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Jaime Ignacio Del Burgo

Opinión

Arzalluz o la reencarnación de Sabino Arana (II)

Sobre los acontecimientos que demuestran que Arzallus no rechazaba la integración de Euskadi en España y aceptaba que de la consideración del País Vasco como una nacionalidad sólo se desprendía el derecho a la autonomía

El expresidente del PNV, Xabier Arzalluz
El expresidente del PNV, Xabier Arzalluz

Javier Arzallus irrumpe en la primera línea de la política al resultar elegido diputado por Guipúzcoa en las primeras elecciones democráticas del 15 de junio de 1977. El presidente del PNV era Carlos Garaicoechea, que acababa de ser nombrado en abril de ese mismo año. Arzallus ha referido en sus memorias que la propuesta a favor de Garaicoechea la hizo él, con el argumento de que había que rejuvenecer la imagen exterior del partido y sobre todo porque “si persistimos en que Nafarroa forma parte de Euskadi y queremos poner esa reivindicación en primer plano, creo que sería acertado que eligiéramos a un navarro”. Su propuesta fue aceptada por unanimidad. Garaicoechea, por su parte, dice en sus memorias que fue Ajuriaguerra, hasta entonces presidente del EBB. Sea lo que fuere, Arzallus reconoció en 2005 que, por su parte, “aquello fue una ligereza”.

En marzo de 2018, ETB emitió un documental titulado 'Historia política de Euskadi' teniendo como principal invitado a Javier Arzallus. Una de sus afirmaciones se refiere al papel desempeñado por los nacionalistas vascos en la elaboración de la Constitución. “Nosotros, los nacionalistas vascos, no estuvimos a la hora de hacer este texto, ni nos enteramos, por ejemplo, del artículo 8º. Nos enteramos después, cuando vimos el texto tan brutal como es el artículo 8º, en el que otorga a las fuerzas armadas la facultad de ser garantes de la Constitución y, por tanto, no ya todo el Parlamento, mientras las fuerzas armadas no acepten una modificación constitucional, tienen todo el derecho a impedirlo”. (...) “O sea que hacen una Constitución a la turca. Solo por eso, no aceptaríamos nosotros una Constitución, independientemente de que lo hiciéramos o no como vascos, solo como demócratas. Y a mí, hoy, me da vergüenza ajena, porque no veo que citen este artículo, no veo que nadie acuda a este artículo, no piensan el supuesto que, en un momento dado, como ahora en Cataluña, intervenga el ejército. Nadie quiere hablar de esto”.

No voy a utilizar ningún epíteto para calificar a Arzallus. Simplemente diré que no resistiría la prueba del polígrafo, porque no dice la verdad. Es cierto que el PNV no tuvo representación en la ponencia constitucional. Pero en realidad el anteproyecto fue el pistoletazo de salida para el gran debate que se produjo en el Congreso y en el Senado a renglón seguido y en el que el PNV y, en concreto, Arzallus fue objeto de un trato especial habida cuenta de que todas las fuerzas políticas deseaban lograr una solución definitiva a la cuestión vasca, vista la inutilidad de la Ley de amnistía para acabar con el terrorismo de ETA, y dar satisfacción a las reivindicaciones forales tanto de las Provincias vascas y  de Navarra.

El PNV concluyó que votar una Constitución con la que estaba básicamente de acuerdo, pero cuyo fundamento era la unidad de España, habría supuesto el suicidio político del nacionalismo

Resulta inconcebible que Arzallus hubiera dicho que los nacionalistas vascos no estuvieron a la hora de hacer la Constitución. “Nos enteramos después cuando vimos el texto tan brutal como es el artículo 8º…”.  Un precepto que encomienda a las Fuerzas Armadas, sujetas al poder civil, la misión de ser garantes de la soberanía e independencia de España, la integridad territorial y el ordenamiento constitucional. Pues bien, no sólo el PNV no presentó ninguna enmienda al referido precepto, ni en el Congreso ni en el Senado, sino que él mismo votó a favor en la Comisión del Congreso (sesión del 16 de mayo de 1978) donde fue aprobado por unanimidad.  

La verdad es que su actuación en el proceso constituyente pesó siempre como una losa sobre la conciencia de Arzallus. Porque en sus discursos tanto en Comisión como en Pleno no hay ni rastro del político combativo hasta la agresividad, peleón e incluso faltón que fue la característica de su actuación desde que consiguió alzarse con el poder absoluto siguiendo fielmente las huellas de su admirado Sabino Arana Goiri.

Más aún, si de él hubiera dependido, el Grupo Parlamentario nacionalista hubiera votado a favor de la Constitución. Este era el deseo de  Juan de Ajuriaguerra, que falleció en agosto de 1978, del histórico Manuel de Irujo, el navarro que llegó a calificar a la Constitución como “la más foral” de toda nuestra historia, y la de Mikel Unzueta, portavoz en el Senado. Tan pronto como se hizo público a primeros de enero el anteproyecto elaborado por la ponencia, Ajuriaguerra, Arzallus y Unzueta decidieron entrar en conversaciones con la UCD para llegar a un acuerdo sobre la cuestión vasca. El 25 de enero se reunieron con el ponente centrista Miguel Herrero de Miñón. El arreglo pasaba por la devolución formal de los derechos históricos, que llevaría aparejado el total acatamiento a la Corona. El día 31 de enero, fecha límite de la presentación de enmiendas, Arzallus y Herrero redactaron de consuno lo que sería la enmienda 689 donde se reclamaba la reintegración foral de Álava, Guipuzcoa, Vizcaya y Navarra. La enmienda no fue aceptada en su literalidad pero la disposición adicional primera de la Constitución obliga a todos los poderes del Estado a amparar y respetar los derechos históricos de los territorios forales. En el colmo de la desfachatez, Arzallus omite estas conversaciones en sus memorias y no dice ni una palabra de su voto favorable a la disposición adicional en la Comisión Constitucional del Congreso (sesión del 20 de junio de 1978).

Lo que Arzalluz oculta

Es verdad que los nacionalistas presentaron algunas enmiendastestimoniales. Una de ellas pretendía modificar el apartado 2 del artículo 1º donde se establece que la soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado para  proclamar que éstos emanan de los pueblos que lo forman, en los que reside la soberanía. Y en consecuencia con esta declaración de principio en otra enmienda al artículo 2º sostenían que la Constitución no se fundamentaba en la unidad de la nación española sino “en la unión, la solidaridad y el derecho a la autonomía de las nacionalidades y regiones que integran España”. Pero ambas enmiendas demuestran que Arzallus no rechazaba la integración en España y aceptaba que de la consideración del País Vasco como una nacionalidad sólo se desprendía el derecho a la autonomía.

Los Diarios de Sesiones de la Comisión de Asuntos Constitucionales y Libertades Públicas no mienten .En ellos quedó registrado para la historia  que el Grupo del PNV, cuyo portavoz era Arzallus, votó a favor de la unidad de España; votó a favor de las nacionalidades titulares únicamente del derecho a la autonomía; de la Corona –porque en palabras de Arzallus (sesión del 11 de mayo de 1978) “la Monarquía es hoy más adecuada y se halla en condiciones reales para el aseguramiento y defensa de las instituciones democráticas” y “si la Corona cumple su palabra política de ser garantía de los derechos históricos de los pueblos de España”, según el compromiso manifestado ante las Cortes Generales, “si, en este marco, la institución monárquica cumple su papel histórico de ser eje y símbolo de la confluencia y de la integración en una estructura política común de los diferentes entes políticos históricos…, si la corona cumple esa doble función, no sólo aprobamos la monarquía con este voto, sino que la apoyaremos en la medida de nuestras fuerzas”; votó a favor del castellano como lengua común; votó a favor de la misión de las Fuerzas Armadas como garantes de la unidad, de la integridad y del orden constitucional; votó a favor de todo el título de derechos y libertades fundamentales; votó a favor del Estado de las autonomías contenido en título VIII, donde consiguió incluir el artículo 150,2 que permite al Estado transferir o delegar en las Comunidades Autónomas, mediante ley orgánica, facultades correspondientes a materia de titularidad estatal que por su propia naturaleza sean susceptibles de transferencia o delegación, precepto distorsionador sin duda pero que fue aceptado con el fin de que los territorios forales titulares de derechos históricos pudieran desbordar el marco general estatutario; votó a favor de la disposición adicional primera de amparo y respeto a los derechos históricos de los territorios forales; votó a favor por su vinculación con la referida disposición adicional, de la derogación de la Ley de 25 de octubre de 1939 por considerarla abolitoria de los Fueros de Álava, Guipúzcoa y Vizcaya, así como por la misma razón de la Ley de 21 de julio de 1876.

Todo esto oculta Arzallus. Pero además miente cuando afirma que “me habría cortado antes la mano que firmar una Constitución que negara nuestros derechos nacionales”. La realidad fue otra. Quien paró los pies a Arzallus fue Garaicoechea. La posibilidad de que se aprobase una disposición adicional que pusiera fin al secular conflicto con el Estado alertó a Carlos Garaicoechea. Si el PNV votaba a favor de la Constitución y se restablecían como primera providencia las Juntas Generales y Diputaciones Forales de cada provincia con la facultad de pactar por separado con el Estado, el sueño de Euskadi como nación tendría que esperar. Votar una Constitución cuyo fundamento era la unidad de España era el suicidio político para el nacionalismo. Así que había que bajarse como fuera del tren constitucional. El mismo día del debate y votación de la disposición adicional, Garaicoechea llamó a Arzallus. Y así relata en sus memorias lo ocurrido: “Cuando yo le transmití a Arzalluz que no podía emitir ese voto en la comisión constitucional, él me explicó la dificultad que implicaba ir contra corriente en aquel clima de presión ambiental. Prosiguiendo la discusión en un momento determinado me dijo que estaba hablando desde una cabina y se le estaban acabando las monedas. Se cortó la comunicación, vino el voto favorable y luego vino una rectificación que fue incómoda para todos. Quizá ahí está el germen de determinadas actitudes posteriores”.

Arzallus y Herrero de Miñón redactaron de consuno lo que sería la enmienda 689 donde se reclamaba la reintegración foral de Álava, Guipuzcoa, Vizcaya y Navarra

Pero Garaicoechea impuso su autoridad y en el Pleno Arzallus se vio obligado a rectificar y votaron en contra de la disposición adicional. En el Senado se trabajaría hasta la extenuación para alcanzar un acuerdo satisfactorio para todos. Esta vez Garaicoechea se fue a Madrid y siguió el debate final desde la tribuna de invitados. En el último minuto el senador por Madrid Joaquín Satrústegui, guipuzcoano monárquico-liberal, presentó una enmienda in voce cuyo texto parecía satisfacer a Mikel Unzuelta, portavoz del Grupo nacionalista, que había estado con Arzallus en las conversaciones con Herrero de Miñón que condujeron a la enmienda 689. El presidente Antonio Fontán le preguntó si su Grupo aceptaba la enmienda. En medio de una gran expectación, el portavoz nacionalista subió a la tribuna de oradores. Antes de tomar la palabra elevó la vista al “gallinero” donde se encontraba Garaicoechea. Este gesticuló enérgicamente ordenándole votar no. Visiblemente molesto, Unzueta se limitó a decir: “Recibo la indicación de respuesta negativa”. (Sesión de  Y dicho esto abandonó la tribuna. La suerte estaba echada. El PNV tenía la excusa perfecta para recomendar la abstención en el referéndum constitucional.

Años más tarde, Carlos Garaicoechea dedicó a Arzallus estas duras palabras: “Fue el único nacionalista que votó sí a la Constitución y tuvo que rectificar porque se lo ordenó la dirección del partido” (3 de octubre de 1994).

Javier Arzallus, reelegido diputado en abril de 1979, actuó según los dictados de Garaicoechea que fue a quien el mundo nacionalista debería reconocer la gloria de haber sido el creador del actual estatus autonómico que le permitió emprender la “reconstrucción” de la nación vasca. Yerra Urkullu cuando pide a todos los vascos que reconozcan a Arzallus por haber sido un impulsor de lo que es Euskadi desde el inicio de su institucionalización.

Arzallus no tardaría en tomarse la revancha. Carlos Garaicoechea, el primer lendakari de la historia democráticamente elegido, en 1985 tuvo que salir de Ajuria Enea por la puerta de atrás a causa de las maniobras maquiavélicas de quien sin duda se propuso corregir su “ligereza” al haberle propuesto como presidente del partido en 1977. Tras la caída de Garaicoechea, Arzallus se convirtió en el factótum indiscutible de la política vasca. A él se debe el triste honor de haber apuntalado el régimen nacionalista gracias a la “entente cordiale” con el terrorismo de ETA. En esto no engañó a nadie: “Ellos mueven el árbol, nosotros cogemos las nueces”.

Desde luego, Iñigo Urkullu, presidente del Gobierno Vasco, demuestra la concepción totalitaria del nacionalismo vasco cuando tras la muerte de Arzallus proclamó: “Todos los vascos deben reconocer el legado de Arzalluz “más allá de las ideologías”.



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