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Miquel Giménez

Opinión

El año que vivimos aburridamente

El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras su discurso ante el pleno del Parlament en el que suspendió la DUI.
El expresidente de la Generalitat, Carles Puigdemont, tras su discurso ante el pleno del Parlament en el que suspendió la DUI. EFE

Cuando se cierran carpetas porque el estío imposibilita ninguna actividad, salvo la de soñar con los ojos abiertos y vivir con los ojos cerrados, es buen momento para hacer inventario de los meses pasados. Meses atribulados, inquietos, fugaces, como todo lo que atiende a la condición humana.

Repúblicas que no fueron y exiliados que no lo son

El curso político que estamos a punto de cerrar en falso, porque seguirá en agosto, ha sido convulso y esperpéntico a la vez. Cataluña y la mojigatería socialista han ido cordialmente abrazados mientras que la parálisis a frigore del Partido Popular, sumada a una atrofia endémica del Estado, han sido los protagonistas de titulares y más titulares. Si los sumásemos todos, el resultado sería el mismo que si los consideramos uno por uno: nada.

Solo las palabras pervertidas quedarán como corolario a unos meses que, aunque en ebullición aparente, han constituido una moderna encarnación de la drôle de guerre, la guerra ilusoria, la guerra de broma. Sin ninguna Línea Maginot que nos salve de tanta mentira, hemos visto como de una consulta sin garantías legales se hizo una república y de unas elecciones autonómicas un mandato. Así las cosas, no es extraño que los encarcelados sean presos políticos y los fugados, Gobierno en el exilio.

De la misma manera, hemos asistido con impavidez de cadáver el devenir de un Parlament atascado por el torpe e interesado interés de los separatistas para, final y cansadamente, investir a un president que era más de lo mismo, más contumacia en el error, más bostezo mezclado con mueca de horror. Estamos igual que antes, o peor, o quizá ni siquiera estemos, porque, a fuerza de forzar la nulidad, se llega al vacío total en política.

Y es que seguir la actualidad política catalana, permítanme que me sincere con ustedes, es vivir mil y una veces los mismos pecados que nos sobran y echar en falta las virtudes que nos faltan. Es escuchar lo mismo en labios de los mismos, o parecidos, o facsímiles, que tanto da porque su capacidad mortal de enervar va pareja a la del inmenso hastío que provocan sus bravuconadas, sus insultos, sus mentiras y su ponzoña.

Hemos visto que nos da igual vivir bajo el 155 que sin él, tener Govern que no tenerlo, que Puigdemont esté en Bruselas, en Berlín, en Hamburgo o en Waterloo. Aunque pueda parecerle extrañísimo a los historiadores del día de mañana, a la gente que vivimos en estas tierras nos ha afectado poco o nada que Junts per Catalunya se haya desgajado en dos bloques opuestos, que Esquerra se enfrente a ambos, que de las dos haya nacido una nueva formación, la Crida o que las CUP se hayan auto marginado; más terrible y preocupante todavía, nos ha dejado fríos que Ciudadanos se haya quedado en un perfil bajo, impropio de quien ganó las pasadas elecciones, o que el PSC haya adquirido un perfil tan alto subiéndose al escabel de Sánchez, a ver si consigue moqueta. Qué cosas.

Hay mucho Lando Buzzanca en esas reuniones y, si bien el nivel de mala hostia ha aumentado peligrosamente, también es cierto que es igual al de la apatía"

Todo se ha convertido en algo rutinario. Incluso los pocos que asisten aún a manifestaciones de lacitos amarillos, poniendo cara de terribles patriotas inflamados de ardor guerrero, lo hacen como en una mala comedia italiana de los años setenta. Hay mucho LandoBuzzanca en esas reuniones y, si bien el nivel de mala hostia ha aumentado peligrosamente, también es cierto que es igual al de la apatía.

Nos vamos con la casa tan desordenada como antes, o quizás más, porque el separatismo ha aprendido la lección y se cuida muy mucho de que nadie más ingrese en la cárcel. Con el solar de nuestros padres en almoneda, tampoco es difícil prever el porvenir que nos augura el otoño que está al lado, inevitable, como metáfora de un verano que nunca existe, porque no existen la libertad ni los paraísos.

Urnas y fascículos

En otoño veremos urnas, pero no aquellas bastardeadas por el separatismo empecinado en que de ellas salga siempre lo que más les acomoda, sino de las otras, las de verdad, las que se ponen con todas las garantías. Serán nacionales o autonómicas o ambas, pero llegarán porque no hay Sísifo que aguante tanta piedra ni PSOE que lo resista; vendrán para, por enésima vez, intentar despejar un panorama que obedece a una sociedad enferma y fragmentada por la contumaz mentira que nos venden a diario políticos y medios de comunicación; vendrán, y no arreglarán nada, porque la solución de no pocos problemas se centra en la aplicación de la ley con coraje y valentía democrática y aquí no hay nadie dispuesto a esas cosas.

Veremos urnas, pues, y seguiremos con ese eterna cantinela de lemas de campaña, postureo, barbaridades del tamaño de una catedral y ninguneo de lo que está pasando realmente. Veremos a Torra y Puigdemont pelearse, a Puigdemont pelearse con Esquerra, al PP pelearse con todos, a los Comuns esperando que finalice la batalla para apoderarse de los despojos, a los socialistas bailando con las más feas, siempre que se dejen acompañar a casa.

Larra nos conocía tan bien que sus crónicas, al lado de las cuales palidece de vergüenza esto que pergeño con voluntad, son perfectamente aplicables a lo que hoy sucede"

Pero es más importante aquello que no veremos ni en otoño, ni en invierno, ni jamás, porque padecemos la maldición de los pueblos que no saben quererse a sí mismos. No veremos gente con mentalidad de Estado ni voluntad de servicio y, si por un milagroso azar, los viésemos, estarían condenados al fracaso provocado por el hostigamiento de sus compañeros de viaje o de los gacetilleros al servicio de quien les paga. Seguramente ustedes pensarán que es una despedida vacacional amarga, pero siento comunicarles que sufro el síndrome de Larra, aún sin reconocimiento, como el de Stendhal, consistente en haber pasado por varios estados de fe y esperanza en varios idearios para comprobar que, al final, todo son bastante paridos a la hora de firmar decretos que amparen solamente a los suyos.

Nada de lo que dijo aquel tremendo periodista es demodé o ha quedado anclado en el pasado. Todo tiene una verdad real, actual, terriblemente moderna, porque Larra, a fuer de dandi, fue el primer postmoderno de España. Nos conocía tan bien que sus crónicas, al lado de las cuales palidece de vergüenza esto que pergeño con voluntad, son perfectamente aplicables a lo que hoy sucede.

No esperen que a la vuelta de vacaciones haya cambiado nada, ni siquiera que tengamos alguna mejora. Estamos condenados a ser lo que somos, un país que, pudiendo ser el mejor entre los mejores, se contenta con bostezar aburridamente entre desgracia y desgracia.

Dicho lo cual, y aunque pueda parecerles una incoherencia, aprovecho para desearles unas buenas vacaciones.

La incoherencia es el último refugio que nos queda a los que alguna vez quisimos creer que la política podía mejorar la vida de las personas. Ah, e intenten ser felices.



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