Análisis

Sánchez y el árbol del ahorcado

      

Pedro Sánchez, líder del PSOE.
Pedro Sánchez, líder del PSOE. EFE

El árbol del ahorcado o Pedro Sánchez no sabe dónde ahorcarse. Dos títulos alternativos para una misma película: la del relato de la vida y milagros de un hombre sin atributos, también sin ideología, dominado por la suprema ambición de ser presidente del Gobierno a cualquier precio y con cualquier compañía. Final del teatrillo. Punto y aparte de estos meses de impostura, de tomadura de pelo, de mala ficción de novela de a peseta. El chico apuesto que durante meses ha faltado al respeto a los ciudadanos dotados de una sesera mínimamente amueblada, nos obsequió ayer con un fin de fiesta a tono con su performance: un plan de última hora dizque de Compromís, el grupo valenciano con el que Sánchez se ha hartado de tontear en las últimas semanas para darle celos a Podemos: 30 puntos susceptibles de llevarle en volandas hacia La Moncloa con el apoyo de toda la izquierda, que parecen inventados por Sánchez, y seguramente lo son, para poder sostener a partir de ahora que nuestro esforzado Gary Cooper lo intentó hasta el último minuto, hasta el último aliento, todo con tal de librar a los españoles del cáliz amargo de unas nuevas generales.

Este chico, Sánchez, es un peligro. Un peligro para la estabilidad y la prosperidad de los españoles. Estamos avisados

Las 30 medidas de marras son para tomárselas a risa si nos atenemos a su literalidad y nos olvidamos de lo que hay detrás. Definiciones tan absolutamente genéricas, inconcretas, hilarantes incluso, como “Adoptar medidas contra la pobreza, desde una perspectiva multidimensional e integral” (¿mande…?); “reindustrializar la economía”; “impulsar la agricultura de calidad y proximidad”, o “promover un aumento de las políticas redistributivas entre países de la Unión Europea”. No se sabe bien si lo de la “agricultura de proximidad” tiene que ver con la idea de plantar nabos y coles en el Paseo de la Castellana, o con la de “reeducar” a los habitantes del barrio de Salamanca obligándoles a marchar al campo para cultivar la tierra al estilo del sanguinario dictador camboyano Pol Pot. En todo caso, ideas que arruinarían la economía, minarían las libertades, y harían retroceder la prosperidad de los españoles a los tiempos más duros de la posguerra. Estatismo a palo seco, recetas de un rancio izquierdismo de imposible convalidación en la Europa de nuestros días.     

Con todo, lo sorprendente no es el recetario de esta izquierda sectaria y pasada de fecha, enemiga del mercado y de la libertad de elegir, reacia a valores como el de la responsabilidad individual ligada a nuestros actos, la recompensa del esfuerzo y la prevalencia del talento como antesala del éxito, no. Lo alucinante de verdad, lo acollonante, es que Sánchez y sus edecanes salgan de inmediato anunciando urbi et orbi que al PSOE le parecen bien 27 de las 30 medidas del recetario de Compromís, prácticamente la totalidad del paquete. Así, los socialistas se oponen a derogar la reforma laboral de Zapatero y solo aceptan acabar con la de Rajoy (elemental, querido Watson); matizan algunas de las exigencias del bloque valenciano (que asumen el paquete completo de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca, PAH) en materia de desahucios, y propone una redacción alternativa a la exigencia nº 14 que dice tal que así: “reformar el art.135 de la Constitución, priorizar el gasto social y reestructurar la deuda”. A palo seco.

Del PSOE de Felipe al de Pedro Sánchez

Y si al PSOE le parece bien 27 de las 30 medidas de Compromís y pone apenas leves reparos a las tres restantes, entonces es que lo de España, el “enigma histórico” que decía Albornoz, tiene difícil arreglo y está mucho peor de lo que sospechábamos. En efecto, si al partido que ha gobernado este país durante 22 años tras la muerte de Franco y que es alternativa de Gobierno le parece bien, en líneas generales, un programa que rechazaría de plano cualquier partido socialdemócrata europeo, entonces es que en España hemos llegado a un punto de no retorno francamente preocupante, emparedados como estamos entre el nihilismo rajoyesco y el aventurerismo de un líder, de un PSOE, que está pidiendo a gritos partido de homenaje, fin de fiesta con cohetería incluida y refundación de plano, de principio a fin. Y, de paso, enviar al baúl de los recuerdos a un personaje que aúna inseguridad, improvisación y ambición de poder sin límites.

Lo que va de ayer a hoy. El PSOE rescató a la izquierda española de los dogmas del marxismo, la integró en la OTAN haciéndole abandonar el no alineamiento que pregonaba la Internacional Comunista y, lo que es más importante, lo que ha resultado decisivo en los últimos 40 años, contribuyó de forma relevante a la modernización de España y a la extensión de muchas de las ventajas del Estado del Bienestar a grandes capas de población española. Aquel era un partido, el de Felipe González, el de Solchaga, el de Solbes, el de Rubalcaba, el de tantos otros, que difícilmente se reconocería hoy en el izquierdismo infantiloide de un Sánchez que definitivamente no sabe dónde ahorcarse, si en el árbol de Ciudadanos o en el de Compromís y/o Podemos, porque cualquier rama parece venirle bien con tal de alcanzar sus objetivos personales. Demostración empírica de cómo los criterios de selección de la democracia expulsan del juego a los mejores, al aplicar esa “selección negativa” de la que hablaba Sartori. Este chico es un peligro. Un peligro para la estabilidad y la prosperidad de los españoles. Estamos avisados.

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