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Alejo Vidal-Quadras

Opinión

El 155: ¿Puede un coche circular con el freno de mano puesto?

La normalidad no consiste en el regreso a la perturbadora situación previa a la aplicación del 155, sino en la restauración de la legalidad mediante las facultades que la Constitución otorga al Gobierno de la Nación

El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera.
El presidente de Ciudadanos, Albert Rivera. Efe

El artículo 155 de la Constitución española está pensado, al igual que su homólogo de la Ley Fundamental alemana, el 137, para restaurar el orden legal en una Comunidad Autónoma cuyas autoridades lo hayan vulnerado o para defender el interés general de la Nación en el caso de que aquéllas adopten medidas que lo pongan en peligro. La eficacia de la activación de un precepto destinado a ser invocado en situaciones extremas dependerá, naturalmente, de que la intensidad del poder coactivo utilizado por parte del Estado sea suficiente para devolver al cauce constitucional las aguas que la imprudencia, la incompetencia o la traición de los responsables políticos regionales hayan hecho desbordar.

Visto desde esta perspectiva, es evidente que la forma en que el Gobierno de Rajoy está aplicando una previsión de la Norma Suprema de esta trascendencia tras el golpe perpetrado por los separatistas catalanes es, por calificarla suavemente, tímida e incompleta. En las escuelas catalanas se sigue adoctrinando impunemente a los niños y a los adolescentes, utilizándolos como fuerza de choque del independentismo, llegando esta manipulación al punto escandaloso de sacarlos a la calle a manifestarse con absoluto desprecio del deber de educar y proteger de todo sistema de enseñanza que se precie; en las aulas, profesores desaprensivos y fanatizados señalan públicamente a los hijos de los policías nacionales y guardias civiles excitando contra ellos la hostilidad de sus condiscípulos con una crueldad que hiela la sangre y que revela un grado de maldad difícil de imaginar en una sociedad civilizada; los medios de comunicación públicos continúan en manos de los comisarios ideológicos del secesionismo que programan sus contenidos para alimentar el odio a España, ensalzar a los prófugos de la justicia o a los encarcelados por graves delitos y falsear la realidad hasta extremos inauditos, triturando cualquier asomo de deontología profesional o de mínimo respeto a la verdad; los puestos clave de mando de los Mossos d´Esquadra no han sido asignados a miembros del cuerpo respetuosos de la legalidad, sino que los nombrados en su momento por los golpistas ejercen sus funciones como si nada hubiera sucedido y no hubiesen colaborado por acción u omisión a la rebelión organizada el pasado 1 de Octubre; bandas de facinerosos violentos atacan las sedes de los partidos constitucionalistas, agreden a políticos de estas formaciones, interrumpen servicios públicos esenciales o destruyen mobiliario urbano con absoluta impunidad ante la pasividad de la policía autonómica; y en el recién elegido Parlamento su presidente se salta diariamente la ley y el Reglamento de la Cámara -véase el voto delegado de Puigdemont y Comín desde su exilio cobarde- sin que nadie le meta en vereda.

La amenaza de Rivera de retirar su apoyo al Gobierno si este no ejerce sus competencias con firmeza en Cataluña responde a una percepción muy real de la marcha de los acontecimientos en esa Comunidad

Es muy preocupante que en este contexto de burla permanente al Estado la mayor prioridad del equipo monclovita sea lo que denomina “la recuperación de la normalidad”, es decir, la investidura de otro Consejo Ejecutivo de la Generalitat a cargo de los mismos que casi liquidan la unidad nacional hace apenas seis meses para que, se supone, pongan en marcha con brío renovado, tal como han anunciado, el malhadado “procés”, sumiendo a Cataluña y al resto de España en la pesadilla recurrente y obsesiva de la contumacia nacionalista. La evidencia de que la normalidad no consiste en el regreso a la perturbadora situación previa a la aplicación del 155, sino en la restauración de la legalidad mediante las facultades que la Constitución otorga al Gobierno de la Nación, es un concepto que aparentemente Mariano Rajoy no acaba de comprender.

El que sí parece que lo ha entendido es Albert Rivera, y de ahí su lógica indignación por la pasividad del Gobierno ante los desmanes de los separatistas, que operan con casi total impunidad. Su amenaza de retirar el apoyo de Ciudadanos si el Gobierno no ejerce sus competencias con firmeza y rigor para salvaguardar los derechos de los ciudadanos y para poner coto al desmadre nacionalista en Cataluña, lejos de demostrar irresponsabilidad o de tratarse de una pataleta infantil, como han declarado dos grandes estadistas del Partido Popular, responde a una percepción muy real de la marcha de los acontecimientos en esa Comunidad. Rivera ha señalado con indudable razón que el caos institucional y la fractura social que están arruinando a Cataluña no son el fruto de un estallido súbito e inesperado de enajenación colectiva, son el resultado de tres décadas de labor constante, artera y destructiva de las fuerzas separatistas, estimulada y facilitada por la inacción de los dos grandes partidos nacionales desde la Transición hasta el presente. Y es que lo que sulfura al cabeza de filas de Ciudadanos provoca asimismo la irritación de millones de españoles que asisten entre atónitos y soliviantados al espectáculo lamentable de que incluso hoy, cuando la felonía de los nacionalistas catalanes ha quedado sobradamente patente, tanto el PP como el PSOE se encogen amedrentados sin reaccionar como es debido a la magnitud del ataque a la democracia y a la libertad que estamos padeciendo.

El tan cacareado sentido común de Mariano Rajoy debería iluminarle sobre los inconvenientes de obligar a un automóvil a circular con el freno de mano puesto. La evitación de este descuido, ya solventado por el mecanismo de desconexión automática de los modelos modernos, todavía no ha sido incorporada al esquema mental del hombre que tan orgulloso se muestra siempre de su previsibilidad. No, estimados Coordinador General y Portavoz en el Congreso del Partido Popular, lo que se ha vivido en la sesión de control del pasado miércoles no ha sido una rabieta inmadura, sino, por el contrario, la expresión airadamente serena del agotamiento de la paciencia de los votantes que, precisamente porque han madurado, os están abandonando en masa.



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