Si la cara es el espejo del alma, la televisión es el espejo de la sociedad, de lo que somos. Se me han puesto los pelos de punta al ver las imágenes que TVE –podría haber sido cualquier otra cadena– ha emitido sobre el crimen deEl Campillo.

El criminal convicto y confeso, Bernardo Montoya, estaba en su casa con la juez y la Guardia Civil para reconstruir los hechos. Se supo que estaban allí. No hace falta preguntarle a nadie, estas cosas se saben siempre por el lugar donde se concentran las cámaras. En las imágenes se ve una carrera por las calles del pueblo. Los que van delante son muy jóvenes, apenas unos niños. El camarógrafo, mientras sube la cuesta en cuya parte alta está la casa, graba a dos crías, una con gafas y otra sin ellas, que van gritando asesino mientras caminan. Si uno se fija, está claro que no es el periodista el que marcha al ritmo de las chiquillas, sino al revés: son ellas las que se acompasan con el periodista. Parece obvio que no quieren salir del encuadre. Gritan asesino pero sin rabia, sin ira, sin aspaviento alguno. Acompañan el epíteto con palmadas rítmicas: a, se, sino, tres palmadas. A, se, sino, otras tres. Y miran de soslayo a la cámara. Y sonríen, satisfechas, quizá ruborizadas. Están saliendo por la tele. De eso se trataba. A Laura Luelmo, la muerta, ni la conocían. Ni dos semanas llevaba en el pueblo.

Le quitas el sonido a la televisión y no queda claro si están traspasadas de dolor por el asesinato de Laura o esperando para entrar a un concierto de Justin Bieber

Le quitas el sonido a la televisión y no queda claro si están traspasadas de dolor por el asesinato de Laura o esperando para entrar a un concierto de Justin Bieber.

Unos minutos más tarde, la cámara capta cómo un mozallón se tira de panza sobre el capó del coche de la Guardia Civil que llevaba al detenido. Una machada, sin duda, pero ahí ya intervienen odios viejos. Los dos gemelos Montoya habían atraído sobre sí la malquerencia de toda la comarca por ladrones, por asesinos, por abusadores, por pendencieros, por gitanos, por malajes y por mala gente, que no es lo mismo una cosa que otra. Hace años, la gente ya había exigido que les echasen de otro pueblo. Cuando se supo que Laura había sido asesinada, todo el mundo pensó que había sido el otro gemelo, Luciano, y no Bernardo. Pero Luciano estaba en prisión.

Todo esto, con diferencias en el guion pero no en el tono del relato, lo hemos visto ya más veces. Lo vimos en Puerto Hurraco, por ejemplo, hace casi treinta años: recordarán ustedes la imagen de las dos hermanas Izquierdo, Ángela y Luciana (casi coinciden hasta algunos nombres propios), enlutadas y cargadas de medallitas de la Virgen, llorando lágrimas de hiel ante las cámaras después de haber calentado a fuego lento, durante años, el odio de los dos matarifes. Algo semejante vimos cuando mataron a aquellas niñas de Alcàsser en el año de la Expo de Sevilla. Y si releen La casa de Bernarda Alba, de Lorca, encontrarán lo mismo, sobre poco más o menos.

La última vez que vimos algo así fue cuando el asesinato de aquel niño, Gabriel Cruz, a manos de la segunda mujer de su padre, Ana Julia Quezada, en febrero pasado

La última vez que vimos algo así fue cuando el asesinato de aquel niño, Gabriel Cruz, a manos de la segunda mujer de su padre, Ana Julia Quezada, en febrero pasado. Como en el caso de Laura, como en los casos anteriores, la incertidumbre, el paso de los días sin saber nada, soplaban la hoguera de la angustia colectiva. Millones de personas buscaban cada día en los periódicos, en internet, en las televisiones, el último detalle, quizá el desenlace del nudo en el estómago, quizá un milagro. Esto es, sin la menor duda, sincero.

Pero es indiscutible que el enjambre de cámaras, de periodistas que emiten en directo desde lugares que nadie imaginó nunca que fuesen a ser tan minuciosamente fotografiados, convierten la tragedia en un espectáculo que se renueva cada vez, que siempre se parece al anterior. Y se crea una liturgia, una costumbre, un ritual del espanto que acaba por asfixiar al propio espanto. A, se, sino. A, se, sino. Las niñas dando palmadas rítmicas por la calle y sonriendo a la cámara dan mucho más miedo que la cara de bestia del criminal, al fin y al cabo carne de presidio durante más de la mitad de su vida.

Hace bastantes años, un par de crías mataron a una compañera de clase, creo recordar que fue en un pueblo de Toledo. Alguien les puso un micrófono delante de la boca y les preguntó por qué lo habían hecho. Y ellas contestaron con toda naturalidad: “Porque nos caían mal, era una estúpida. Y bueno, claro, para hacernos famosas”.

Hay una alarmante cantidad de gente que está convencida de que la gloria humana es que se pasen la mañana hablando de ti en la tele

Hay una alarmante cantidad de gente que está convencida de que la gloria humana es que se pasen la mañana hablando de ti en la tele, en esos programas que yo he llamado siempre de las anarrosas, da igual quién los presente o quién los dirija. Horas enteras, día tras día, husmeando el último detalle, interrogando a las vecinas, a las amigas, a las vecinas de las amigas de la persona que falta, en tono dramático. La conversión del crimen en espectáculo no es nueva ni mucho menos, pero cada vez hay más medios técnicos, más planificación en el desarrollo de la “cobertura informativa”, más despliegue de cámaras, y el espectáculo es cada vez más perfecto, más impactante, más cautivador para esa gente que parece disfrutar con el olor de la sangre televisada. Se llama audiencia.

Las niñas dando palmadas rítmicas por la calle en cuesta (a, se, sino) no son lo mejor para estos programas: es cien veces preferible el dolor de verdad, el desgarro, los gritos, o si acaso el tipo que ve las cámaras y a renglón seguido se tira en plancha sobre el capó del coche. Pero todo vale, todo es bueno para el convento. Porque todo el mundo lo hace. La transformación de la pornografía informativa en un espectáculo para todos los públicos consiste precisamente en eso: en que todo el mundo lo haga, en que nadie corra el riesgo de perder una décima de audiencia por respetar la decencia informativa. Si todos lo hacen es que está bien, aunque den ganas de vomitar.

La próxima vez seguramente usarán drones para sobrevolar el lugar del crimen. Esta vez me parece que aún no los hemos visto.

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