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José María Albert de Paco

Opinión

Aténgase a los hechos

La pregunta que me asalta a cuenta de las reconvenciones de Marchena a reos y testigos es por qué lo que resulta inadmisible en un juzgado es de recibo en el Parlamento

Gabriel Rufián, en su llegada al Tribunal Supremo
Gabriel Rufián, en su llegada al Tribunal Supremo

Era previsible que Rufián saliera trasquilado de su testimonio en el juicio del 'procés', pues no hay en España un político tan refractario a la exactitud. Fue oír de boca del juez Marchena la palabra “hechos” y sumirse el joven diputado de ERC en el desconcierto. Diríase que se trataba de la primera vez en su vida adulta que se veía urgido a respetar una cláusula casi demoníaca: hechos, ahí es nada. ¡Nombres a él, que sólo conoce adjetivos! La pregunta que me asalta a cuenta de las reconvenciones (bien que escasas, ay) de Marchena a reos y testigos, es por qué lo que resulta inadmisible en un juzgado es de recibo en el Parlamento. Por qué a los legisladores, en fin, no se les obliga al mismo compromiso factual cuando declaran en Cortes. Se me dirá que la política es persuasión, y que el lenguaje persuasivo es indisociable de alguna que otra dosis de ironía e incluso de sarcasmo. Lo cierto, no obstante, es que nadie que no sea un cínico puede afirmar que lo que se vería desterrado del Congreso es la deslumbrante oratoria de sus señorías. (Que la política sea persuasión, de hecho, es una consideración tan ilusa -e ilusionante- como la existencia del libre albedrío, pero aceptemos pulpo.)

Imaginemos un parlamentarismo exento de grasa, que por pura antiadherencia fuera expulsando a los mendaces, zafios e insolentes

Imagínense a un Marchena ejerciendo de presidente del Congreso, un hombre bueno que ante el menor intento de derrame sentimental, homilía extemporánea o insulto al adversario, cortara por lo sano (‘Cíñase a los hechos’) so pena de amonestación. Que empezara a regir un código por el que la actividad parlamentaria se atuviera al lenguaje recto, a la economía discursiva, a la verdad. Un parlamentarismo exento de grasa, que por pura antiadherencia fuera expulsando a los mendaces, los zafios, los insolentes. Just facts. Escuchaba ayer una tertulia en que uno de los participantes exclamaba: “¿Pero qué se ha creído Rufián, que estaba en una tertulia?”, cuando la pregunta, desalentadora y fatal, es si se creía en una Comisión de Investigación.

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