La semana pasada la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula Von der Leyen cumplió con el trámite. Vino y nos contó que estaba encantada con el Programa de Recuperación, Transformación y Resiliencia. Hemos sacado sobresaliente en diez de los once exámenes a los que nos presentábamos. Toda una reválida en tiempos de EvAU. Gracias a ello, Bruselas informó que en breve librarán un primer pago de unos nueve mil millones de euros. Eso sí, lo que resta, pues poco a poco, no nos fuéramos a poner nerviosos. ¿Condicionado? Desde luego. El resto llegará a medida que se vayan cumpliendo los muy numerosos hitos fijados por otros tantos indicadores que aparecieron de repente en el informe de la Comisión.

Dicho esto, es llamativo que haya quienes se sorprendieran por la aprobación. Más aún, no pocos parece que esperaban por parte de Von der Leyen un discurso duro y enconado. Sin embargo, nada más lejos de la realidad. Sus palabras han sido para dar un respaldo, desde luego nada incondicional, pero sí al menos en este momento sin fisuras, a un plan por el que muchos no darían ni las cañas previas a una cena.

En todo caso, esta aprobación no debería sorprendernos. Y no debe porque el Plan es tan hijo de la Moncloa como de Bruselas. Entiendo que haya quienes simplificando se crean, casi, que el Plan lo han hecho el tándem Sánchez-Redondo escribiendo durante los fines de semanas y en los huecos de sándwich y café. Casi como el otrora dictador y fundador del régimen de Corea del Norte, Kim Il-sung, quien según cuentan las leyendas norcoreanas fue capaz de escribir en vida no menos de 18.000 libros, es decir, un libro cada día y medio de su vida. No, este Plan se ha escrito entre Madrid y Bruselas por equipos de gente que sabía qué había que hacer. Y esto por varias razones.

Este Plan es el resultado, más o menos exitoso, del trabajo de técnicos, funcionarios y altos cargos en apoyo directo con otros tantos de la Comisión

En primer lugar, porque, independientemente de la existencia de reformas o inversiones que gusten más o menos, el Plan ha seguido las directrices, como no puede ser de otra manera, establecidas en los reglamentos aprobados por el Parlamento europeo para su elaboración y aprobación. Y no solo el español. Lo habrán hecho todos los países en menor o mayor medida y todos serán aprobados. En segundo lugar, porque este Plan es el resultado, más o menos exitoso, del trabajo de técnicos, funcionarios y altos cargos en apoyo directo con otros tantos de la Comisión. De nuevo, como no puede ser de otro modo. Esto puede llegar a relativizar, en cierta forma, una de las mayores críticas que, quizás, se pueda hacer del Plan: que no se haya puesto en común con los partidos y la sociedad española hasta que éste estuviera terminado. Pero como la política es el arte de lo posible, lo que también debemos entender es que las líneas marcadas desde Bruselas han sido siempre muy férreas, sin que existieran demasiados grados de libertad para la originalidad, y aún en el caso de que Casado y compañía hubieran participado, y creo que deberían haber tenido esa oportunidad, el Plan no habría sido muy lejano al actual. Por lo tanto, ¿les extraña el respaldo?

Dicho esto, que creo explica en buena parte el espaldarazo de la Comisión, y en otro orden de cosas, no debemos olvidar que este no es el punto y final. ¿A partir de aquí todo listo y a gastar? No. Las debilidades del Plan siguen presentes, aunque no hayan sido sometidas a una evaluación excesivamente estricta por parte de la Comisión. Estas debilidades se concentran principalmente en el grado de indefinición de ciertas reformas que podemos considerar centrales o troncales dentro del Plan.

De momento la música no parece disgustar demasiado a Bruselas, pero asumo que una vez aprobado el Plan y probadas las mieles de la primera entrega, la Comisión apretará sin ahogar

El Plan, obviamente, tiene sus fortalezas. Es un Plan que realiza un magnífico diagnóstico, con buenas propuestas en general, y sostiene la necesidad de ciertas inversiones y reformas así como de inversiones. Sin embargo, de momento, la desconfianza sobre lo que vamos conociendo de las reformas pensiones o del mercado de trabajo permanece. La Comisión lo ha solventado con que ha admitido la excusa del Gobierno. Y que es simplemente que son reformas que deben adecuarse a la negociación con los agentes en el entorno del diálogo social. Hemos tenido casi un año para ello, pero vale, aceptamos pulpo, ha dicho la Comisión. Pero cuidado con mandar sucedáneos de reformas. De momento la música no parece disgustar demasiado a Bruselas, pero asumo que una vez aprobado el Plan y probadas las mieles de la primera entrega, la Comisión apretará sin ahogar para que se cumpla lo que debe cumplirse.

El documento de la Comisión lleva incorporados hitos y exámenes. Y estos aderezados con indicadores y metas evaluables. Si este trabajo ex-post de la Comisión se hace como se debe, no será posible por parte del Gobierno trasladar decorados vestidos de reformas que no ataquen los problemas que Bruselas considera deben resolverse. Habrá que esforzarse aún más para aprobar el siguiente examen.