Pere Aragonés tiene ahora con las CUP y con Arran el mismo problema que tuvo Lluís Companys con la CNT y la FAI. O les entrega el poder o las calles se van a quemar hasta las raíces. Alguno dirá que la circunstancia histórica es diferente. La decisión de Companys se produjo en el marco de una insurrección militar contra la república, cierto, aunque no era preciso facilitar armas a las turbas porque con las fuerzas leales al Gobierno, mayoritarias en Barcelona, y la Guardia Civil al mando del general Aranguren, también opuesto a la sublevación, al por entonces presidente de la generalidad no le hacía falta milicia armada alguna.

Companys siempre insistió en que era inevitable, que Durruti fue inflexible, pero no es cierto. Companys obedeció a una idea de revolución que partía de un principio poco revolucionario: contra peor, mejor para mí. El ex abogado de anarquistas quería arrimar el ascua a su sardina, que no era otra que promover la separación de Cataluña de España. Que eso supusiera para la retaguardia catalana un baño de sangre, torturas, robos y ajustes de cuentas enmascarados tras la “justicia revolucionaria” le daba igual. Que Durruti dijera que no le importaba dejar todo en ruinas porque lo que quería era construir un mundo mejor sobre ellas es una barbaridad, pero suena lógico en un hombre de su ideología; que Companys actuase igual por egoísmo, por diletantismo, por la vanidad de quien jamás fue nada y se dice a sí mismo “ahora se van a enterar” es repugnante.

Aragonés, que tan bien habla siempre de Companys, está haciendo lo mismo con los incendiarios y terroristas urbanos pertenecientes a las CUP, Arran, CDR, Tsunami o cualesquier otra organización en la que se mueven siempre los mismos, aproximadamente trescientos profesionales, llegados principalmente de Italia, especialistas en guerrilla urbana. El mismo consejero de Interior reconoce que no puede criticar abiertamente a los cupaires para no entorpecer las negociaciones que se están llevando a cabo en el máximo secreto de cara a la formación del Gobierno de la Generalidad. No hay quien entre los ex socios de coalición, neoconvergentes y republicanos, tenga el valor de empezar a dar órdenes para perseguir, combatir, detener y poner a disposición judicial a los terroristas. Hay que pactar con ellos para poder sumar y detentar el poder, piensan, así que da igual lo que hagan. Con salir a declarar que se lamenta lo sucedido basta y sobra. Lo mismo que cuando Companys se quejaba de “los excesos” cometidos por las patrullas de control, excesos que significaban cadáveres encontrados a diario en la carretera de la Rabassada o gente que desaparecía en las profundidades de un automóvil para encontrar la muerte entre las torturas de las checas que cada partido tenía para hacer en ellas lo que les pareciera.

Ya sé que no hay checas ni asesinados, al menos por ahora, pero ¿alguien quiere decirme que fue lo del otro día, cuando incendiaron una furgoneta de la guardia urbana de Barcelona, sino un intento de homicidio?

Repito, ya sé que no hay checas ni asesinados, al menos por ahora, pero ¿alguien quiere decirme que fue lo del otro día, cuando incendiaron una furgoneta de la Guardia Urbana de Barcelona, sino un intento de homicidio? Como las comparaciones son odiosas y habrá quien opine que establezco demasiadas entre los turbulentos años treinta y la actualidad, sepa que no lo hago por casualidad sino por causalidad. Lo que nos llevó primero a nosotros y después a toda Europa al desastre más absoluto se está reproduciendo ahora en España, a la que supongo laboratorio de pruebas de aquellos que piensan que si aquí funciona lo hará también en el resto del Viejo Continente.

Aragonés y Companys tienen en común el gravísimo error de ceder ante los violentos, ante los que dicen que las calles serán siempre suyas. Los dos son culpables de alentar a esa masa enloquecida, nutriéndola de odio y sed de venganza. Así que cuando pase una desgracia, que pasará si Dios no lo remedia, no digan que “no se podía saber”. Sí se podía, ustedes lo tenían claro y no hicieron nada para evitarlo.