El 'cara a cara' entre Margallo y Junqueras lo había perdido de antemano al aceptarlo. Un ministro de Exteriores enfrentándose en una televisión catalana, del conde de Godó, al candidato número cinco de la lista independentista era un desacierto. Lo que puede salir mal termina saliendo mal. El hábil Junqueras se encargó de recordar el exotismo del choque al dirigirse, siempre en español, a Margallo como 'señor ministro'. Todo un miembro del Ejecutivo, titular de Exteriores, defendiendo las posiciones del Estado frente al candidato número cinco de una candidatura independentista. "Victoria brutal", entonó el independentista, sólo con ver sentado enfrente, en Barcelona, a todo un ministro de la Nación. Por primera vez, en un plató de televisión, y a tres días de las elecciones, el singular combate era baza suficiente para que el líder de ERC se proclamara abiertamente vencedor.

La velada ante las cámaras del canal de Godó resultó muy igualada, trabada y enrevesada. Dos buenos espadachines con argumentos, sin descalificaciones, con respeto y hasta con algún que otro deje de impostado cariño. En cualquier caso, se trató de una victoria pírrica para el candidato secesionista. Margallo es un buen orador y también un gran polemista. Pero jugaba fuera de casa, en territorio ajeno. Un campo embarrado con un moderador, que ejercía de imparcial pero que tuvo algo que ver con la orientación del debate. Zanjó el 'bucle' de la pertencia a Europa cuando menos bazas le quedaban al secesionista. El líder de ERC, además, se manejaba bien en este formato, con su tono pausado y mesurado, su lección bien aprendida y su capacidad de encaje por encima de la media.

Una primera parte cuajada de leyes, normativas, directrices, referida al debate sobre la continuidad o no de una Cataluña independiente en los foros internacionales y aún en la UE. Ambos candidatos llegaron armados de argumentos, y los exhibieron con amabilidad y contundencia. Casi tablas.

Ambos candidatos llegaron armados de argumentos, y los exhibieron con amabilidad y contundencia. Casi tablas

Ese era el punto sustancial: Margallo tenía que dejar meridianamente claro que una Cataluña independiente estará fuera de la UE desde el minuto uno. Un objetivo diáfano para quienes ya lo saben y de éxito dudoso para cuantos recelan de la campaña desplegada desde Moncloa y Exteriores para que líderes de todo el mundo insistan en ese aspecto. En esta parcela, Margallo redondeó con acierto sus argumentos ya conocidos. En este punto poco tenía que hacer su rival, salvo esgrimir excusas poco sólidas y mal cimentadas que convencen a la perfección a su parroquia.

Margallo ofreció una imagen sosegada, se mostró tranquilo y afable con su rival, en ocasiones firme y en otros momentos desigual. No consiguió el ministro que su uppercut tuviera el efecto demoledor que alguno de sus compañeros de Gabinete pretendían. Pero se mostró eficaz en los asuntos europeos y en los económicos, donde los secesionistas tienen muy poco margen para el argumento. Tan sólo el sentimiento. "No nos dejarán fuera", insistía, como una letanía. Margallo pretendía ser vicepresidente económico en su día y se le notaba. Era el hombre del Gobierno para discutir el asunto más complicado que el Estado tiene planteado ahora mismo sobre la mesa.

Dejó sentado muy claramente Margallo que Cataluña no tiene futuro como país independiente, pero eso es lo que se esperaba de él. El lío de si un catalán pierde la nacionalidad española, destapado por Rajoy en su entrevista en Onda Cero, no es más que un galimatías jurídico sin fácil respuesta. Margallo se salió como pudo del embrollo. El ministro recurrió a la lógica política más que a la razón de la ley. Lo peor fue cuando recurrió al ejemplo de Argelia. Ahí mostró Junqueras su colmillo en un extremo de su sonrisa. Comparar Cataluña con Argelia resultó un tanto chirriante. Un despropósito. Pese a que la lógica amparaba a Margallo: un ciudadano de un país secesionista deja de pertenecer al país del que se ha separado. Pero jurídicamente, el asunto está abierto a interpretaciones disímiles. Este era el punto más favorable para Junqueras, que lo utilizó al fondo, sin contemplaciones. Se olvidaba de que, entre otras cosas, nuestra Carta Magna no recoge el supuesto de la escisión a la hora de calibrar quien deja de ser español y quién no.

"Cataluña será la nación con más desempleo del mundo", amenazaba el ministro. Y Junqueras, guante de seda, respondía que mejor le irá sin España. Un toma y daca bien argumentado pero no conduce a otro lugar que al punto de partida. Y, al final, la frase, el guiño sentimental, que nunca sobra. "Oriol, se os quiere mucho, que esto es muy antiguo, no rompamos", le deslizó el ministro a un Junqueras algo crecido y un pelo soberbio. Margallo parecía un novio suplicante ante una dama impasible. Junqueras, despreció el requiebro, acarició dialécticamente a su interlocutor y le espetó: "Pues sus muestras de afecto no las ha compartido su Gobierno". Poco decidirá el rumbo del electorado. Marrgallo no perdió los papeles y Junqueras se dio un gustazo.