Análisis

Las tres negaciones de Pedro

Pedro Sánchez en Ibiza.
Pedro Sánchez en Ibiza. Efe

Esto se leía este viernes en los titulares de algunos periódicos: “PP y Ciudadanos presionan e impugnan la candidatura de Otegi”. “Junqueras presiona a Colau…”. “El gobierno de Andorra niega presiones…”. “Rivera presiona a Rajoy con un ultimátum”. “El alcalde de Vigo no cede a las presiones de Ferraz”.  La presión, en política, es un procedimiento habitual cuando se ausenta la sutileza, la habilidad y la mano izquierda. Una presión no debería sustituir a un buen argumento. No es el caso. “Presionar en una negociación no es más que pretender arrastrar al otro por las orejas”, decía Montaigne. “Los niños, el vulgo, las mujeres y los enfermos, son los más expuestos”.  Y Sánchez, desde luego.

Pocos políticos hay en nuestro país más presionados que Pedro Sánchez. En su momento lo fue Artur Mas, que tuvo que irse del sillón de la Generalitat  forzado por una colla de kumbayás en camiseta. Sánchez, sin embargo, resiste, desparramado por las diferentes arenas del estío, silente y moliente, agazapado y granítico. Cada día que pasa, una victoria, viene a ser su lema. “¿Qué parte del no no entiende?” fue su última frase memorable, inspirada quizás en las mismas palabras de Tom Kane, el protagonista de la serie The Boss, autoritario y corrupto alcalde de Chicago.

Pocos políticos hay en nuestro país más presionados que Pedro Sánchez. En su momento lo fue Artur Mas, que tuvo que irse del sillón de la Generalitat  forzado por una colla de kumbayás en camiseta

Se le ha puesto el capirote de culpable de las nuevas elecciones, de la parálisis de un país desde hace 300 días, del ridículo mundial, de ser el protagonista único del contradiós de una situación sin precedente. Apoyado en la superioridad moral de la izquierda, Sánchez, con gorrilla y en bañador, ha visto discurrir estas largas semanas agosteñas escuchando el ruido del mar y atendiendo las voces de ánimo de su pequeño grupúsculo de asesores a quienes en su partido denominan “los Dalton”. Gentecilla de idea única y mirada corta, ‘de la peor calaña intelectual’, pero aferrada a una sola posición: la única posibilidad de supervivencia es el ‘no’.

Vieja guardia del partido, barones de todas las latitudes, compañeros de comité, encuestas, el Ibex, articulistas, analistas, intelectuales abajofirmantes, la oposición, la reacción, la televisión (una de ellas, en especial)… han dedicado tiempo, esfuerzos, argumentos, amenazas, exhortaciones, imprecaciones en el vano empeño de que Sánchez abandone su inamovible ‘no’ y permita el tránsito final hacia el fin del bloqueo.

Una voz discrepante

Las negaciones de Sánchez forman ya parte de nuestro paisaje cotidiano ¿Por qué habría de cambiar si no le va mal?. Se mantiene al frente de un partido cuando desde hace meses le dieron por muerto. Señorea a sus barones, tiene acollonado a su frente interno. Tan sólo Abel Caballero, en la cornisa gallega, le levanta tímidamente la voz. ¿A qué cambiar?

No le hablen de los intereses de España, de la política de Estado, de la responsabilidad histórica, de la tradición de su partido, del sacrificio patriótico. Música celestial, letanía de la caverna, añagazas de la derechona. Piensa Sánchez que el ‘no’ es su único salvoconducto a la supervivencia. Propiciar, mediante la abstención, un gobierno de Rajoy, significaría su decapitación. Una vez encarrilada la normalidad institucional, aprobada la investidura, el PSOE celebraría su aplazado congreso en el que el primer punto del orden del día sería su defenestración.

'Noes' incompatibles

Las tres negaciones de Pedro poco tienen que ver con las del apóstol. Son absurdas, infantiles e incongruentes. Sánchez defiende al tiempo tres ‘noes’ incompatibles. No al PP, no a nuevas elecciones y no a un gobierno de izquierdas. De ese cóctel de ‘noes’ tan sólo saldrá un bebedizo agrio y corrosivo: vuelta a las urnas. Será él el culpablo, tal y como se empeñan en recordarle todos sus rivales. Tampoco importa. De momento ha logrado con habilidad trasladar el foco del debate hacia la fecha electoral. Ya no se habla tanto de su ‘no’ sino de cómo evitar las elecciones el 25 de diciembre y hacerlas el 18. Una triquiñuela que parece que funciona.Piensa que todos son ventajas con su ‘no’. No pueden responsabilizarle de la continuidad de Rajoy, mantiene la fidelidad de buena parte de su militancia, quizás hasta logre mejorar sus raquíticos resultados en unos terceros comicios y, muy especialmente, sigue en el cargo por tiempo indefinido. Quien dentro del PSOE pretenda apearse  del ‘no’ que lo diga. Que se coma ese marrón. No será Sánchez quien lo haga.

España puede ser el primer país occidental que precise de tres elecciones en un año para formar gobierno. ¿Quién caerá en este pulso? ¿Rajoy, Sánchez? Se admiten apuestas. Mientras tanto, el líder socialista, a quien tantos desprecian, sigue ahí. Dos años ya al frente del PSOE, como se encarga de repetir con insistencia obsesiva. Sólo piensa en el mañana, en seguir vivo un día más. Y en la Moncloa. “El pasado es inofensivo. Las guerras del pasado son incruentas”, decía Chaucer. Y las ‘presiones’, una superstición galaica.

EL VARÓMETRO.- A falta de rivales, ‘la minga’ de Echenique se ha convertido en la canción del verano. // Fernando Maíllo se ha ganado los galones de futuro secretario general del PP. // Parecía imposible: Casillas cayó. // Inger Enkvist, catedrática sueca, destrozó en ‘La Vanguardia’ el sistema educativo/coercitivo catalán. Lo mejor de la semana. 

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