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Miriam González

Opinión

El asalto a la democracia americana

Esto es lo que nos puede ocurrir a todas las sociedades avanzadas cuando, ante los deterioros democráticos, miramos hacia otro lado

Asalto al Capitolio.
Asalto al Capitolio. Essdras M. Suarez / ZUMA Wire / Dpa / Europa Press

Las imágenes de los partidarios de Trump asaltando el Capitolio han tomado al mundo por sorpresa. Parecía imposible que en un país como Estados Unidos, que se auto-considera el gran bastión mundial de la democracia, pudieran producirse este tipo de levantamientos. Como ha dicho el expresidente Bush, estas cosas son las que ocurren en las republicas bananeras. Ahora muchos americanos se horrorizan de que algo así haya podido pasar en su país y apelan al ‘honor’ de la patria. Pero como bien ha mencionado Obama, los americanos tienen que dejar de auto-engañarse, porque esto se veía venir desde hace tiempo. 

Es difícil para una democracia sobrevivir al nivel de polarización tan bestial que existe en Estados Unidos. Y eso a pesar de que la Constitución americana está repleta de controles democráticos (al contrario que la nuestra). Estados Unidos vive en un estado de histeria colectivo, con exageraciones constantes; todos se sienten permanentemente ofendidos por lo que dicen ‘los otros’; y ambas partes han fomentado sin reparo el culto a la exaltación. 

En cualquier otro país esa combinación de exaltación continuada y accesibilidad a las armas habría producido ya una guerra civil y habría dado lugar a fuertes represiones

Cuando uno vive en Estados Unidos (en mi caso durante dos años) lo que realmente sorprende es la salud y la fuerza de su sistema democrático. Especialmente porque toda esa población tan polarizada y tan exaltada, por ambos lados, tiene un acceso facilísimo a todo tipo de armas. Cuando empezó la covid el pasado marzo, era impresionante ver las colas en las tiendas de munición; y en algunos Estados se pueden comprar hasta armas militares del calibre 50 sin licencia. En cualquier otro país esa combinación de exaltación continuada y accesibilidad a las armas habría producido ya una guerra civil y habría dado lugar a fuertes represiones. El levantamiento del Capitolio se ha saldado con cinco muertes, que son demasiadas, por supuesto. Pero la democracia en Estados Unidos sigue funcionando. Y el recuento de los votos electorales en el Senado, que es lo que los asaltantes pretendían detener, ya se ha formalizado.   

En contra de lo que dicen algunos como Hillary Clinton, lo que ha ocurrido en el Capitolio no ha sido un golpe de estado. Ni un acto de terrorismo doméstico, como ha dicho Biden. Ni tiene nada que ver con el golpe de Tejero, como han dicho algunos comentaristas españoles. Ha sido un motín no para tomar el poder por la fuerza, sino para interrumpir la certificación de los votos electorales para elegir al nuevo presidente. La gravedad proviene del enorme fallo de seguridad que permitió a los asaltantes entrar en las oficinas de los senadores y en el hemiciclo; y sobre todo proviene de que fueron azuzados por el presidente de los Estados Unidos. El máximo responsable de la ley y el orden animando a la ruptura de la ley y el orden. 

La última pataleta

A pesar de lo trágico de la situación y de las muertes y heridos, no faltó la parte cómica: el chamán con las pieles y los cuernos de vikingo de QAnon; los manifestantes escalando el edificio cuando todo el que lo conozca sabe que hay escaleras por todos los sitios; los que llegaron con banderas de ‘Jesús’; o los que aprovechando el gentío montaron un puesto para vender pollo frito. Cada loco con su tema.

Esa situación tan esperpéntica no puede hacernos obviar lo que de verdad importa: el que una persona de escasos principios éticos como Trump, que nunca tuvo que llegar a la presidencia del país más poderoso del mundo, está por fin en el camino de salida. Esta última pataleta responde a que el miércoles perdió, en Georgia, el control del Senado; y a que su vicepresidente Pence se negó a no certificar los votos electorales presidenciales en el Senado, como Trump le pedía. Cada vez está más solo.

Es muy poco probable que la polarización de la política americana disminuya, a pesar de este shock. Ha sido muy significativo que el discurso de Biden dirigiéndose a la nación no fuera un discurso presidencial, sino el discurso de un candidato, más interesado en apuntar a Trump que en calmar la situación. Si Biden está de verdad interesado en ser presidente ‘para todos los americanos’ va a tener que cambiar mucho su retórica.

Muchos dirigentes republicanos que no compartían las decisiones de Trump han estado callados como muertos sin atreverse a criticarle

Pero lo que puede que sí cambie, es la asociación del partido republicano con Trump. Durante los últimos cuatro años, e incluso tras perder Trump las elecciones, muchos dirigentes republicanos que no compartían las decisiones de Trump han estado callados como muertos sin atreverse a criticarle. Ahora por fin, a raíz del levantamiento, están saliendo uno tras otro a distanciarse de él. Mejor tarde que nunca. Pero cuando los partidos políticos permiten a sus sectores más extremos tomar el poder, acabamos pagando todos la factura. 

A nivel mundial, lo que supone este levantamiento en una democracia tan icónica como la de Estados Unidos es un aviso a navegantes: esto es lo que nos puede ocurrir a todas las sociedades democráticas cuando ante los deterioros democráticos miramos hacia otro lado; y cuando nuestros intereses personales o nuestro hastío por la política nos llevan a bajar la guardia y a descuidar nuestro sistema constitucional. La democracia nunca puede estar parada: cuando no avanza retrocede. Incluso en democracias maduras, estables y ejemplares como la norteamericana. 

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