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Manuel Toscano

Opinión

La anomalía de la inmersión lingüística: una comparación con Quebec

En Quebec, la inmersión obligatoria de los anglófonos sería impensable, pues se vería como un ataque contra el pluralismo social y una violación de sus derechos lingüísticos

Libros para el curso escolar
Libros para el curso escolar EFE

Se ha reabierto la discusión sobre la inmersión lingüística en la escuela catalana y es saludable que así sea. Aunque ha habido críticas durante años, éstas han resultado políticamente inertes. Frente a ellas se sostiene que el modelo educativo de la inmersión es uno de los consensos básicos de la sociedad catalana, un modelo de educación lingüística exitoso que asegura la cohesión social. A quien pone en cuestión la inmersión se le acusa de poner en peligro la convivencia, cuando no se le tiene por enemigo declarado del catalán y de Cataluña. El resultado, como no pocos analistas han señalado, es que la cuestión de la inmersión lingüística ha sido tratada como algo intocable e indiscutible, poco menos que un tabú. Ahora, el independentismo ha hecho saltar muchos de los consensos en Cataluña, reales o supuestos, y ha fracturado la sociedad. Como decía recientemente Manuel Arias Maldonado, ya no podemos discutir sobre la inmersión lingüística como si el procés nunca hubiera existido. Por ello, es necesario reabrir la discusión sobre la inmersión, pues hay mucho que discutir al respecto.

Para empezar, ni siquiera la denominación es apropiada, aunque sea la forma popular de referirse al modelo educativo que ha terminado por imponerse en Cataluña. En sentido propio, la inmersión es un método para el aprendizaje de una segunda lengua en la escuela: en lugar de estudiarla como una asignatura, todas las actividades de clase y las tareas escolares se desarrollan en la segunda lengua, que usan los profesores y en la que están los materiales docentes; en resumen, la segunda lengua es usada como lengua vehicular de la enseñanza. Es lo que sucede cuando uno envía a su hijo al Liceo Francés o al Colegio Alemán. Como es obvio, la inmersión sólo existe en Cataluña para los alumnos castellanoparlantes, pues los catalanoparlantes reciben las enseñanzas en su lengua materna. Sería mejor hablar de un modelo de lengua vehicular única, el catalán, y donde la otra lengua oficial de la comunidad es una asignatura más, con dos o tres horas a la semana. Y, claro, no es como el Liceo Francés. A diferencia de lo que sucede en otros países, es un modelo obligatorio para todos los alumnos, con independencia de su lengua materna o de la elección de los padres. De ahí lo excepcional que resulta cuando se lo compara con lo que vemos en Europa o en Norteamérica.

La importante minoría anglófona quebecoise está exenta de la inmersión: si el padre o la madre, o un hermano mayor, se han educado en inglés, el niño puede ir a una escuela anglófona"

 No se subraya suficientemente ese carácter excepcional. Por eso es ilustrativo compararlo con el caso de Quebec y no me refiero a la provincia canadiense por casualidad. Desde que en los años setenta el Parti Québécois de René Lévesque impulsó la nueva política lingüística de protección del francés, la legislación quebequense no sólo ha ejercido una indudable atracción sobre la sociolingüística catalana, sino que se ha convertido en modelo de referencia para el nacionalismo catalán. Tras su adopción en 1977, la Charte de la langue française, también conocida como ley 101, cambió por completo el régimen lingüístico de la provincia francófona. Por lo que aquí nos importa, en lo relativo a la enseñanza la ley estableció un sistema de inmersión lingüística con el propósito de frenar la debilidad demográfica del francés. Pero la inmersión sólo se aplica a los inmigrantes (allophones en la terminología al uso), que están obligados a escolarizar a sus hijos en escuelas francófonas; una obligación que también alcanza a los propios francófonos, aunque para ellos no cuenta como inmersión. En cambio, la importante minoría anglófona está exenta de tal obligación: si el padre o la madre, o un hermano mayor, se han educado en inglés, el niño puede ir a una escuela anglófona. ¡Los admirados québécois tienen un sistema de doble red escolar!

Efectivamente, en Quebec hay escuelas donde el francés es la lengua vehicular, y el inglés se enseña como asignatura, y escuelas donde la lengua vehicular es el inglés, siendo el francés asignatura obligatoria. La libertad de elección de escuela está así restringida para los padres inmigrantes y francófonos, pero no para los anglófonos que pueden elegir la escuela de sus hijos. La inmersión obligatoria de los anglófonos sería impensable, pues se vería como un ataque contra el pluralismo social y una violación de sus derechos lingüísticos. Hablamos de una provincia de mayoría francófona y donde sólo hay una lengua oficial, el francés, por contraste con Cataluña donde hay una mayoría que tiene el castellano como lengua materna y donde las dos lenguas son oficiales. La legislación lingüística además se ha ido suavizando allí con el paso de los años como consecuencia de una serie de sentencias judiciales sobre la necesidad de que leyes y reglamentos se publiquen en las dos lenguas, sobre la enseñanza (cláusula Canadá) o sobre señalización y anuncios públicos. Por seguir comparando, esas decisiones judiciales han sido puntualmente trasladadas a la legislación vigente. Y es irónico que ahora las quejas vengan de padres francófonos que consideran que el sistema deja a su hijos lingüísticamente en desventaja.

No traigo el caso de Quebec para proponerlo como modelo de nada ni para abogar por un sistema de doble red escolar, pero sí para señalar que la doble red es lo más habitual en países multilingües. La anomalía es un sistema como el catalán. Salvo Groenlandia, como ha señalado Mercè Vilarrubias en una entrevista reciente, no es fácil encontrar un sistema educativo donde el niño no pueda ser escolarizado o desarrollar buena parte de su currículo en una lengua oficial hablada por la mayoría de la población.

Ya no podemos discutir sobre la inmersión lingüística como si el procés nunca hubiera existido; es necesario reabrir el debate, porque el castellano ha dejado de estar en igualdad de condiciones"

Frente a eso se esgrime el argumento de que la doble red escolar segregaría a los niños y dañaría así la cohesión social. Rara vez se explica qué se quiere decir con ‘cohesión social’, pero cabe preguntarse si un sistema de doble red que permitiera a los padres elegir la escuela para sus hijos conduce necesariamente a la segregación. Desde luego, no parece que Finlandia, por citar un sistema educativo que se pone como ejemplo y donde coexisten escuelas en sueco y finlandés, presente un nivel de cohesión social inferior a la Cataluña fracturada por el procés.

Pero admitamos en aras del argumento que fuera así. Los defensores de la inmersión presentan siempre el debate en esos términos, como si hubiera que elegir ineluctablemente entre ésta y la ‘segregación escolar’, sin más opción. Con ello escamotean que hay otro modelo de escuela, distinto al actual sistema y también a la doble red escolar: de conjunción lingüística o bilingüismo equilibrado, en el que las dos lenguas oficiales se utilizan como lenguas vehiculares de aprendizaje. En un libro imprescindible sobre la cuestión (Sumar y no restar, 2012), Vilarrubias ha argumentado con detalle las ventajas de este modelo bilingüe en términos educativos y de equidad. Como ejemplo, basta considerar las actuales tasas de fracaso escolar entre alumnos castellanoparlantes, que duplican a las de los catalanoparlantes, como se puede seguir por la serie de informes Pisa. Además es la clase de escuela que mejor refleja la realidad plural y mestiza de la sociedad catalana, y que se ajusta mejor al modelo constitucional de regulación de la diversidad lingüística, según se desprende de la jurisprudencia del Tribunal Constitucional.

Difícilmente podrá alegarse contra una escuela bilingüe que segrega a los alumnos o perjudica la cohesión social. De hecho, en ella habría inmersión, pero en los dos sentidos y no sólo en uno como hasta ahora. Otra cosa es que la cohesión social haya sido un mero pretexto y que la política nacionalista persiguiera en realidad una escuela monolingüe como palanca para la construcción nacional. Razones no faltan, como se ve, para celebrar que se reabra el debate sobre la inmersión.



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