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Pepe Fernández

Opinión

Arenas, la 'jubilación’ del gran muñidor

Los cuarenta años en la política activa de Javier Arenas tienen luces y sombras, oscureciéndose a negro con el paso de los años. El ejercicio del poder le ha permitido premiar, castigar y traicionar a mucha gente, dejando muchos heridos a su paso

Javier Arenas
Javier Arenas EFE

Cuando el 11 de agosto de 1979 el ministro de Cultura de Adolfo Suárez, Manuel Clavero, aterrizó en un helicóptero en la localidad de Casares (Málaga) para el primer homenaje a Blas Infante  en su pueblo natal, le acompañaba como asistente un joven delgado, moreno, vivaracho, simpático, que desde hacía años se dejaba ver en Sevilla en los primeros movimientos cristianos de la incipiente democracia. Ese joven con pinta de niño pijo de Los Remedios era Javier Arenas Bocanegra, secretario de Clavero, en el que sería su primer empleo enganchado a la política y cuya jubilación, 39 años después de aquel día, acaba de ser dictada por alguien que aún no había nacido, el nuevo líder del PP Pablo Casado (1981).

Relevarle del bastión de la Secretaría General del Grupo Popular en el Senado, (portavoz adjunto como consolación de última hora) amén de restarle en la nómina mensual 2.100 €, todo ello ante la imposible integración de los que ganaron las primarias, han supuesto la caída en picado de Javier Arenas, que en diciembre cumplirá 62 años. No es el DNI lo que le aparta, son los años de mando.

La derecha andaluza fue conocida a finales de los 70 en Sevilla como “el nacional pinedismo”, en referencia al elitista Club Pineda, de donde partió el primer núcleo dirigente de Alianza Popular (AP). Aquella derecha ultramontana consiguió años después, con el aterrizaje del joven Arenas, ofrecer otra imagen, menos rancia, pero sobre todo, menos fascista. Recuérdese que el Club Pineda estuvo reservado con días de antelación al 23F para una cena fiesta por todo lo alto, al día siguiente, el 24 de febrero, para celebrar el golpe.

Javier Arenas fue sin duda el gran artífice de la transformación y democratización en Andalucía de aquella Alianza Popular que vitoreó a Franco, como don Ramón Palacios en las monterías del caudillo en Jaén y que acabó en el círculo familiar de Aznar gracias a Arenas.

Pudo llegar a presidente, pero no quiso

Arenas podría haber llegado a ser presidente de la Junta de Andalucía en esos años si no hubiese antepuesto sus intereses y ambiciones personales a los del PP. Nunca se preocupó ni permitió que nadie destacara a su alrededor, nunca quiso ni delfín ni delfina. Fue Arenas el que frustró el fichaje de Arturo Moya Moreno como cartel electoral para el PP en Andalucía a principios de los 90, empeño en el que Aznar parecía estar muy interesado. El gran muñidor de aquella operación, Rafael (Lele) Álvarez Colunga, se quejó amargamente por el boicot de su sobrino Javier a la operación Moya, vaticinando otra derrota, como así fue.

Si en vez de aceptar el ministerio de Trabajo y desmantelar la cúpula del PP andaluz, llevándose entre otros a Manuel Pimentel y Amalia Gómez al Ministerio, Arenas se hubiese quedado en Andalucía, las siguientes elecciones autonómicas las habría ganado la derecha, algo que acabaría sucediendo, pero muchas lunas después, en 2012, cuando venció el PP las autonómicas, pero lejos de la mayoría.

Arenas pudo ser presidente de Andalucía si no hubiese antepuesto sus intereses personales a los del PP. Nunca permitió que nadie destacara a su alrededor

Arenas ha sido uno de los pocos animales de pura raza de la política que ha dado Andalucía tras la recuperación de la democracia, donde brillan junto a él con luz propia Felipe González, Manuel Clavero, Alejandro Rojas Marcos o Alfonso Guerra entre otros.

Los cuarenta años en la política activa de Javier Arenas tienen sus luces y sus sombras, oscureciéndose a negro conforme han ido pasando los años y el ejercicio del poder le ha permitido premiar, castigar, engañar, traicionar, mentir, arruinar, en definitiva maltratar a mucha gente, dejando heridos en las cunetas de sus intrigas palaciegas o de alcoba; heridos felizmente curados, con cicatrices sí, pero que gozan de excelente salud.

Un desgarro llamado Zoido

El mayor desgarro personal y político de Javier Arenas se llama Juan Ignacio Zoido. No porque considere que se equivocó hace años cuando le recomendó para ser director general de Justicia con Margarita Mariscal de ministra, como tampoco puso reparos a que Zoido fuese nombrado delegado del Gobierno de Castilla La Mancha. Al fin y al cabo, Zoido, aquel amable juez de Sevilla, pasaba por ser un hombre suyo. Tanto que acabaría siendo su número dos en el partido como Secretario General del PP-A.

A Arenas le venía bien tener a un juez a su lado, tenía claro desde hacía tiempo que la única forma de tumbar al PSOE del poder en Andalucía, ante la adversidad de las urnas para el PP, pasaba por judicializar la vida política, levantar las alcantarillas y que saliesen a flote los Eres, la formación, Invercaria y lo que cuelga. Cuando Arenas y Zoido denuncian lo de Mercasevilla a la juez Alaya ambos conocían a la perfección que era la puerta que abriría la trama de los Eres falsos y que acabarían sentando en el banquillo a la flor y nata del socialismo sureño, Chaves y Griñán al frente.

Arenas intentó una vez más engañar a la peña, haciendo creer que hacía de la lucha contra la corrupción su bandera electoral. Duró poco el engaño, entre otras razones porque atacaba solo las corrupciones del adversario, mientras que las suyas eran obviadas y justificadas, como el caso de Gabriel Amat en Roquetas, Paco Góngora en El Ejido, la faja Pirítica de Huelva, la zona franca de Cádiz o las ramificaciones de la Gürtel en Andalucía.

Quiso convencer a los andaluces de que la lucha contra la corrupción era su bandera, al tiempo que maniobraba para ocultar las golfadas de su propio partido

En apariencia formaron un buen tándem Arenas y Zoido durante años, pero la gran incógnita que está por desvelar es el motivo real, la verdadera causa que justifica una ruptura tan radical de la pareja. Los dos dirigentes del PP fueron siempre uña y carne, nunca se les conoció una bronca o discrepancia más allá de cuestiones menores; Zoido parecía tener muy asumido su papel de segundón al servicio del líder supremo.

Cuando Arenas gana las elecciones, pero no gobierna, da una nueva espantá a Madrid y deja a Zoido al frente del cortijo. Alcalde, presidente del partido, parlamentario y portavoz… Demasiado para quien nunca se había entrenado para ser número uno. Le intentó colar a Antonio Sanz de SG, pero Zoido lo rechazó y nombró al otro Sanz, a José Luis. Pero a priori tampoco este estado de cosas debiera ser motivo para un alejamiento tan brutal que acabaría en ruptura y, como se ha visto, con un duelo al amanecer de las primarias donde Arenas apenas mantiene hoy sus constantes vitales.

El misterio quizás sea intangible, y para acercarse a las causas de una ruptura tan trascendental en la derecha andaluza quizás haya que desbrozar el camino de las luchas convencionales por el poder y acudir a creencias más vitales, siempre respetables, pero que marcan a las personas y sus actos.

Arenas, pese a encuadrarse toda su vida en la democracia apellidada “cristiana”, no ha sido ni es un católico practicante al uso. Juan Ignacio Zoido sí lo es y además es tradicionalista y muy creyente. Y es más que probable que ese distanciamiento inicial partiese de cuestiones del ámbito privado de las creencias que solo captaban ellos dos y sus respectivas formas de entender la vida.  Ellos y una mujer, Mª Dolores Cospedal, que conocía bien a Arenas y al que se la tenía jurada desde hacía tiempo.

Con Cospedal de mantilla junto a Zoido ante la Macarena, empezó a visualizarse una ruptura que, tras muchos cambalaches, ha traído consigo la prejubilación del niño Arenas, al que hay que augurar muchos paseos por Sevilla para rencontrarse con una ciudad que quizá ya no reconozca.



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