las actuales toca ser más austeros, hacer más con menos, ser más eficientes, reducir gasto superfluo, recortar el tamaño del Estado, etc., etc. Y luego añade algo brutal: dice que “el endeudamiento habrá que pagarlo. Salvo, claro, que recurramos a la expansión monetaria. Habrá que preguntarse si existe suficiente capacidad de endeudamiento en el mundo para hacer frente a esta crisis o habrá que recurrir a la financiación monetaria…”. La expansión monetaria, el darle a la maquinita de hacer billetes, fue precisamente lo que, con su hiperinflación asociada, acabó provocando el colapso de la República de Weimar y el ascenso del nazismo, con las consecuencias de todos conocidas.

“Intervención masiva del Estado”

Después de criticar veladamente a los socios del norte de la Unión (“Esta es una crisis simétrica, pero con unos efectos muy asimétricos. Es simétrica porque el virus nos afecta a todos, pero las consecuencias son diferentes” porque el Norte, viene a decir, ya no quiere pagar las copas de los chicos del Sur, esos derrochones incapaces de consolidar sus grandes cifras macro -el déficit público aumentó en 2019 por primera vez desde la crisis hasta el 2,7%-). Borrell vuelve a insistir en que, antes de plantear nuevos tratados europeos, “lo primero es una intervención masiva del Estado en la economía para evitar que no haya una destrucción del aparato productivo y un paro masivo sin mecanismos compensatorios, que luego habrá que distribuir su coste entre todos”. De aurora boreal. ¿Se imaginan que este peripatético Gobierno que está intentando, con escasa fortuna, hacer frente a la pandemia, tuviera al mismo tiempo que mantener avitualladas a 46 millones de personas con cientos de miles de toneladas de alimentos con su manejo y transporte, con medicinas, gas, electricidad, etc. etc., todo eso que está haciendo ahora el sector privado con enorme eficacia a pesar de las circunstancias? ¿Se imaginan lo que hubiera tardado el sector privado en importar guantes y mascarillas de China?

El socialismo de Borrell, tan a gusto durante tantos años en el consejo de una gran empresa como Abengoa, con escándalo incluido y sanción de la CNMV, no tiene un pase. ¿Saben en Bruselas cómo piensa el señor que dirige la política exterior de la Unión? Borrell se revela como el socialista totalitario que siempre fue, firme aspirante al título de Gran Planificador Central. Su ideología, con todo, importaría poco si sus declaraciones no vinieran a poner negro sobre blanco algo que cada día que pasa parece más evidente: que el Gobierno social-comunista de Pedro & Pablo pretende aprovechar esta crisis y sus devastadoras consecuencias para lanzar una ofensiva que persigue la estatización de la economía, la reducción de la iniciativa privada y el recorte de las libertades. En plena orgía dirigista, con el Parlamento cerrado, el Ejecutivo acaba de anunciar que va a fijar también el precio de guantes y mascarillas. Se empieza a echar en falta la cartilla de racionamiento, aunque estará al caer. Tras los anuncios de Borrell, en suma, se esconde el intento de acabar con el régimen de libertades que consagra la Constitución del 78, para ir a un modelo de sociedad colectivista incompatible con una democracia parlamentaria. Es mucho, por eso, lo que está en juego: primero, nuestro dinero; después, nuestra libertad. Ningún proyecto totalitario se impuso nunca con libertades.

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