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Miguel Ángel González

Opinión

Bachilleres por autoestima

Como el esfuerzo crea fracaso en los jóvenes, suprímase el esfuerzo por ley para evitar la sensación de fracaso. La tutoría permanente del poder: súbditos en estado continuo de minoría de edad

Bachilleres por autoestima
Bachilleres por autoestima EFE

Siempre que oigo la palabra autoestima recuerdo (y hasta canto) una canción de Javier Krahe. Los éxitos amorosos del narrador tienen mohína a la mujer, que finge finge finge no sentir nada. Ella, artera, le da de beber ron, y al tercero logra que él empiece a distraerse y tenga la autoestima por la tarima, que al final ronca su sueño. En estos tiempos líquidos y feminizados la autoestima cuenta mucho. Cuenta tanto que todo ese sentirse por dentro se ha vuelto ya coartada para justificar cualquier acción personal, sobre todo si tiene que ver con falta de responsabilidad y ejercicio de pereza. Es cierto que la ciencia trae en jaque a la responsabilidad, desde que dicen que ya ni la conciencia existe y que el yo es poco más que un espejismo. Y es cierto que la pereza desprende un calorcillo arrullador, y a ver quién no cede a sus encantos. Pero como nadie quiere ya dar la cara y asumir que así son las cosas, hay que buscarse la justificación. La justificación blandita. La autoestima.

La autoestima no sabe de sexos ni de edades. En principio las mujeres tiran mucho al concepto, y más ahora que casi hay que pedir perdón cuando te las cruzas. A ellas se les mengua la autoestima por cosas muy variadas, de acuerdo con la minoría de edad permanente que les han conferido las metoos y los gobiernos feministos. Basta que algo no vaya bien para agarrarse a la autoestima, tirarla por la tarima sin ron ni nada y pasar a formar parte del pueblo explotado e inocente. Pero no se crean, que también varones adultos y hasta ancianos recurren a la autoestima con más o menos sinceridad, con más o menos artimaña. Es sabido que mucha de esa baja autoestima masculina es una vía recta a la baja laboral: un cobrar sin trabajar como ideal sublime del pueblo soberano. Y no faltan ancianos, decía, que también ahora se quedan sin estima propia, justificada quizá por el amontonamiento residencial y la vejez viejísima a que se llega, ya sin ganas de nada. El populismo lo ha visto claro: un reconocimiento general de la autoestima como valor de bienestar social basta para pastorear a la grey. La autoestima, pues, como cimiento de la demagogia.

Bajones de autoestima; la muletilla es amplísima en los ‘teen’: fracaso escolar, drogas, padres tiránicos, tatuajes mal hechos, el cristal roto de un iphone...

Entre niños y jóvenes primerizos la autoestima se lleva cada vez más. Si por ley no tienen reconocida responsabilidad, se libran a mayores de sus deberes por bajones de autoestima. En este caso la muletilla es amplísima: fracaso escolar, drogas, padres tiránicos, tatuajes mal hechos, una infección por el pin de la lengua, el cristal roto de un iphone, la pereza infinita como estado consustancial al teen. El adulto lo entiende y hasta lo fomenta: ¡si le va lo suyo en ello! Y el político de la política demagoga, sin que a casi nadie le resulte ya una baratija, lo argumenta abiertamente para justificar cualquier asomo de legislación. Ahí tienen la respuesta de la ministra Celaá con que apuntalara la propuesta educativa del Gobierno en su parte más mediáticamente sonada: los chicos podrían obtener su título de Bachillerato con una asignatura suspensa, porque antes que un título está su autoestima. Ya sin disimulo.

La demagogia de este gobierno, del que suele hablarse en potencial porque todo son propuestas, no toca techo. De todos modos, en el caso educativo tiene razón la ministra cuando explica que la cosa no es nueva. En la misma Universidad, oh la Universidad, existe hace tiempo el aprobado por compensación: cuando a un alumno se le atraganta una asignatura obligatoria y no hay forma de que la apruebe, el departamento del ramo puede informar favorablemente para que una comisión de Facultad proceda a aprobarle y, por tanto, a facilitarle la obtención del Grado. En la norma universitaria no se dice mucho para justificarlo, aunque ha de suponerse que el haber superado todas las demás asignaturas compensa y habilita, en opinión de los sabios reunidos, para la superación de la materia atragantada. En todo caso, en la norma universitaria no hay alusión directa a problemas de autoestima, que la ministra Celaá sostiene ahora como argumento fetén para aplicarse a los futuros bachilleres. Mejor regalar un título que tener chicos con autoestima baja.

La autoestima, por tanto, es ya criterio reconocido y suficiente para hacer leyes. Como el esfuerzo crea fracaso en los jóvenes, suprímase el esfuerzo por ley para evitar la sensación de fracaso. Se trata, una vez más, de esa tutoría permanente del poder: ni ciudadanos ni nada, que aquí todos son súbditos en estado continuo de minoría de edad, sin responsabilidad de sus propias decisiones. Según van las cosas, hasta para juzgar se tendrá también la autoestima por vara de medir. Es la consolidación definitiva de la democracia sentimental: un gobierno omnímodo que vela por sus pequeños, atentos siempre al termómetro interno de la autoestima para rehuir el caos habitual de la existencia. Y a diferencia de la canción, sin haber ido siquiera de hazaña en hazaña.

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