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Alberto J. Gil Ibáñez

Opinión

El ‘apartheid’ ignorado

Si en Cataluña no estamos ante un caso de limpieza étnica, no es por falta de ganas, sino porque no hay conflicto entre dos razas

Cartel de Albert Rivera en una sede de Ciudadanos
Cartel de Albert Rivera en una sede de Ciudadanos EFE

Jean-François Revelen su libro El conocimiento inútil recuerda la tradicional indiferencia de la opinión pública internacional ante los crímenes contra la humanidad, cuando estos eran cometidos por africanos contra otros africanos. Narra en concreto la sorprendente consideración que gozó durante mucho tiempo en Europa uno de los más siniestros tiranos del siglo XX, Sekú Turé, dictador de Guinea, país al que redujo al hambre y al terror, desde 1959 hasta su muerte, en 1984. Turé, que pertenecía a la tribu de los malinkés, así como la mayoría de sus gobiernos, sentía una animosidad muy especial contra los peuls, una etnia del desierto a la que perseguía fieramente. A pesar de ello fue recibido en más de una ocasión por François Mitterrand y  cortejado por todos los dirigentes comunistas y algunos dirigentes democráticos, pudiendo incluso escuchar elogios del director general de la UNESCO de la época, que era un gran demócrata humanitario y un gran tercermundista progresista.

Un observador avispado de la realidad actual podría percatarse de que algo parecido está ocurriendo ante el mal llamado “conflicto” catalán, presentado de forma simplista como un “problema” entre catalanes y españoles, donde los líderes separatistas serían los prohombres de las virtudes democráticas (“solo quieren los pobres que la gente vote”) y víctimas inocentes de un país “centralista” todavía con alma franquista, a pesar de que España cuente desde hace cuarenta años con una de las constituciones más democráticas y el segundo modelo más descentralizado del mundo.

Lo que esconde el victimismo secesionista es una medida estrategia que persigue hacer la vida imposible al discrepante, hasta que éste opte entre irse, convertirse o aceptar vivir en silencio

A determinados políticos europeos, ciertos jueces belgas y alemanes, periodistas de medios de renombre, e incluso sectores de un Comité de las Naciones Unidas, les resulta indiferente el verdadero drama social, humanitario y de derechos civiles que se está viviendo en Cataluña, simplemente porque los crímenes los cometen unos catalanes contra otros, y estos no alzan la voz o cuando lo hacen (casi) nadie les escucha. Esta indiferencia, además de esconder ignorancia y menosprecio, puede venir influida por aquella frase (nada inocente) de Alejandro Dumas de que “África empieza en los Pirineos”.

Porque hay que ser muy ingenuo para creerse que lo que aquí está en cuestión es el derecho a votar de los secesionistas. Lo han hecho en numerosas ocasiones, y en las elecciones autonómicas de 2015, planteadas por ellos mismos como plebiscitarias, perdieron en número de votos, aunque ganaron en escaños por una ley electoral injusta y discriminatoria con el voto constitucionalista. Nunca han creído en el derecho a decidir sino como un mero truco para conseguir la independencia. Cual hábiles trileros, mientras mostraban esa estampita por Europa, ocultaban lo esencial: sus estrategias y acciones para hacer la vida imposible al votante discrepante hasta que éste opte entre irse, convertirse o “aceptar” vivir en silencio. Saben que es una mera cuestión de tiempo reducir día a día a los que todavía se resisten, mientras ellos sigan controlando la educación, los medios de comunicación, la administración autonómica, las subvenciones y la policía regional...

Están en juego los derechos, libertades y dignidad de aquellos -verdaderos héroes y heroínas- que tras 40 años de xenofobia y persecución social todavía no se han rendido

Aquí, lo que de verdad está en juego es la defensa de los derechos, libertades, seguridad y dignidad de aquellos —verdaderos héroes y heroínas— que tras 40 años de xenofobia y persecución social, todavía no se han rendido y  sucumbido a las diversas amenazas, coacciones, humillaciones, chantajes, vejaciones, discriminaciones, persecuciones y odio, simplemente por no comulgar con las ruedas de molino independentista o pretender que se garantice el derecho de sus hijos a educarse en la segunda lengua más hablada del mundo, que es al mismo tiempo la oficial del Estado. Nadie ha explicado por qué el sentirse “solo catalán” vale más que el sentirse español (además de catalán). La huida de miles de empresas puede acabar haciendo además que el drama de algunos se convierta en la tragedia social de todos.

Si no estamos ante un caso de limpieza étnica, no es por falta de ganas, sino porque no hay conflicto entre dos razas (los estudios de genética de poblaciones demuestran que todos los españoles comparten una muy similar herencia). De hecho, los separatistas creen “sinceramente” que ellos pertenecen a una raza superior (basta mirar las hemerotecas), considerando al discrepante un ser inferior, un “no-catalán”. Por ello los persiguen, a través de un racismo cultural o ideológico, tratando de eliminarlos (al menos socialmente), convertirlos en esclavos morales o expulsarlos. ¿Por qué a nadie parece preocuparles las miles de personas que desde que gobierna el nacionalismo catalán (de derechas o de izquierdas) se han visto forzados a tener que abandonar Cataluña (su tierra) por el clima irrespirable que se vive allí?

Si no defendemos a esta gente entonces tal vez no nos merezcamos seguir siendo españoles ni europeos, porque habremos traicionado los valores e ideales por los que murieron nuestros mayores, abandonando a las víctimas de los verdaderos demagogos, xenófobos y totalitarios.



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