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Enrique Feás

Opinión

Bitcóin: un paso en falso en la dirección correcta

Lo que está ocurriendo con el bitcóin y otras criptomonedas es que surgieron para cubrir un vacío, pero han terminado desviándose en exceso de lo que es la esencia del dinero y corren el riesgo de fracasar

Foto de archivo de un Bitcoin
Foto de archivo de un Bitcoin Efe

A mediados de los 70 Leonard Cohen se sentía vacío y no sabía qué hacer con su carrera. Recibió entonces la propuesta de uno de los grandes productores de entonces, Phil Spector –quien estaba entonces revolucionando el mundo discográfico con su famoso “muro del sonido”–, para hacer un disco a medias. Cohen, con muchas dudas y contra el criterio de su agente y de muchos de sus amigos, accedió. La grabación de Death of a Ladies’ Man (“La muerte de un mujeriego”) empezó bien, y dio lugar a varias canciones interesantes, pero acabó siendo una auténtica pesadilla. El extravagante e irascible Spector terminó llevándose las cintas a su casa para mezclar el disco a su gusto, impidiendo cualquier intervención del cantautor canadiense. El disco fue publicado en 1977, no recibió muy buenas críticas y defraudó a muchos de los seguidores de Cohen, que no entendieron cómo se había desviado tanto de su esencia.

Una cosa similar está ocurriendo con el bitcóin y otras criptomonedas: surgieron para cubrir un vacío, pero han terminado desviándose en exceso de lo que es la esencia del dinero, y por ello corren también el peligro de fracasar.

Porque la esencia del dinero se basa en el cumplimiento de tres funciones fundamentales, ya apuntadas por William Stanley Jevons en 1875: servir de medio de pago, es decir, como medio aceptado de forma generalizada para adquirir bienes y servicios y saldar deudas, con una divisibilidad suficiente; servir de unidad de cuenta, es decir, como referencia común para expresar el valor de bienes y deudas; y servir de depósito de valor, es decir, como forma de mantener una capacidad de pago a lo largo del tiempo.

Muchos activos tienen algunas de estas cualidades, pero no todas: una tarjeta de crédito o un cheque son buenos medios de pago –aunque no siempre se aceptan–, pero no son unidad de cuenta ni depósito de valor; el oro es un buen depósito de valor, pero no puede usarse como unidad de cuenta, y aunque podría servir de medio de pago para saldar una deuda, nadie puede pagar impuestos con oro ni comprarse un café con una pepita.

El problema es que el bitcoin se utiliza, por un motivo puramente especulativo, para lo que no estaba inicialmente pensado: como depósito de valor

En un mundo moderno y abierto, un primer problema se plantea cuando hay que efectuar pagos internacionales, para lo cual es necesario convertir dinero de un país en dinero de otro país. Si un empresario español tiene que pagar una operación en dólares a un proveedor estadounidense y solo tiene euros, ha de hacer dos cosas: cambiar euros a dólares y transferir esos dólares a la cuenta del proveedor en Estados Unidos. En el proceso el banco le cargará una comisión por el cambio de moneda y otra por la transferencia, pero tiene una triple garantía institucionaly de confianza: el banco garantiza que la transferencia se realizará, y los bancos centrales europeo y estadounidense garantizan el valor de las dos divisas utilizadas.

El desarrollo de la tecnología ha permitido la posibilidad de crear criptomonedas como el bitcóin, es decir, medios de pago digitales cuya confianza está basada no en un ente soberano, sino en una tecnología –la tecnología de cadenas de bloque, o blockchain, que tiene además otros muchos usos– respaldada por la acción simultánea de muchos individuos y que la convierten en un mecanismo de verificación inalterable.

Teóricamente, una criptomoneda puede usarse como unidad de cuenta –el proveedor podría fijar sus precios en bitcoins– y como medio de pago, con unas garantías suficientes y sin necesidad de pagar costosas comisiones bancarias –aunque por ahora existen comisiones en las transacciones en bitcóins–.

Ahora bien, el problema es que el bitcoin ha acabado utilizándose para algo para lo que no estaba inicialmente pensado: como depósito de valor. Muchos ciudadanos, asombrados del aumento del valor del bitcóin expresado en euros o en dólares, se han lanzado de forma alocada a adquirir criptomonedas por un motivo puramente especulativo –entendiendo por especulativo simplemente la esperanza de un aumento de valor del activo–. Pero en nuestro ejemplo inicial del empresario y el proveedor mencionábamos otras dos garantías institucionales, la de los bancos centrales, que aquí no existe, y esto tiene importantes implicaciones a efectos del uso de un activo como depósito de valor.

Volatilidad bitcoin
Volatilidad bitcoin Enrique Feás

Así, en el ámbito de los Estados –o en una unión monetaria supranacional– los bancos centrales actúan como garantes de la moneda establecida por dichos Estados como oficial o de curso legal, y por tanto de aceptación obligatoria. Dicho carácter oficial le confiere un valor intrínseco mínimo, porque incluso en contextos de desconfianza –como en economías dolarizadas o eurizadas, o en países con hiperinflación– siempre habrá una mínima demanda de moneda nacional para cubrir una actividad básica: el pago de impuestos.

Con el bitcoin no ocurre eso: la confianza en la que se basa una criptomoneda es únicamente la confianza en la tecnología o en la incapacidad de cualquier individuo malintencionado para falsificarla o alterar su valor. En este caso, al no existir ningún ente soberano que lo respalde, cualquier crisis de confianza haría que su valor se desplomase, pero en este caso sin límites: el valor intrínseco mínimo de una criptomoneda es, simple y llanamente, cero.

Hasta que no consigan respaldo institucional, las criptomonedas seguirán siendo activos altamente especulativos y un mal lugar donde colocar los ahorros de una vida

Por otra parte, las criptomonedas como el bitcóin presentan aún un deficiente funcionamiento como medio de pago por varios motivos: en primer lugar, su grado de aceptación es variable y aún escaso; por otro lado, la libertad de creación de criptomonedas provoca como efecto secundario negativo un exceso de variedad: bitcóin compite al tiempo con otras criptomonedas como Litecoin o ZCash y con sus propias variedades internas (bifurcaciones duras) como Bitcoin Cash o Bitcoin Gold, lo que va reduciendo la posibilidad de que una de ellas se imponga como generalmente aceptada; finalmente, la alta volatilidad de su precio las hace poco recomendables para realizar pagos. Así pues, el bitcóin no funciona bien como dinero: tiene por el momento mucho de bit y poco de coin.

Quizás algún día alguna de las criptomonedas se consolide y se acepte de forma generalizada, se reduzca su volatilidad y funcione bien como dinero. Entonces los bancos centrales deberán integrarlas en su estrategia de política monetaria, para lo cual algunos ya están pensando en crear sus propias criptomonedas –como la e-Krona sueca–. Su éxito, sin embargo, no será fácil, ya que gran parte del atractivo de las criptomonedas se deriva precisamente del hecho de haber surgido al margen de los Estados –que no de la legalidad–.

Hasta entonces, las criptomonedas siguen siendo, ante todo, activos altamente especulativos y un mal lugar donde colocar los ahorros de una vida. Por eso los principales organismos supervisores (en España el Ministerio de Economía, el Banco de España y la CNMV) han desaconsejado comprarlas, al menos hasta que las plataformas no estén convenientemente reguladas.

El bitcóin no funciona bien como dinero: tiene por el momento mucho de bit y poco de coin

Eso no quiere decir que las criptomonedas y la tecnología blockchain subyacente no sean aportaciones interesantes. Seguramente han venido para quedarse y apuntan en la buena dirección. Pero, como pasa muchas veces con las nuevas tecnologías, a veces en su primera versión han de estrellarse para garantizar el éxito de una segunda versión ya filtrada de los excesos y errores iniciales.

El disco Death of a Ladies’ Man también se estrelló, pero resultó tan sorprendente que mantuvo a Cohen en la escena musical el tiempo suficiente como para, dos años después, permitirle resucitar con un nuevo disco, Recent songs, con el que volvió a sus esencias, recondujo su carrera y engrandeció su fama. Cuando, mucho tiempo después, le preguntaron cómo recordaba su experiencia con Spector, Cohen lo resumió con su genialidad habitual: “Fue un paso en falso en la dirección correcta”.


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