No hay que llevarse a engaño. El futuro de Ciudadanos es muy negro. Y solo un milagro puede salvar el partido de una disolución traumática. PSOE y PP se preparan ya para la caza de cargos en fuga y repartirse el botín de votos de ese espacio en beneficio de sus propios intereses electorales. La tarea de darse una última oportunidad recae sobre Inés Arrimadas, que sigue siendo una de las mejores líderes políticas de España.

Pero si Arrimadas quiere reflotar el barco necesita cambiar. El problema naranja no es la estrategia política, que en realidad no ha cambiado tanto como algunos quieren hacer ver; sino una manera de funcionar heredada de los tiempos de Albert Rivera que se basa en el desprecio a todo lo que no salga del núcleo duro de la dirección. La transición de Rivera a Arrimadas no ha cambiado nada de ese modus operandi. Todo funciona igual, porque en realidad son las mismas personas.

Las elecciones en Cataluña han sido el mejor ejemplo de ese fracaso. La fuerza territorial de Ciudadanos en su comunidad de origen es muy superior a la de cualquier otra región. Pero no se ha notado, porque nadie ha escuchado a su gente. Los concejales han sido ignorados y me atrevería a decir, despreciados. El grupo en el Parlament ha funcionado bajo el ordeno y mando de Carlos Carrizosa, que ha actuado como mero ejecutor de unas órdenes subordinadas al interés nacional. No se ha tenido en cuenta la opinión de nadie. Y eso pasa factura.

La última oportunidad de Ciudadanos

La evidente desmovilización del voto naranja se explica por la nula implicación de estos cuadros, que son los encargados de agitar las conciencias de la gente allá donde la caravana principal de campaña no llega. Si ellos no están implicados, ¿cómo esperan convencer al electorado? La apatía es contagiosa. La pandemia ha influido, por supuesto, pero no es la razón principal de la abstención naranja. La campaña ha rozado el ridículo en algunos aspectos. La cúpula puso a Lorena Roldán sin dar explicaciones. La cúpula la quitó sin dar explicaciones tampoco. La cúpula colocó a Carrizosa. La cúpula fracasó.

Pero la vendetta envenenada no sirve de nada. Y además es lo más fácil después de un palo como el del 14-F. Ciudadanos ha perdido frescura. Ha desconectado de esas clases medias a las que sedujo masivamente no hace tanto tiempo. Y la dirección nacional ha entrado en un bucle obsesivo, en el que la prensa, los rivales, la mala suerte, las evidentes deslealtades de algunas lumbreras que les precedieron en las mismas responsabilidades y una colección de excusas sinfín han sido el argumento habitual para justificar los errores propios.

Ciudadanos se ha olvidado de lo mejor que tiene: la gente. Juan Marín, Toni Cantó, Jordi Cañas, Begoña Villacís. Su lealtad está a prueba de bombas y apenas han contado para nada. Es su hora. Ni mil hojas de cálculo, ni 100 estudios de Harvard, ni la superioridad intelectual de algunos podrán jamás con la fuerza del discurso de Cantó y el trabajo infatigable de Marín, que se pasa el día recorriendo Andalucía a cambio de un desprecio injustificable.

Es la hora de que Arrimadas abra las ventanas y deje entrar aire fresco en el partido. Es la última oportunidad de Ciudadanos.