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Irene González

Opinión

'El País' del Titanic

Desde hace años es el poder el que publica en esas páginas las denuncias a quienes no le guardan el debido respeto y sumisión

Félix de Azúa
Félix de Azúa Javier Martínez

El diario El País ha publicado una tribuna en la que se recogían las quejas de algunos de sus lectores por las opiniones contra el Gobierno publicadas por uno de sus mejores columnistas, Félix de Azúa. Este hecho puede resultar menor en medio de una campaña de vacunación en la que no aparecen las vacunas. Pero la anomalía trascendental que representa para la libertad este episodio, debería movilizar a quienes no han abandonado la idea democrática de esa convivencia de la que deberíamos disfrutar en el siglo XXI.

Bajo el engañoso título “el derecho a opinar sobre los opinadores”, no se reivindica derecho alguno a la libertad de opinión, sino a ese inexistente derecho a no sentirse ofendido. Uno más de la larga lista de los imaginarios derechos con vocación social homogeneizadora de 'la nueva era'.

Hay quien pueda pensar que Azúa, ensayista y académico de la Lengua, es una víctima más de la llamada “cultura de la cancelación” que, en defensa de los que se sienten ofendidos, ha corroído con el ácido de la intolerancia todos los ámbitos creados en su día para la libre expresión de ideas y el desarrollo del pensamiento. Pero el artículo publicado en El País, bajo la cobarde excusa de algunos lectores contra el autor, presenta ciertas mutaciones que agravan el caso de linchamiento.

Se sienten agredidos por las críticas vertidas en un espacio de opinión que ha sido creado para acogerlas, bien sea contra el Gobierno o contra quien corresponda

En primer lugar, se da un paso más en el sentimiento de oprobio, pues los lectores no se sienten estrictamente ofendidos, según el que dirige el ataque, sino 'agredidos'. El escritor discrepante se convierte así en agresor y no en mero provocador. La segunda de las anomalías es que los lectores y el diario no alzan la voz mostrando en nombre o representación de alguna minoría desfavorecida, excluida o con poca presencia y representación en el espacio público. Se sienten agredidos por las críticas vertidas en un espacio de opinión que ha sido creado para acogerlas, contra el Gobierno o contra quien corresponda. Un Gobierno que ostenta un pseudo monopolio del discurso político en España y cuyo poder asfixia a la opinión pública con su apabullante omnipresencia en todos los medios. Ni la Nochevieja del youtuberIbai quedó libre de la propaganda del ministro de Sanidad, Salvador Illa, ocupado en una campaña electoral y no en la de vacunación.

En la cultura de la cancelación, para poder mostrar tu condena con legitimidad has de pertenecer al colectivo objeto de la ofensa. La oscarizada actriz Hillary Swank fue criticada por interpretar el papel de una transexual en una película sin serlo. ¿Qué legitimidad tienen el diario El País y esos lectores a sentirse agredidos por las críticas hacia el Gobierno? ¿Acaso forman parte del mismo ente, del equipo? Quién sabe, quizá sí tengan cierta legitimidad.

"Matarifes como Maduro"

Algunas de las opiniones de Félix de Azúa objeto de la furia desatada son las siguientes: sobre Adriana Lastra -tras desdeñar a Felipe González con una referencia a su avanzada edad- la calificó, en el magnífico artículo “La educación”, de “cuarentona indocta”. Curiosamente se han ofendido por lo primero, no por lo segundo. También tachó de “caótico y trapacero” al Gobierno de la peor gestión de la pandemia y de la más obscena propaganda del orbe occidental. Escandaloso. Cuestionó asímismo lo que significa ser progresista con este Gobierno, precisamente desde el diario calificado oficialmente como 'progresista'', lo que le otorga, por tanto, la cualidad de adjudicar esa condición a su antojo. He aquí al frase objeto de críticas: “Apoyar a los herederos del terrorismo y cobrar en negro de matarifes como Maduro…”. Deberían haber escrito abiertamente los epistolares lectores: "¿Cómo se atreve Félix de Azúa a criticar(nos) al Gobierno desde el diario del Gobierno?

Concluyen los lectores: “¿No pueden ustedes bajar esos decibelios alarmistas?”. “Las columnas de Azúa son un insulto a la moderación”. En ningún caso protestan porque sus palabras sean un insulto a la verdad, pues son incontestables. ¿Cómo se denuncia una injusticia sin que se ofenda el que la comete ni se sorprenda el que no la sufre? El actual nivel de moderación exigido es el silencio, pronto será el aplauso.

En 1982, publicó en en ese mismo rotativo un legendario artículo titulado “Barcelona es un Titanic”. En él hacía hincapié en la putrefacta cultura subvencionada nacionalista que estaba destruyendo la ciudad. En esa época, las denuncias contra el poder se publicaban en El País. Desde hace años, es el poder el que publica en esas páginas las denuncias a quienes no le guardan la debida sumisión porque conocen “demasiado bien el uso de la autoridad que gastan algunas personas sin derecho al respeto”, como se ha defendido Félix de Azúa ante el presente ataque.

Nunca he compartido la denominación de 'profeta' que se le otorga a este escritor junto a Federico Jiménez Losantos y Albert Boadella. Todos ellos alertaron a principios de los años 80 sobre lo que ya estaba sucediendo en Cataluña y lo que sigue pasando. La ceguera voluntaria de la sociedad española, ocupada en prosperar y formar parte de la 'nueva democracia', hizo necesarios 30 años para aceptar la instalada y ya desbordante realidad xenófoba catalana.

Persecución en el colegio

El ataque del poder, que no de meros ofendiditos, no es el primero que recibe Félix de Azúa. Cuando en el verano de 2019 denunció “La maldad” nacionalista de una profesora que golpeó a una niña de diez años por pintar la bandera española, los redactores de ElNacional.cat, al parecer hoy lectores de El País, no aceptaron esas críticas sobre la violencia latente en el odio. Lo negaron replicando: “¿Por qué los nacionalistas no pegan a más niños?”. Inexplicable. Muchas han tildado de machista a Félix de Azúa por criticar a Adriana Lastra y Ada Colau, pero ninguna de ellas defendió a una niña víctima de la máquina de odio nacionalista.

Llama la atención que El País no haya dedicado una tribuna a lo largo de estas últimas décadas a recoger opiniones en favor de Azúa, siempre en la línea de crítica feroz a cuantos se extralimitan en el uso del poder. Sirvan estas palabras de apoyo y profundo agradecimiento a Félix de Azúa por parte de un lectora de ese diario que lo seguirá siendo mientras él y Fernando Savater mantengan sus columnas, y el periódico, a flote. 

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