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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (DÍA 3)

La dura pelea por bajar a por el pan

En esta reclusión obligatoria -sobre todo para los que tenemos hijos pero no perro, hay que insistir- se invierten los términos. Pero la huida a la panadería puede ser un suplicio en estos días distópicos

Las personas guardan distancia entre ellas en la cola de un supermercado
Las personas guardan distancia entre ellas en la cola de un supermercado R.A.

Dicen que de las situaciones límite siempre se sacan enseñanzas que te hacen mejorar. Y dicen también que no valoras algo lo suficiente hasta que lo pierdes. Banalizamos lo cotidiano y deseamos lo extraordinario, en suma. En esta reclusión obligatoria -sobre todo para los que tenemos hijos pero no tenemos perro, hay que insistir- se invierten los términos. Y en mi familia estamos aprendiendo y valorando como merece ese acto cotidiano que consiste en bajar a la calle para comprar una barra de pan.  

Bajar a por el pan siempre ha sido para nosotros una tarea tediosa, rutinaria, vacua. Ahora es una obligación deseable y, sobre todo, una sensación placentera. Porque durante unos minutos huyes del niño, que es lo que más quieres pero también lo que más te irrita. Huyes de tu pareja porque tantas horas juntos disparan exponencialmente las posibilidades de discutir por cualquier minucia. Y huyes de esas cuatro paredes que, pese a tanto meme y tanto chiste y tanto audio divertidos que nos alegran estos primeros días, están empezando irremediablemente a asfixiarte.

Mucho antes de la reclusión mi compañera y yo reñíamos para decidir a cuál de nosotros le tocaba ir a comprar el pan. La batalla se suavizó un poco cuando nació el pequeño, porque en los primeros meses, dichosos pero un tanto agobiantes, bajar a la panadería podía ser una excusa para consultar el móvil o tomar un café. Un acto de relajación. En los últimos meses las aguas habían vuelto al cauce tormentoso y necesario. Otra vez chocábamos porque ninguno de los dos quería bajar. En estos días sombríos, extraños, increíbles hasta el punto de ver al presidente del Gobierno pidiendo con insistencia que te laves las manos, en casa peleamos porque los dos queremos ir a por el pan.     

Sin embargo, la huida a por el pan de este martes, tercer día de confinamiento, se convirtió casi en un suplicio. Ridículo, pero suplicio en todo caso. Primero llegó el desplazamiento. Bajaba ufano, casi oliendo un poco de libertad, con mis guantes puestos y mi gel desinfectante en el bolsillo, cuando el ascensor se detuvo en dos pisos diferentes. En ambos casos, los vecinos me miraron y me comentaron con esa amabilidad embarazosa tan palpable que preferían esperar. O sea, que no subían conmigo para evitar contagios. ¿Actitud cívica o tengo cara de enfermo? Solo sé que uno de ellos llevaba mascarilla y guantes. Quizás él era el contagiado. 

Después llegué a la puerta de la panadería, donde no me importó encontrar que hubiera una cola tan larga y menos aún que chispease. Esas gotas de lluvia me devolvían a la realidad con sus caricias diminutas. Era mi momento. Nadie podría estropearlo, o eso pensaba. Entonces empecé a escuchar los resoplidos ascendentes de quien me precedía en la fila, un hombre al que los Dioses no le regalaron el don de la paciencia y que buscaba en vano mi complicidad. 

Poco después se sumó a nosotros una señora que también debía tener bastante prisa -¿para hacer qué?-. "¿Esto es la cola para la panadería? Joder, vaya mierda", gritó encolerizada. Cierta incomodidad hormigueó en mi cabeza, pero no quería que me robasen la calma allí abajo tras dos horas y media de juegos ininterrumpidos con mi hijo. De repente, a las puertas de la farmacia, a unos cien metros, dos personas empezaron a discutir, no sé si por la tardanza de una tercera persona o porque alguno no había respetado la distancia de seguridad o porque se conocían y la pendencia venía de antes. Demasiada tensión para ser el tercer día, pensé.   

No mejoró el panorama en nuestra cadena humana que, al contrario de lo que pide Pedro Sánchez, no era "de solidaridad" sino de nerviosismo. Un cliente de la panadería se entretuvo demasiado, no puede negarse. Los resoplidos del fulano de delante mutaron en gruñidos. La señora de los gritos empezó a ponerse más y más nerviosa, con una perorata lanzada al aire que incluía tanto quejas por lo exagerado que era todo como ataques al Gobierno por su tardanza en tomar las medidas. De la farmacia aún llegaban ecos de la disputa. Parecía estar inmerso en un capítulo de Black Mirror, aunque eso nos está pasando a todos estos días. La realidad es a veces más distópica y cruda que la ficción. 

Por fin compré el pan y volví raudo a mi casa, donde el retoño me esperaba para convertir el salón en un jardín, pensando en que en nuestra sociedad hay cosas que no cambian pese a estar aislados. Y concluyendo paradójicamente que es preferible estar enclaustrado con mi familia a aguantar las frustraciones de otros. Aunque quizás dentro de quince días no pensaré así. 

-¿Qué tal en la panadería?

-Bien, pero mañana bajas tú.

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