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Fernando Díaz Villanueva

Opinión

¿Por qué arde la opulenta California?

¿Qué ha fallado para que al país más rico y poderoso del mundo le ponga en jaque un incendio? Pregunten a los ecologistas

Un avión vacía su tanque sobre Los Ángeles
Un avión vacía su tanque sobre Los Ángeles Gtres

California arde como una tea. Lo hace, además, fuera de estación porque estamos a mediados de noviembre y los incendios son comunes en California si, pero en los meses estivales. Sólo en el de Paradise han muerto más de 70 personas y hay unas mil desaparecidas. La catástrofe es de tal envergadura que Donald Trump se ha desplazado desde Washington para comprobar sobre el terreno los devastadores efectos del siniestro.

Muchos se preguntan cómo es posible que se haya producido un incendio de estas características en pleno otoño, por qué ha sido tan mortífero y, sobre todo, qué ha fallado para que al país más rico y poderoso del mundo le ponga en jaque un simple incendio.

Son varias preguntas que los estadounidenses se hacen por enésima vez porque, por desgracia, no se trata de algo nuevo. El año pasado por estas fechas, un poco más tarde incluso, a primeros de diciembre, lo que ardió fue el sur de California.

Las llamas sitiaron la megalópolis de Los Ángeles, regalándonos unas espectaculares imágenes. Decenas de miles de personas fueron evacuadas y se cortaron infinidad de carreteras. Los focos fueron varios desde Ventura a la sierra de San Gabriel pasando por el Valle de San Fernando. La ciudad de las estrellas, una de las más ricas del planeta, se vio rodeada por un anillo de fuego alimentado por los vientos secos y calientes que soplaban desde el desierto de Mojave.

Hay causas de mayor calado que las meramente climáticas, como las urbanísticas, que explicarían la tragedia de este año

Los Ángeles, a fin de cuentas, es una ciudad levantada en las puertas mismas de un desierto con una pluviosidad muy baja y sin un invierno propiamente dicho. Este año, sin embargo, lo que ha ardido es el norte del Estado y las imágenes que han dado la vuelta al mundo han sido las de la pequeña localidad de Paradise, enclavada en una zona boscosa a 150 kilómetros al norte de Sacramento. En Paradise la naturaleza es generosa y llueve bastante, nadie diría que un lugar así de verde pueda ser alguna vez pasto de las llamas y, menos aún, víctima de un incendio tan inmenso y destructivo como el de la semana pasada.

El de Paradise ha pasado ya a mejor vida, no así otros focos menores por la misma zona, que siguen ardiendo a placer. El humo ha llegado hasta San Francisco, en la costa del Pacífico, a 250 kilómetros de distancia. El ayuntamiento de la ciudad se ha visto obligado a dar un aviso advirtiendo de la mala calidad del aire, pero esta vez no es a causa del tráfico rodado, sino de la gigantesca quema que está teniendo lugar en el interior del Estado.

Es cuando menos chocante que Los Ángeles, capital mundial de la industria del espectáculo y San Francisco, el mayor centro tecnológico del planeta, se vean afectados por algo tan tercermundista como un incendio. Hay algo, por lo tanto, que no funciona del todo bien en la opulenta California.

Los especialistas han empezado a deshojar las causas. El primer culpable es el calor. La temperatura de este otoño está por encima de la media. Pero el calor per se no provoca incendios, de ser así la jungla amazónica estaría ardiendo en todo momento. La precipitación también importa, y en California este año ha llovido menos de lo habitual, especialmente en los últimos meses.

Nula prevención

La intuición nos dice que sequía y altas temperaturas es un cóctel letal para los incendios forestales, pero ese cóctel se sirve muy a menudo en España y, si bien padecemos incendios, es mucho menos común que se produzcan en otoño y que sean tan catastróficos. En California se da, además, la circunstancia de que ha llovido algo menos de lo normal, pero la mayor parte del Estado no sufre una sequía en sentido estricto. Los bosques que rodean Paradise, el de Mendocino y el de Plumas, no están especialmente secos. Luego hay causas de mayor calado que las meramente climáticas y que son, en definitiva, las que vendrían a explicar la tragedia de este año.

Quizá habría que mirar hacia el urbanismo típicamente anglosajón extraordinariamente disperso en el que los límites entre el campo y la ciudad no están del todo claros. Las ruinas calcinadas de Paradise nos han mostrado una ciudad dentro del bosque formada por casas muy separadas entre sí, una especie de ciudad-jardín a caballo entre lo urbano y lo campestre. Extinguir un fuego en un lugar así es complicado, por lo que las llamas se terminan cobrando gran cantidad de vidas.

Claro, que los estadounidenses no van a cambiar a estas alturas su modo de entender las áreas suburbanas, algo que, por lo demás, forma parte de su identidad nacional. Luego todo lo que les queda es prevenir. Y eso es lo que no terminan de hacer en California.

El propio Donald Trump lo denunciaba la semana pasada. "No hay razón para incendios forestales tan masivos, mortíferos y costosos en California más allá de una gestión forestal deficiente", clamaba el presidente desde su inseparable cuenta de Twitter. No le falta razón.

Los ecologistas locales se oponen a la limpieza de los bosques arguyendo que hay que dejarlos en su estado natural

La agencia de lucha contra el fuego, CAL FIRE, está infrafinanciada. Carece de recursos para, por ejemplo, limpiar la mayor parte de bosques del Estado. Tampoco existe demasiada voluntad política de hacerlo. Los ecologistas locales se oponen a estas tareas arguyendo que el bosque hay que dejarlo en su estado natural.

Estos ecologistas no suelen vivir en el campo, sino en ciudades como Los Ángeles o San Francisco. El campo para ellos es, por lo general, algo recreativo. Dado que el 46% del suelo en California es propiedad federal, tan sólo necesitan presionar en Washington para evitar estas talas selectivas. En el departamento de Agricultura no quieren problemas, hacen lo que los ambientalistas de la costa oeste les piden y así se evitan líos. Como consecuencia, la industria maderera en California emplea a la mitad de trabajadores que hace veinte años y su producción es un 70% inferior.

Con bosques en estado semisalvaje en cuyo interior, además, se construyen viviendas, lo normal es que, cuando se desata un incendio, pase lo de Paradise. La sequía y las altas temperaturas no hacen más que intensificar el problema de raíz, por eso los incendios han aumentado en número y destrucción durante las dos últimas décadas.

Muchos hablan ahora de incrementar el presupuesto de bomberos rurales, pero no, no se trata sólo de eso. Cuando el incendio ya se ha declarado sólo queda conseguir que ese fracaso mate al menor número de personas posible. La cuestión no es tanto apagarlos como evitar que se produzcan. Los grandes incendios no se apagan con agua, sino con prevención.

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