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Miquel Giménez

Opinión

Soy una bestia carroñera

El nuevo presidente de la Generalitat, Quim Torra
El nuevo presidente de la Generalitat, Quim Torra EFE

Con Quim Torra como presidente de la Generalitat las cosas están claras: los que usamos habitualmente el castellano somos unas bestias con rostro humano, unos carroñeros, unas víboras y unas hienas. Textual. Si eso lo llega a decir Arrimadas de los catalanoparlantes la estarían quemando viva en una plaza pública.

“No volverá a suceder”

Torra ha dicho que sentía mucho haber dicho tales cosas y que no volvería a suceder. Ha copiado, sabiéndolo o no, la fórmula empleada por Don Juan Carlos a propósito de su bochornoso safari. Que ahora lamenta haber escrito allá por el 2012 tales epítetos, vista la repercusión que han tenido, no lo dudamos; que haya mudado de manera de pensar es menos probable. Nada parece indicarlo, ni su radicalidad acerca de llevarnos a una república a pesar de tener a más de la mitad de catalanes en contra, ni la de manejar mentiras como que el 1-O fue un plebiscito, que existan presos políticos o que el nivel de represión en España es delirante.

Causa estupor observar como quien dice todas esas barbaridades lo hace desde una tarima pública, pudiendo ejercer su derecho a la libertad de expresión – y de infamia, añado -, con sueldo público y ocupando la máxima magistratura catalana. Convendremos todos en que, primero, si esto es una dictadura, es una auténtica birria como tal; segundo, tampoco es baladí constatar que Torra y toda su troupe ni están encarcelados por sus ideas ni por sus palabras. Otra cosa sería si España fuese ese régimen totalitario e inquisidor. Su problema va a empezar justamente cuando intenten saltarse las leyes. Ahí sí que van a tener que afrontar las consecuencias, salvo que se fuguen como sus ídolos Puigdemont, Comín, Rovira o Gabriel por citar unos pocos.

La desvergüenza es tan enorme que casi no valdría la pena contradecir a quienes disfrazan la delincuencia bajo la capa del patriotismo o a la corrupción con ropajes honorables. Pero debemos hacerlo, si más no porque, si existe una bestialidad en el sentido de ferocidad irracional, es la de los separatistas que se empeñan más que nunca en llevarnos hacia el enfrentamiento civil. Solo basta escuchar a Torra, a Esquerra o a las CUP para constatar que, o bien viven en otro mundo, o están intentando provocar al Estado para que haga alguna barbaridad.

Que están instalados en la irrealidad es algo más que constatable, y no de ahora; que el Estado haga algo es mucho más improbable, si entendemos Estado por gobierno. Rajoy ya ha dicho esa recua de vaciedades que suele soltar: que estarán muy vigilantes, que no le gusta lo que escucha, que la ley hay que cumplirla, en fin, las frases vacías de siempre. Y decimos vacías porque todo eso luego se queda en un sentarse a ver pasar la comitiva judicial y dejar que la vida siga su curso. Esa pasividad fatalista – es tristemente recurrente escuchar en labios de dirigentes políticos estatales “qué le vamos a hacer, los catalanes son así” – es lo peor que puede sucedernos a los que vemos a donde nos lleva la piromanía de unos, aliada con el pasotismo de otros. No es momento de andarse con chiquitas, pero al gobierno popular esto le viene grande, enorme. Lo suyo es el chascarrillo parlamentario, las greguerías, el guiño a su electorado más pancista y esperar que Dios nos dé salud. Cuando se produce en la historia una crisis del tamaño de la que padecemos en Cataluña es necesario que, al frente del gobierno, haya un hombre de estado. Para nuestra desgracia, lo que tenemos es simplemente un señor que a duras penas llega a presidente de diputación provincial.

Por qué Torra no va a cambiar

No es casual que el separatismo haya acabado eligiendo a Torra como su candidato. Observen que no digo Puigdemont, que es quien lo ha designado, sino que me refiero al conjunto del movimiento secesionista, amplio, complejo y bastante fracturado en el momento presente. Lo han hecho porque es la persona que mejor aúna todos los requisitos que, según su óptica política, precisan. Ya los he enumerado en otros artículos, pero lo repetiré: es culto, educado, no alza la voz, tiene aspecto bonachón, sabe dialogar y, por descontado, es un fanático separatista. Sabe disfrazar con frases hermosas y bien cortadas lo que en labios de otros sonaría como un cornetín de órdenes.

Él no va a cambiar nada de su discurso, si acaso lo dulcificará con su sonrisa y su mirada de miope, con gesto de chico al que han pillado robando la mermelada de la despensa. Pero sepan que lo primero que hará será dotar de una enorme dotación presupuestaria a TV3, que ya lleva días quejándose por boca de su director Vicent Sanchís de que, o les dan más pasta, o deberá dejar de emitir todos los programas producidos por los amiguetes del proceso. Y lo segundo que firmará será las subvenciones para Ómnium y la ANC, no lo duden. Porque el aparato del golpe de estado fallido está en los huesos económicamente hablando, y de algún lugar han de salir las misas.

No, nada cambiará, todo lo contrario. Los profesores separatistas respiran aliviados al saber que el mejor valedor de su intoxicación pedagógica estará sentadito en la silla de President, así como los CDR, que saben que Torra simpatiza con ellos; de hecho, recomendaba en uno de sus tuits que la gente acudiese al de su barrio y se apuntase. Lo mismo sucede en las comisarías de los Mossos, en las que los partidarios de la constitución ya pueden ir apretándose los machos, porque les van a hacer la vida imposible. Esto me da pie a decir, de pasada, que alguien como Torra va a estar al frente de un cuerpo armado de cerca de catorce mil personas. A pistola automática per cápita son catorce mil armas. Hagan ustedes sus cálculos.

El separatismo vuelve a vivir un momento de euforia, de ánimo, de calentamiento. Aunque no se hayan manifestado ante el parlament de manera multitudinaria – pocas cosas hay multitudinarias en ese campo actualmente, porque la masa independentista está francamente agotada después de tanta jornada “histórica” y de seis años de movilización permanente – eso se nota en las redes sociales, en la misma TV3, en las conversaciones particulares. Ara sí que anem bé, dicen, ahora sí que vamos bien. El terrible navajeo que se está produciendo detrás de las bambalinas entre Esquerra y Junts per Catalunya o entre éstos y el PDECAT, por ejemplo, queda diluido ante la sensación de victoria que tienen los que siguen creyéndose que esto puede ir a algún sitio en el marco de la Unión Europea.

Aunque piensa hacer sentir a Puigdemont como el rey del mambo, sabe muy bien que la firma es suya y solo suya

Sigo diciendo que la oposición constitucionalista no le ha tomado todavía la medida correcta a Torra. No tiene la menor intención de ser un presidente florero y, aunque piensa hacer sentir a Puigdemont como el rey del mambo, sabe muy bien que la firma es suya y solo suya, y que las leyes, esas mismas de las que abomina, le respaldan en su cometido como presidente. De ahí que, tras la sesión de investidura y haber escuchado a todos los intervinientes, me parece oportuno hacer patente que nada sería peor para la mayoría de catalanes que un cierto fatalismo que me ha parecido notar. Aquí no sirven para nada los “ya lo decía yo”, “se veía venir”, “no atienden a razones” o el anteriormente citado de que los catalanes no tenemos remedio. Miren ustedes, señores políticos, los catalanes, como los extremeños, los andaluces, los gallegos o los finlandeses no somos ni diferentes ni ajenos los unos a los otros. Todos tenemos las mismas necesidades básicas, todos merecemos respeto y dignidad y todos nos dividimos en dos clases, por reducir el asunto: los que viven muy bien sin dar golpe a costa del sudor ajeno y los que debemos trabajar sudando la gota gorda para salir adelante.

Déjense de matar moscas y actúen con firmeza democrática, únanse Rajoy, Sánchez y Rivera, vayan a fondo en el asunto y garanticen que la ley imperará en Cataluña. De lo contrario, darán alas a los que creen que las calles serán siempre suyas y, ojito, a los que, hartos de esta gente, pretendan disputárselas. Es un consejo de alguien que sufre por su tierra y pos sus gentes. De una bestia carroñera, según Torra.



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