Una de mis aficiones más peculiares consiste en pasarme por las sesiones de información pública del departamento de Transportes de aquí Connecticut.

Las administraciones americanas son muy aficionadas a esta clase de cosas. Ponen un anuncio en su página de internet y redes sociales que tal día a tal hora el subdirector de Infraestructuras Ferroviarias estará en New Haven para dialogar con el público, explicar lo que está haciendo el departamento, y recabar críticas y comentarios del respetable. El estado aquí tiene una red ferroviaria bastante extensa, y dada mi conocida e incurable obsesión por los trenes, me gusta acercarme y preguntar cosas.

La reputación de Estados Unidos sobre la calidad de su transporte público es completamente cierta, así que siempre hay mucho donde mejorar. El departamento tiene muchos, muchos proyectos en marcha, y si algo distingue todos y cada uno de ellos es que son espantosamente caros, van siempre con retraso, y son radicalmente contrarios a lo que implementaría cualquier administración ferroviaria en Europa o Asia. El departamento de transportes insiste en utilizar prácticas, métodos, procedimientos y soluciones que fueron dadas por obsoletas hace décadas en el resto del mundo. Cuando le menciono a alguien del ADIF o Renfe cualquier cosa sobre presupuestos o compras de material rodante en estos lares, casi siempre estallan a carcajadas.

La seguridad de los pasajeros

Siendo como soy un pesado irreprimible, de vez en cuando soy de preguntar por qué el departamento ha adoptado una solución determinada, y si han mirado a como hacen las cosas en Reino Unido, Francia, Alemania o España, así, para comparar. Invariablemente, me miran como un marciano; ¿qué hay que ver? Esto lo hacemos así porque es como se ha hecho siempre, hemos comprado lo mismo que los de Nueva Jersey, y no podemos comparar, que aquí todo es muy diferente y nos preocupa la seguridad de los viajeros, o alguna excusa parecida. Todo lo que sucede fuera de Estados Unidos es sospechoso. Incluso los canadienses no son de fiar.

El resultado es conocido. El transporte público en Connecticut es ineficiente, caro, e inútil para gran parte de la población, en no poca medida porque sus responsables insisten en operarlo del mismo modo que lo hacían en 1950, a veces hasta extremos ridículos. El mapa de autobuses de muchas ciudades del estado es idéntico al mapa de tranvías de 1920, como si nada hubiera cambiado.

Están obsesionados con lo que se está haciendo fuera, siempre mirando qué países están innovando y qué prácticas valdría la pena copiar

Cuando hablo con gente de Fomento o cualquier administración ferroviaria española o leo sobre planes y discusiones internas, el tono de todo lo que hacen es completamente distinto. Para empezar, están obsesionados con lo que se está haciendo fuera, siempre mirando qué países están innovando y qué prácticas valdría la pena copiar. Esto es así desde hace décadas; cuando a finales de los ochenta Fomento decide construir el LAV hacia Sevilla, lo primero que hicieron fue repasar quién tenía el mejor sistema de señales y catenaria (Alemania) y los mejores trenes (Francia) y los importaron de inmediato.

Como he mencionado alguna vez, España es uno de los países punteros en tecnología e infraestructuras ferroviarias ahí fuera, pero uno nunca llegaría a esa conclusión si habla con gente del sector. No importa que construyamos mejor, más barato y rápido que cualquier otro país europeo, o que nuestras redes de cercanías sean comparables (o mejores) a casi cualquier otra ahí fuera. Siempre escucharás comentarios sobre lo mal que se hacen ahora las cosas, como el ADIF/Ministerio de hace veinte años era mejor que el de ahora, y como esto en Francia/Alemania/Suiza o donde sea lo hacen mejor.

Y sospecho que si en España hacemos tan bien (algunas) cosas es precisamente porque estamos firmemente convencidos de que no sabemos cómo hacerlas y estamos locos por mejorarlas

Si los americanos son de una insularidad desesperante, los administradores españoles viven con un perpetuo complejo de inferioridad. Y sospecho que si en España hacemos tan bien (algunas) cosas es precisamente porque estamos firmemente convencidos de que no sabemos cómo hacerlas y estamos locos por mejorarlas.

Porque en España, a pesar de los pesares, hay muchas cosas que hacemos bien. Infraestructuras, por ejemplo, pero también temas como sanidad, orden público, turismo, ocio y cultura, e incluso urbanismo, aunque se de forma accidental. En casi todos estos sectores, el debate público (y dentro del mismo sector) es que Dios mío que mal que lo hacemos todo y cómo este país o esa región nos dan mil vueltas y eso explica por qué estamos perdidos y en decadencia. A la práctica, construimos infraestructura casi mejor que nadie, tenemos uno de los sistemas de salud más eficientes del mundo, una tasa de homicidios casi japonesa, somos el segundo destino turístico del mundo (y pisándole los talones a Francia, tras superar a Estados Unidos), y medio planeta está obsesionado con el modelo urbanístico de Barcelona.

Esto es así en nuestro cómicamente ineficiente mercado laboral, nuestro anticuado e ineficaz estado de bienestar, el fósil sacrosanto en el que hemos convertido nuestro ingenioso modelo autonómico

Diría que es casi un patrón invariable: en todo aquello en que vivimos en un mar de dudas, nos creemos un desastre, dudamos sobre nosotros mismos, debatimos y tratamos de innovar o somos líderes, o estamos cerca de serlo. En todo lo que no se discute, porque tenemos un “modelo de país” y tenemos que defender “lo público”, los “derechos adquiridos”, o alguna perogrullada semejante, naufragamos horriblemente. Esto es así en nuestro cómicamente ineficiente mercado laboral, nuestro anticuado e ineficaz estado de bienestar, el fósil sacrosanto al que hemos convertido nuestro ingenioso modelo autonómico o nuestras carpetovetónicas universidades, pero hay ejemplo por doquier. En las materias donde estamos satisfechos, hacemos las cosas mal. Donde nos creemos inferiores o estamos convencidos que damos pena y nos estamos quedando atrás, somos extraordinariamente competentes.

Motor de la transición

Durante muchos años España estuvo muy por detrás de nuestros vecinos europeos. El complejo de inferioridad que sentíamos a finales de los setenta y durante los ochenta fue el motor de la transición y la prodigiosa, extraordinaria transformación económica, política, y social del país.

Quizás no debamos martirizarnos sobre lo malos que somos, pero ese interés, ese foco en copiar, reformar, mejorar, aprender debe ser la actitud que tenemos como país en todos los temas, sin excepción. Estados Unidos es tan rico, tan gigantesco que pueden permitirse ser insulares de vez en cuando. Los españoles no podemos hacerlo.

Dudemos de nosotros mismos. Aprendamos. Copiemos. Innovemos. Así es como hemos mejorado, y así es como podemos salir de estas crisis más fuertes.