Análisis

¡Son la educación y la sanidad, estúpidos!

   

El ministro de Educación y Cultura, Íñigo Méndez de Vigo.
El ministro de Educación y Cultura, Íñigo Méndez de Vigo. EFE

De vez en cuando, aparecen regalos para la Humanidad. Revoluciones que han surgido desde la obstinación de algún fanático por su vocación. Personajes anónimos, que no llenan estadios, ni conducen Ferraris, ni destilan sobredosis de ego en cada uno de sus gestos. Nombres comunes, envueltos en batas blancas, pijamas verdes o plantados delante de pizarras de tiza (o digitales si a la escuela ha llegado la digitalización), con encargos superlativos. A los primeros, la comunidad médica y científica, les exigimos hacer magia con cuerpos en vía del desahucio. Los segundos, los maestros, reciben a diario los diamantes en bruto de una sociedad que necesita creer que hay vida más allá de la corrupción, esa bazofia de la que hablamos cada día, que tiene a pringados a unos (políticos, la mayoría) y nos tiene hastiados al resto.

De vez en cuando, aparecen regalos para la Humanidad. Guiones que escriben seres excepcionales, como el doctorJuan Antonio Barcia, jefe de neurocirugía del hospital Clínico San Carlos de Madrid. Un ‘loco’ del cerebro, que desde un centro público, junto a su equipo, todos ellos funcionarios, y pese a los intensos recortes de esta legislatura, ha conseguido la cuadratura del círculo. Vencer los tumores inoperables. Un pedazo de noticia que trastorna esa asfixiante rutina de la que no logramos salir. La Púnica, Gürtel, Nóos, Barberá, EREs, Bárcenas, la pre-precampaña, los pactos, la polémica de las esteladas

Entre 2010 y 2015, las autonomías, que tienen transferidas ambas competencias, han recortado 18.685 millones de euros en sanidad y educación

El éxito de Barcia, certificado hasta la fecha con una vida extra a cuatro pacientes, desmitifica las tesis imperantes de que toda causa debe tener un efecto económico inmediato (y positivo). La sanidad, como la educación, son inversiones a largo plazo que deberían blindarse por ley en los presupuestos. Porque el coste de salvar vidas, como formar a los futuros Barcia, no deben formar parte de ninguna negociación. Ni en las conversaciones con Bruselas para reducir el déficit ni tampoco puede convertirse en la primera partida donde restar cuando ahoga la economía nacional.  

Entre 2010 y 2015, las autonomías, que tienen transferidas ambas competencias, han recortado 18.685 millones de euros en sanidad y educación. Al mismo tiempo, el presupuesto de todas las comunidades destinado a pagar la deuda ha crecido en 18.526 millones, según datos del Ministerio de Hacienda. De esta manera, el esfuerzo público per cápita en ambos sectores se recortó cerca del 21% en la crisis como consecuencia de los ajustes presupuestarios. El estallido de la recesión catapultó el déficit público español al 11% del PIB, y los sucesivos planes de ajuste anunciados para tratar de cumplir con lo exigido por Bruselas incluyeron también a la sanidad y la educación. El mayor tijeretazo lo anunció el Gobierno de Mariano Rajoy en 2012, al plantear un recorte conjunto de 10.000 millones en ambas competencias.

¿Por qué es tan fácil recortar en sanidad y educación? Muchos implicados, tanto médicos, enfermeros, como profesores o maestros, lo argumentan en la ‘vocacionalidad’ de sus gremios y la implicación máxima con pacientes y/o alumnos. Este factor hace que, por ejemplo, muchos profesores sigan realizando actividades extraescolares a pesar de no cobrarlas. Los políticos, en su mayoría, no aprecian la labor de estos colectivos. Quienes manejan las finanzas públicas les suelen colocar en el apartado de los gastos, cuando sanidad y educación no sólo generan beneficios sociales sino incluso pueden convertirse en potentes creadores de riqueza.

El premio Nobel de Economía James Heckman estudió y demostró que invirtiendo dinero en la calidad de la educación de los niños pequeños hay un aumento de la renta. Lo hizo con un experimento en el que se pudo ver que un dólar invertido en un niño de tres años en una buena escuela infantil genera siete dólares al cabo de veinte años. El trabajo pionero del profesor Heckman junto con un consorcio de economistas, psicólogos, estadísticos y neurocientíficos muestra que el desarrollo durante la primera infancia influye directamente en la economía, la salud y las consecuencias sociales para los individuos y la sociedad. Los entornos tempranos adversos generan déficits en las habilidades y capacidades que reducen la productividad e incrementan los costos sociales, lo que se suma a los déficits financieros que enfrentan los ciudadanos.

El análisis de Heckman, Nobel en Economía, muestra una rentabilidad anual de la inversión en educación del 7% al 10%

“Nuestro futuro económico depende de la provisión de las herramientas necesarias para el desarrollo social y para la creación de una fuerza laboral altamente educada y capacitada”, asegura el Nobel en Economía. Para ello, la educación durante la primera infancia es la forma más eficaz de lograr estas metas. El análisis de Heckman muestra una rentabilidad anual de la inversión en educación del 7% al 10% basada en el rendimiento escolar y profesional, así como en la reducción de los costos de la educación compensatoria, la salud y los gastos del sistema de justicia penal.

Sus cálculos estiman que un aumento del cinco por ciento en la tasa de graduación de varones en el estado de Illinois ahorraría 379 millones en costos de encarcelamiento y otros gastos asociados a la delincuencia. Además, los graduados de la escuela secundaria aportan 400.000 dólares más en ganancias durante toda la vida con respecto a aquellos que abandonaron la escuela secundaria. De esta manera, las familias de Illinois tendrían 2,8 mil millones de dólares más en riquezas acumuladas si todos los miembros de los hogares se hubieran graduado de la escuela secundaria.

Pero no sólo los políticos, con el bisturí en las finanzas, castigan al mundo sanitario y educativo. La sociedad, en definitiva, todos nosotros, también debemos asumir nuestra parte de culpa. Se ha llegado al punto en que se actúa como meros “clientes” y se sigue al pie de la letra la máxima que dice que “el cliente tiene siempre la razón”. En este sentido, las consultas están llenas de pacientes que exigen pruebas médicas, que contradicen las prescripciones médicas, que opinan y se oponen a ciertos diagnósticos o tratamientos médicos, etc. Y en el mundo escolar pasa algo parecido, padres y madres que dejan a sus hijos en el colegio esperando recibir un “producto nuevo”, un niño/a totalmente educado en conocimientos, valores, preparados para la vida laboral y buenos chicos. Esto lo toman como una exigencia y si el colegio no lo cumple, se enfadan. No piensan si hay recortes, si hay masificación en las aulas, si no hay actividades extraescolares… No piensan nada, únicamente exigen que sus hijos salgan de esa institución educativa hechos un hombre o una mujer.

“Es evidente que si los padres y madres de alumnos, de pacientes, o los propios pacientes, se concienciaran un poco más de nuestra situación y se pusieran del lado de los centros y hospitales públicos, se podría hacer algo más para intentar que no haya más recortes en sanidad o educación”, critican de forma coral profesores y personal sanitario. “Es mucho más fácil”, prosiguen, “sumarse a la corriente de los que piensan eso de que les recorten, que no hacen nada los vagos”.

Entre esos ‘vagos’ se encuentran héroes como el doctor Barcia, o todo el equipo médico que logró vencer al ébola instalado en el cuerpo de Teresa Romero, o César Bona, uno de los 50 mejores profesores del mundo. Tres ejemplos del porqué recortar en educación y sanidad es cosa de estúpidos.



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