Análisis

Los sindicatos van camino del cementerio

     

Los secretarios generales de CCOO y UGT, Ignacio Fernández Toxo (d) y Pepe Álvarez (i), en la manifestación del Primero de Mayo.
Los secretarios generales de CCOO y UGT, Ignacio Fernández Toxo (d) y Pepe Álvarez (i), en la manifestación del Primero de Mayo. EFE

Han pasado ya los días del compromiso combatiente. De aquel sindicalismo romántico alimentado por la acción en las calles. Y no será por falta de caldo de cultivo de una última legislatura que se aferra a vivir en la prórroga. Estamos aún saliendo de una crisis que ha dejado a los dos grandes sindicatos desnortados. Sin fuerza, con el espacio social arrebatado por las mareas (educación, sanidad…), dejando de ser altavoz de las desigualdades y los desahucios, con el pie cambiado ante el fin del bipartidismo, alicatados de corrupción (caso ERE o tarjetas black) e incapaces de movilizar a una sociedad de la que ya han dejado de ser referencia. Tan solo les queda ese reducto, el 1 de mayo. El día para sacar las banderas y darse un paseo por las principales capitales españolas antes de volver a casa y volver a plegar los estandartes.

La manifestación de este domingo en Madrid fue un baño de realidad, que no de masas, para todos los sindicatos. Pero, con más vehemencia, para los dos grandes: Comisiones Obreras (CCOO) y UGT. La convocatoria, escasa, más que en años anteriores, demuestra su lenta agonía. El desapego social. Sólo los partidos partidos políticos (2,23 puntos sobre 10) logran estar peor valorados que las organizaciones sindicales (2,61 puntos) en la última encuesta del CIS. Un deterioro estructural agrietado entre 2009 y 2015. En esos seis años, las cuatro principales centrales de España -CCOO, UGT, CSIF y USO-, que representan en torno al 80% de los trabajadores españoles en la negociación colectiva, han perdido más de medio millón de afiliados. En concreto, en siete años se han desapuntado de sus filas 584.788 personas.

Escándalos como los ERE en Andalucía o el uso de tarjetas black de Caja Madrid han cabreado al personal

El sindicato que más pierde, tanto comparativamente como en términos absolutos, es CCOO. Sus afiliados han caído un 24,4% desde los 1.203.307 registrados en 2009 a los 909.052 apuntados a cierre de 2015. A continuación, UGT es el más castigado: sufre una sangría de 276.617 miembros, los que median entre los 1.205.463 de 2009 a los 928.846 del pasado ejercicio, cuando por primera vez desde que empezó la crisis la cifra de asociados ha quedado por debajo del millón. Aunque su tamaño y representatividad sean mucho menores, en los últimos siete años también han disminuido los afiliados de CSIF (-6.622) y USO (-7.249).

El personal anda cabreado con los sindicatos. Han perdido la fe. Y razones no faltan. Escándalos como el de los ERE en Andalucía, las cuentas millonarias del histórico dirigente asturiano José Ángel Fernández Villa, el uso de tarjetas black de Caja Madrid por parte de representantes de los trabajadores y el dinero público dedicado a mariscadas y viajes de placer les han llevado a las puertas del cementerio. “Esto no hay quien lo levante”, comentaba hace pocos días un sindicalista de una empresa del Ibex con respecto al futuro de su organización. “Cada vez más trabajadores te miran con recelo. Hay que cambiar comportamientos, actuaciones y mensajes. Somos anacrónicos. Es vergonzoso escuchar todavía esa vieja dialéctica del ‘compañeros por aquí…”, seguía reflexionando.

Los sindicatos, tal como los conocemos hoy, quedaron anticuados hace una generación. Incapaces de evolucionar en un mundo en el que la carrera profesional actual nada tiene que ver con los tiempos de Marcelino Camacho o Nicolás Redondo. Ahora es inimaginable aquella fórmula de entrar en una empresa como botones y salir jubilado desde algún puesto directivo medio. Las leyes laborales tampoco lo facilitan. Y en esto tampoco los sindicatos han logrado cambiar el ‘chip’. Siguen moviéndose entre teorías, mecanismos de acción que han perdido mucha eficacia, además de tentaciones sectarias y corporativistas.

La decadencia sindical, acentuada durante los últimos años, quizás tenga mucho que ver con la falta de tradición de afiliación en España. No llega al 16% de la masa laboral activa, porcentaje muy parecido al de hace una década, según el Instituto de Estudios Económicos sobre la base de datos facilitados por la OCDE. Tan sólo Francia, Polonia y Estonia presentan cifras inferiores a la española, mientras que, por el contrario, los países nórdicos son los más concienciados sindicalmente: el 88% de afiliación en Islandia, el 70% en Finlandia y el 69% en Suecia y Dinamarca.

CC.OO. y UGT no han aclarado convenientemente una larga lista de denuncias en el manejo de fondos públicos

Pero no es éste el único argumento. La práctica exclusividad representativa otorgada a las dos grandes centrales de trabajadores es otra de las causas, así como la progresiva pérdida de imagen de CC.OO. y UGT, incapaces de la menor autocrítica y de aclarar convenientemente una larga lista de denuncias en el manejo de fondos públicos. Precisamente, estas prebendas que reciben en sus tratos con los gobiernos de turno son ahora otro azote a su credibilidad. Tanto como el excesivo número de liberados con su puesto de trabajo blindado (más de 50.000 según estimaciones oficiales, con un costo de unos 1.600 millones de euros anuales), la escasa renovación de sus estructuras y la larga permanencia de sus líderes.

En la lista de críticas prevalece la defensa que hacen de los que tienen empleo frente a los desempleados. “Todo un error”, explica un catedrático en Derecho Laboral. “El parado de hoy es el trabajador de mañana y, por tanto, un posible afiliado. Pero si el parado no se siente querido cuando más lo necesita pocas ganas tendrá de afiliarse”, prosigue. Su análisis mantiene que los sindicatos no han movido ficha todavía porque su clientela (muy protegida con contratos indefinidos) no se ha visto tan perjudicada por la crisis económica y, además, no quieren perder sus derechos adquiridos. En este contexto, se entiende que su debate se centre de forma recurrente en el abaratamiento del despido, su principal preocupación.

Más allá de la preocupación por la legislación laboral en conjunto, utilizada en ocasiones en provecho propio y en perjuicio claro de los trabajadores, para llevar a cabo despidos y regulaciones de empleo en las propias centrales sindicales. De su capacidad de autocrítica, de dinamizar sus estructuras para adaptarse a la globalización y la especialización, la despolitización de sus cuadros dirigentes y la ejemplaridad a la hora de organizarse burocráticamente depende su futuro. Si no, cualquiera de los próximos 1 de mayo, en el corto plazo, las manifestaciones se convertirán en un réquiem por unas organizaciones sociales necesarias para esa rehabilitación obligada de España.

@miguelalbacar


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