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Miguel Ángel Aguilar

Opinión

Batalla en el dominio cognitivo y otras

Una mujer se protege con una mascarilla en las calle de Madrid.
Una mujer se protege con una mascarilla en las calle de Madrid. EFE

El contagio del miedo mediante las nuevas dinámicas de la comunicación institucional e interpersonal ha sido abordado por el teniente coronel José Lorenzo-Penalva Lucas en el Boletín del Instituto Español de Estudios Estratégicos (IEEE). El estudio subraya cómo esas nuevas dinámicas actúan de catalizador para favorecer lo que se denomina el contagio de las emociones. A partir de ahí, reflexiona sobre las implicaciones severas que se derivan en el área de la Seguridad Nacional. Entiende el autor que la crisis de la covid-19 ha demostrado de forma irrebatible cómo es en el dominio cognitivo -que viene a añadirse a los dominios terrestre, marítimo, aéreo espacial y del ciberespacio- donde ahora se están librando los combates más decisivos.

Hemos pasado así de aquella situación, a comienzos de los años 90, cuando las cadenas de comunicación privadas habían logrado la superioridad informativa, lo que se denominó efecto CNN, que cuestionaba la credibilidad deinstituciones y gobiernos, a la irrupción de la nueva figura de los ciudadanos productores de información, caracterizados por Scott Gant en su libro We’re All Journalists Now, quienes, en tanto que servidores de la tiranía del tiempo real, desafían a los periodistas profesionales. Sucede además que los medios de comunicación han dejado de mediar al perder su exclusiva de garantes de la información, mientras instituciones y gobiernos, desbordados por las filtraciones, dejaban de tener el monopolio que se les reconocía de fuentes oficiales.

La proliferación de espontáneos, por decirlo en lenguaje taurino, viene a enrarecer la posibilidad de ocultar información o de engañar al público, al mismo tiempo que a agudizar la crisis de credibilidad de las instituciones. De modo que la agilidad y el número de espontáneossobre el terreno con capacidades de difundir información en bruto, que incide en directo sobre los receptores conectados, genera la tiranía de la sincronización en las narrativas que compiten por imponerse en la opinión pública, un área donde las instituciones concurren en desventaja para contraargumentar. Además de que, como tenemos aprendido con Jean Baudrillard en La ilusión del fin. La huelga de los acontecimientos, no hay lenguaje humano que resista la velocidad de la luz; no hay acontecimiento que resista su difusión planetaria; no hay sentido que resista su aceleración; no hay historia que resista el centrifugado de los hechos, ni la interferencia desastrosa entre un acontecimiento y su difusión, es decir, el cortocircuito entre la causa y el efecto, como sucede entre un fenómeno y el observador en mecánica cuántica.

A todo lo anterior, nuestro autor, José Lorenzo-Penalva Lucas, suma las noticias falsas, fake news, que, con intenciones lúdicas o perversas, buscan hacer reír o dañar y desestabilizar a terceros, incluso organizaciones o Estados

A todo lo anterior, nuestro autor, José Lorenzo-Penalva Lucas, suma las noticias falsas, fake news, que, con intenciones lúdicas o perversas, buscan hacer reír o dañar y desestabilizar a terceros, incluso organizaciones o Estados, que se ven en la imposibilidad de acceder a las fuentes o de comprobar la veracidad de todas y cada una de las noticias recibidas y así la sociedad de la información se convierte en la sociedad de la desinformación. Su ensayo aborda también la teoría del contagio social entendida como “la difusión de las emociones o de la conducta de un sujeto o grupo en el seno de una multitud que sirve como estímulo imitativo al resto”. Es la ley de gravitación espiritual que arrastra a los dóciles en pos de un modelo, descrita por Ortega y Gasset en su España invertebrada. Para él las revoluciones modernas se han impulsado para demandar el derecho a la seguridad, mientras que las que ahora se avecinan se forjan para conquistar o afirmar el derecho al peligro.

Llegados aquí, conviene atender al problema constitucional de la falsedad, del se ha ocupado Víctor Javier Vázquez en Agenda Pública, donde sostiene que fake news hace alusión a las falsedades que, de forma intencional, se difunden a través de la red con pericia que dificulta distinguir lo verdadero. Uno de los resultados de la confusión es que “los hechos objetivos influyan menos en la formación de la opinión pública que los llamamientos a la emoción y a la creencia personal”. Y así se crea un contexto donde la verdad deja de ser un valor en la discusión pública. Si miran al fondo del cuadro podrán ver al presidente Trump proponiendo unos hechos alternativos a la medida de sus conveniencias para reemplazar la realidad objetiva cuando se considera adversa.

Si partimos del axioma de Carlos Luis Álvarez Cándido, según el cual “la actualidad tergiversa la realidad”, y aceptamos que la naturaleza pluralista de la democracia liberal niega a instancia alguna que pueda arrogarse autoridad para certificar lo cierto, los presupuestos del constitucionalismo exigirían descartar la existencia de la verdad de Estado. Cuestión distinta es que la libertad de mentir o de engañar pueda decaer allí donde la falsedad provoque un determinado daño. Porque hay ocasiones en que la falsedad versa sobre cuestiones básicas de la comunidad política y tiene capacidad de generar una polarización violenta. Es recomendable atender en especial al contexto electoral porque en esos periodos el afán se centra en seducir los sentimientos más que la racionalidad de los electores, explotando su natural predisposición a la disonancia cognitiva, es decir, a reafirmar los prejuicios al margen de los hechos que puedan contradecirlos. En las redes sociales muchos tienden a enclaustrarse en guetos ideológicos extremando sus posiciones y dentro de estas cámaras de eco donde coinciden quienes comparten juicio y prejuicio sucede que la vulnerabilidad frente a las fake news es mayor y sus efectos peores en términos de convivencia democrática, conforme precisa nuestro Víctor Javier Vázquez.

Una base de partida para dejar de enfangar el terreno de juego es la medida que parecen haber adoptado diarios como El País y La Vanguardia donde en adelante sólo podrán añadir comentarios u observaciones quienes lo hagan dejando en claro su identidad. La reserva de la identidad de la fuente es un compromiso que deben honrar los periodistas cuando hayan obtenido alguna información bajo esa condición, pero colaborar a la vileza de quienes se escudan en el anonimato para su atrevimiento injurioso debe concluir.

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