De repente una noticia. Sí, una noticia, un hecho novedoso y relevante. Tan de interés como importante. En mitad del ruido, emerge la realidad con su peor cara. Como en el poema de José Hierro, “después de todo/todo ha sido nada”. Los asesinatos de dos reporteros, David Beriain y Roberto Fraile, en un rincón perdido de este mundo se convierte en un temblor en la conciencia. Repentino y sobrecogedor. Caídos en el acto de servicio (andar, ver y contar), abatidos en una emboscada del mal contra el bien. La verdad siempre se encuentra si quien la busca es una buena persona. Bendita razón tenía Beriain cuando afirmó que “a veces la historia más grande está en el lugar más pequeño”. Que no se nos olvide que en los detalles y entre líneas hay más verdad escondida que en ninguna otra parte. Al leer y al escuchar a quienes conocieron de cerca la vida y la obra de los dos de Burkina Faso, se encoge la altanería y se reduce la soberbia al admirar al instante a quienes pisaban terrenos de conflicto y dolor con la mirada limpia y buscando en todas direcciones.

El ruido, el puñetero ruido de una campaña electoral, se apaga de golpe cuando se pone en valor un oficio que avanza renqueante desde que los algoritmos tienen mando en plaza dentro de las redacciones. ¿Cualquiera puede contar algo a alguien? Sin duda que para eso se lleva un teléfono inteligente en el bolsillo con capacidad de anular la comprensión lectora de quien lo porta. Pero subir un video a la red o escribir una chorrada genial con los caracteres limitados nada tiene que ver con el oficio de andar, ver y contar la verdad que el público necesita saber. ¿Por qué lo hacen? Vocación, adiestramiento, oficio y mucho amor a la verdad sin mirar a quién beneficia o perjudica. Beriain decía que tenía miedo, pero a diferencia de todos aquellos que nos llamamos periodistas lo disimulaba lo suficiente como para arrimarse al peligro y hacerle preguntas. Un valor que hace de espejo en el que mirarse, un ejemplo de vida.

Entre medias aparece el periodismo, vilipendiado, insultado y menospreciado, que trata de sobrevivir entre los millones de burbujas que flotan por una red saturada de desinformación

Cuando la realidad nos enseña que hay miradas mucho más largas de lo que parece, se viene abajo el edificio mental. ¿Qué está pasando en España para que se vayan tantas energías en la nada? El martes 4 de mayo hay unas elecciones autonómicas en Madrid que en realidad son generales, pero al día siguiente será día 5 y no se acaba el mundo. Tan sencillo como estos otros versos de José Hierro: “Los hombres graves desaparecieron/ después de haber clavado al mediodía/ su bastón de solemnidad”. Por supuesto que lo que suceda en Madrid importa, pero sobran las hipérboles, los dramas y por supuesto el infantilismo con el que se trata a los electores. Entre medias aparece el periodismo, vilipendiado, insultado y menospreciado, que trata de sobrevivir entre los millones de burbujas que flotan por una red saturada de desinformación.

Cuando Trump ganó las elecciones lo hizo contra la opinión publicada de las dos costas de Estados Unidos. Le importó un bledo la red intermedia y se fue directo a los votantes poniendo un tuit adoctrinador cada mañana. Cunde el ejemplo, imitadores tiene y de todos los colores. Por eso la cuestión no es si un periodista sabe que han llegado unos sobres con balas a lugares teóricamente protegidos, tras una cadena de fallos de seguridad. La noticia, si es verdad y se tiene con toda la información necesaria, debe contarse. La culpa no es del mensajero sino de quien utiliza el hecho como herramienta al difundirlo para sacar una tajada extra del plato. Los extremos agitan para que el tablero se mueva. La moderación no renta a la corta, en cambio la excepción mueve esos sentimientos que el gurú de la Moncloa, Iván Redondo, explica en las conferencias: “Miedo, rechazo y esperanza”. Por este orden y en campaña. Queda claro que de las campañas electorales también se aprovechan hasta los andares. Ni el hueso tiene desperdicio. En la de Madrid se ha faltado el respeto a la ciudadanía, y no solo desde la política. Aunque solo sea por respeto a los buscadores de la verdad caídos en acto de servicio, hagamos todos un examen de conciencia para que dejemos de perder el tiempo en la nada, obviando el todo. Descansen en paz aquellos a quienes admiramos por ser mejores que nosotros.