“Todo lo que se pueda automatizar, se automatizará.” R. Cannon

Si tuviésemos que escoger un solo producto para mostrar todos los cambios que se están produciendo en nuestra sociedad, ese sería el automóvil. Millones de personas trabajando para ponernos, en la puerta de casa, un dispositivo que nos comunica con la facilidad de un móvil, nos acerca físicamente a los nuestros y nos permite descansar o trabajar como haríamos en casa. Muchas cosas han ocurrido desde que General Motors introdujo el primer robot en una cadena de montaje en 1961. Moravec logró que el antecesor del Mars Rover se desplazase solo en una habitación en 1979, Mercedes Benz que una de sus furgonetas circulase a más de 60 kph en calles cerradas al tráfico, y el Waymo de Google circuló en calles abiertas, con pasajero, sin vigilancia policial, sin guía, sin volante y sin pedales, en septiembre de 2015.

No importa que cambiemos propiedad por uso. Pese al enorme daño que la pandemia ha provocado en las matriculaciones, el sector sigue innovando, creciendo, buscando hacernos la vida mejor, más sencilla, más segura. Antes de la crisis del covid, el sector representaba el 10% del PIB español, suponía prácticamente uno de cada cinco euros exportados, y empleaba a unos dos millones de personas. Es el que más destina a I+D+I en Europa. Fuera de aquí, la última ronda de financiación de Waymo ha levantado 2.500 millones de dólares. Y, pese a todos sus problemas y a las dudas de su modelo de negocio, Tesla ha trascendido al sector, posicionándose como el “iPhone de los coches”.

Todos los fabricantes han puesto ya la tecnología y la analítica de datos al servicio del usuario, ofreciéndole una experiencia completa

La compañía de Palo Alto, dirigida por el singular Elon Musk, fue, si no la primera, la que mejor entendió y trasladó a los conductores el cambio tecnológico que se estaba produciendo. No sólo al anticipar el dominio de los motores eléctricos, sino al rediseñar el propio vehículo como una app. Todos los fabricantes han puesto ya la tecnología y la analítica de datos al servicio del usuario, ofreciéndole una experiencia completa, una prolongación de su actividad frente a la interrupción que siempre ha supuesto coger el coche, mientras consiguen aumentar la eficiencia y la seguridad. De acuerdo con los datos de la Organización Mundial de la Salud, en 2018 murieron 1.35 millones de personas en todo el mundo a causa de accidentes de tráfico; se trata de la primera causa de muerte en la población de entre 15 y 29 años, y la octava para cualquier edad; entre 20 y 50 millones de personas resultan heridas anualmente. Los costes de la siniestralidad se estiman en más de 1.8 billones de dólares hasta 2030.

Pero no sólo la vida de las personas se verá afectada por la enorme reducción de siniestralidad que la tecnología proporciona. También los sistemas de salud, tanto públicos como privados; se calcula que, sólo en España, los costes personales de los accidentes de tráfico eran de unos 13.000 millones de euros anuales antes de la pandemia. Esto tiene un efecto directo sobre el sector asegurador. La introducción de la tecnología, con crecientes ayudas activas a la conducción y la consiguiente disminución de los accidentes, provocará unas reducciones en las primas del seguro del automóvil muy significativas en el horizonte 2040, de hasta el 40% en Europa y de hasta el 75% en los EEUU.

Configurar la conducción

En el año 2017, las primas emitidas en seguro directo del ramo de automóviles en España ascendieron a 11.000 millones de euros para un parque de 29 millones de vehículos. En EEUU, el importe fue de 222.200 millones de dólares, para un parque de 272,5 millones de vehículos. El margen de mejora del negocio es escaso mediante el empleo de métodos tradicionales. La tecnología afecta al sector y a todos sus satélites. La transformación no es un deseo, es una necesidad y ya está aquí. Metromile, hace ya diez años en los EEUU, y Mapfre, con pruebas desde 2007 en España, son quizá las compañías que mejor han entendido el cambio, y ofrecen productos adaptados a las nuevas posibilidades que facilitan los OBD, los dispositivos electrónicos de diagnóstico que registran todos los datos de conducción de cada asegurado. Exactamente igual que todos tenemos una sesión particular de Netlix o de Prime, podemos tener nuestra configuración propia de conducción, con registro de la hora de encendido, la duración del trayecto, la ruta, las velocidades, y, por supuesto, los accidentes. Para hacernos una idea del volumen de información que hablamos, y como señalamos en Alquimia, un conjunto de 100.000 conductores genera, durante seis años, más de 400 millones de desplazamientos, más de 2,8 billones de kilómetros y más de 42.000 millones de datos. Conocer cómo conducimos modifica hábitos de comportamiento; un estudio de Metromile comprobó cómo sus conductores reducían hasta en un 6% el uso del vehículo privado tras haber contratado con ellos. En el caso de los EEUU, el 65% de los conductores que menos emplea su coche financia al 35% que más los emplea.

Los coches se han convertido en una prolongación del salón de casa. En comodidad, en seguridad, en tecnología. El camino que se empezó a andar hace 60 años tiene alguna cumbre que superar, pero ya vemos la meta. Si en un vehículo tradicional ocurre un accidente cada 775.000 kilómetros, entre los Tesla dotados de autopilot se da uno cada 6.700 millones. Más de 2.150 millones de vehículos circularán por el mundo en 2040, con prácticamente todos ello conectados de algún modo a Internet, que permitirán diagnósticos a distancia y actualizaciones de software tan sencillas como en cualquier teléfono. El futuro pasa por comunidades de vehículos, que no de usuarios, comunicándose entre sí y con su entorno; coches que no sólo avisan de las circunstancias del tráfico o de accidentes a los servicios sanitarios en tiempo real, sin intervención del conductor, sino que seleccionan el poste de combustible y lo pagan con la tarjeta de crédito asociada al propio vehículo. Nada refleja más y mejor la transformación actual que el automóvil.