En España hay bares y no fascismo. Y porque hay bares y no fascismo, la izquierda ha cosechado una derrota tan clamorosa. Carmen Calvo ha asegurado que se ha debido a que para el PSOE es muy difícil hablar de esos temas. Y en contra de las críticas que se le han hecho, creo que lo de la vicepresidenta resultó ser un arranque de sinceridad: se han asentado ya tan profundamente en el mundo imaginario que han creado, que han perdido todo pie con la realidad.

Para el recuerdo queda ese manifiesto de intelectuales, escritores y artistas que llamaban a la lucha antifa para salir de una situación, por lo visto, invivible con 26 años de gobierno de la derecha. Ellos, pedestales sobre los que se asienta el saber y la cultura, iluminaban al votante, llamando su atención sobre algo que el ciudadano normal, el de los bares, los ex y los berberechos, no era capaz de ver: el fascismo campaba a sus anchas por Madrid.

Vistos los resultados del 4-M, podemos obtener dos posibles conclusiones, extensibles también al PSOE: o en Madrid hay una parte mayoritaria de votantes que andan despistados o el fascismo no existe en España. Y salvo para el particular mundo de percepciones interesadas que rige en la mente de parte del intelectualismo patrio, lo lógico sería concluir lo segundo. Algo que, por otro lado, resultaba evidente de antemano, incluso para un abajofirmante.

Movilización de intelectuales

Con esa arrogancia del que se ve dentro del valladar de los protegidos, el grupo de firmantes trató de emplear su prestigio social para movilizar el voto en contra de una candidatura a la que, de manera implícita y en muchos casos, explícita, trataban de extremista, radical y no sé cuántas cosas más, ridiculizando, además, a su cabeza de cartel. IDA la llamaba la izquierda. Y vuelta, podría decirse ahora.

Esos bares, esos ex y esos berberechos que representaban el supuesto Madrid insoportable contra el que se movilizaron y que con tanto desdén e impostura despreciaba Calvo son la metáfora más acertada de la realidad, de la vida cotidiana de millones de españoles. Después de un año y medio de pandemia y de dejaciones por parte de la Moncloa, el Ejecutivo de la Comunidad de Madrid asumió no sin riesgos, una postura política no ya distinta, sino contraria a las de Gobierno central.

Una postura para abrir los bares, encontrarse a ex por las calles y poder tomar berberechos; es decir: una en la que se devolvía la vida a la sociedad y a la economía, al tiempo que se redoblaban esfuerzos por implementar estrategias sanitarias efectivas (ahí está el denostado Zendal; ahí está el Wizink o el Wanda).

No es la España bullangera que quiso ridiculizar Ábalos, sino la de miles de trabajadores del sector servicios que están asfixiados o de los miles de familias que no saben cómo van a sobrevivir

Esto, claro, no entraba dentro de la lista de temas posibles para el PSOE, que no ha hecho más que menospreciar a Ayuso. Como la izquierda ha basado toda su acción en la irrealidad, pretendían hacer girar la campaña en torno al fascismo denunciado por los abajofirmantes. Pretendiendo un país de navajas y han recibido el castigo del país de los bares, que no es la España bullangera que quiso ridiculizar Ábalos, sino la de miles de trabajadores del sector servicios que están asfixiados o de los miles de familias que no saben cómo van a sobrevivir a partir de la segunda semana de cada mes.

La campaña del PSOE ha sido errática pero reveladora. Sánchez y sus augures mostraron la idea que tienen de sociedad: una masa más o menos informe a la que se puede guiar entreverándola de mentiras, golpes de efecto y fuegos de artificio. La noción de ciudadanía que exudaba cada acción electoral era tan pobre, tan abajada, que sólo podían recibir un soberano rechazo que además, se ha traducido -y no siempre pasa- en una aún más soberana victoria de quien sí se tomó en serio a los ciudadanos y sus preocupaciones.