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Miquel Giménez

Opinión

Un avión lleno de cazadores belgas

El ministro del Interior, José Ignacio Zoido
El ministro del Interior, José Ignacio Zoido Efe

No es el inicio de un chiste. Es lo que podría ser, a partir de ahora, el mejor ejemplo acerca de cómo jamás debería comportarse ningún gobierno ante la amenaza de los separatistas.

Todo empezó con aquel asunto de las fresas

Muchos recordamos con placer la soberbia interpretación que hizo Humphrey Bogart del perturbado capitán Queeg en “El motín del Caine”. Bogie encarnaba a un oficial de la marina completamente loco, un neurótico peligroso que pone en riesgo las vidas de su tripulación, debiendo ser relevado del mando ante sus órdenes sin sentido por el segundo oficial. En el consejo de guerra, Bogart comienza a declarar en contra de sus oficiales mientras manipula nerviosamente unas canicas en la mano, farfullando “Bien, todo empezó con aquel asunto de las fresas”, aludiendo a un incidente trivial sucedido a bordo en el que queda demostrada ante el jurado su paranoia.

En España, cuando se hable en el futuro de cómo pudo ser posible que un puñado de locos se riera a mandíbula batiente del Estado, alguien podrá decir “Todo acabó con aquel asunto del avión de cazadores belgas”, ese avión que aterrizó en Ocaña disparando las alarmas en Interior, pues procedía de Bélgica y se temía que en él fuese camuflado el fugado Carles Puigdemont. Falsa alarma. Se trataba de un inocente grupo de amantes cinegéticos: dos señoras, una española y otra belga, acompañadas de tres caballeros belgas, amén de los dos pilotos, uno francés y el otro ruso. Todo suena a chiste, ¿verdad? de aquellos que empiezan con “Van en un avión tres belgas, un ruso y un francés…”

Pero no es de chiste, aunque lo parezca. Anda el ministro Zoido todo el día arriba y abajo, sudoroso y congestionado como aquel sargento García que juraba que al Zorro se le iba a apresar en un pis pas, diciendo que Puigdemont no puede volver a territorio nacional sin que sea detenido por la fuerza pública. Pero entre tamaños excesos, va y sucede lo del avión. No dude tanto, ministro, que ya ve como es la vida. Además, que lo detengan ahora, mañana, pasado o el año que viene, que lo detendrán y se le pondrá a disposición de la justicia, compete a las Fuerzas de Seguridad del Estado. No me parece preocupante, porque conocemos de su buen hacer, su profesionalidad, su entrega y su elevadísimo espíritu de sacrificio. Solo precisan que los políticos no les estorben.

Lo sustancial del problema no radica en las medidas que pueda tomar el señor ministro, que serán más o menos eficaces, el problema son las cosas que no ha hecho Mariano Rajoy para frenar lo que estamos viviendo. Nadie dirá que no se veía venir, nadie podrá negar, so pena de tomarnos por imbéciles, que el gobierno de la nación se ha mostrado indolente, abúlico, extremadamente blando con los gritones procesistas. Han sido, digámoslo con todas las letras, unos tremendos irresponsables que lo han fiado todo a la actuación de algunos jueces, pensando que ya escamparía. Cuesta encontrar a alguien entre los que se sientan alrededor de la mesa del consejo de ministros que tenga la visión de estado precisa para haber podido, en caso de estar en la silla de Rajoy, atajar el asunto de raíz. ¿Qué gobierno es este, en el que nadie, repito, nadie sería capaz de poner en su sitio a aquellos que, aprovechándose de la ley, la violan sistemáticamente? ¿Qué clase de políticos son estos, que se refugian en el Aranzadi para dejar en la más completa indefensión a sus compatriotas catalanes no separatistas? ¿Qué más tiene que pasar en Cataluña para que Rajoy, el PP y los partidos constitucionalistas den un paso al frente, se dejen de mezquindades, y decidan ilegalizar a quienes pretenden instaurar una dictadura separatista?

El complejo de inferioridad

Además de algunas razones de orden psicológico que entrarían en lo personal, creo que al gobierno de la nación, a este y a todos sus predecesores, en mayor o menor medida, le sucede una cosa que podrá escocer, pero que tengo por cierta: sienten complejo de inferioridad ante el nacionalismo catalán. Esos catalanes tan modernos, se dicen, tan innovadores, tan atentos a todo lo que sucede en Europa, con tanta cultura, tanta fábrica, tanta visión de futuro, son algo bueno, algo a imitar. Así lo creen en Madrid desde los tiempos de Silvela muchos políticos. De ahí nace el cosquilleo de la inferioridad ante el gesto perdonavidas del procés catalán, siempre con cara de saber más que nadie, de conocerlo todo mejor que nadie, de hablar tres idiomas sin faltas de ortografía, como decía risueño Jardiel. Es la facundia del ricachón, de quien solo cifra la aristocracia en el número de billetes que tiene depositados en el banco, aristocracia ruin y sin gloria, por cierto.

Ya va siendo hora de decir que en Cataluña lo único que ha existido hasta la fecha es una clase dirigente tremendamente caciquil, la última que en Europa traficó con esclavos cuando ya nadie lo hacía, la que financiaba a las tropas carlistas a pesar de que suponía una guerra civil entre catalanes con tal de no perder sus privilegios, la clase que pagaba pistoleros del Sindicato Amarillo para que asesinase a obreros, la que fue regionalista, luego nacionalista y después separatista para acabar financiando el 18 de julio. Esos son los modernos, los audaces, los que nunca han sabido crear riqueza sin que el Estado les otorgara monopolios, ventajas, exenciones tributarias. Son los empresarios de la nada, los teóricos del vacío, los capitanes de una nave que, si ha flotado hasta ahora, ha sido porque los trabajadores, los de abajo, les hemos hecho de salvavidas.

En Madrid, claro, no lo saben, y se han pasmado ante Miquel Roca o ese nefasto político llamado Narcís Serra como antes hicieron con Francesc Cambó, para luego rendir pleitesía durante décadas a un banquero fracasado, un personaje digno del Tartufo de Molière, ese Jordi Pujol al que ahora nadie parece conocer pero que se paseó por los salones del poder con un descaro imponente a lo largo de años. Que tamañas mediocridades hayan podido llegar a ejercer un control totalmente autocrático en Cataluña, llevando a cabo un auténtico programa de ingeniería social para llevar al pueblo catalán hasta el punto de estupidez y de fanatismo actual, empezó cuando alguien de Madrid se maravilló con uno de estos vendedores de humo. Son ustedes, sois vosotros, políticos que ejercéis responsabilidades a nivel nacional los que deberíais haber sabido detener este desastre, y no lo habéis hecho. Os movéis cómodamente en la medianía, en el hoy por hoy y mañana Dios dirá, en esa precariedad propia de quien ni está interesado por el Estado ni por sus habitantes. Sois estultos y cobardes, lamento decirlo, y de ahí que esta banda organizada os haya tomado muy bien la medida y juegue con vosotros como el gato con el ratón.

¿O es que alguien cree que a políticos como Sarkozy, Merkel, y ya no digamos una Thatcher o los presidentes Trump y Putin, los separatistas les iban a durar más de un minuto? ¿De verdad existe algún político español que defienda que Zoido lo hace mejor de lo que lo harían los responsables de interior franceses, alemanes o británicos? Comparar es ofender, pero debemos hacerlo cuando lo que está en juego es la estabilidad política, no tan solo la de Cataluña, sino la de España entera, y el riesgo que presenta para la recuperación económica todo este sainete es de incalculables consecuencias.

Dicen que la ANC y otras organizaciones separatistas van a repartir caretas con el rostro de Puigdemont para manifestarse por las calles. Propongo que a los políticos de la oposición les regalemos también unas caretas, pero con la cara de Bogart en la película a la que aludía al inicio de este artículo. Que cuando les toque intervenir digan todos que todo empezó con aquel asunto de las fresas, que es un complot en contra suya, que la tripulación son una panda de traidores. Háganlo. Pero recuerden el final del capitán Queeg: lo declaran completamente inhabilitado para el mando por enajenación mental. Quisiera creer, ingenuamente quizás, que a muchos de ustedes les sucede eso, y no pensar que todo obedece a un plan diabólico, a un pacto cobarde que se nos hurta a la ciudadanía. Si así fuera, y bien sabe Dios que les prefiero cobardes a traidores, no les sorprenda que quienes conforman eso que se llama la Cataluña silenciosa obren en consecuencia como hizo el segundo de a bordo del Caine.

Y tomen el mando.

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