Análisis

El PSOE sigue sin saber qué quiere hacer con España

Un ejemplo de la deriva que ha adquirido nuestro Estado autonómico, totalmente salido de madre, es el caso de Ximo Puig, que representa como pocos ese viejo problema que atenaza al PSOE casi desde su fundación, consistente en no saber qué hacer con España, no terminar nunca de aclararse con España, no acabar de decidirse entre cuidarla y defenderla o arrojarla de una vez por todas a la vía del tren.

El presidente valenciano, el socialista Ximo Puig.
El presidente valenciano, el socialista Ximo Puig. EFE

Tras la nube de polvo agosteño que este fin de semana ha levantado la entrevista celebrada entre Artur Mas y Ximo Puig en Mahón, isla de Menorca, subyace un apunte de interés. No es algo que afecte a la esencia de lo ocurrido, aunque bien podría tener derivaciones más que curiosas capaces de explicar por sí solas el entero episodio. Seguramente estarán al cabo de la calle: el encuentro entre los presidentes autonómicos de Cataluña y Valencia consistió en un desayuno, en la mañana del sábado 22, en la cafetería del hotel donde veranea Mas, situado a pocos kilómetros del lugar donde Puig pasa unos días en casa de unos amigos. El cafelito se mantuvo a instancias del catalán, que telefoneó al valenciano al saber que también se bañaba en la isla, pero fue éste quien se desplazó a Mahón.  

De lo hablado entre café y tostada poco se sabe, y quizá no merezca la pena perder mucho tiempo en ello. El entorno valenciano ha venido a decir que Puig trasladó a su colega la idea de que Cataluña tiene encaje en España mediante una reforma de la Constitución del 78 que permita a los nacionalistas “sentirse cómodos dentro del Estado español”, cuestión que debería ir unida a una reforma del modelo de financiación. En cuestión de pelas, Puig considera a Mas un aliado imbatible, porque el modelo actual, lesivo para los intereses valencianos, también perjudica a Cataluña, de modo que lo que hay que hacer es presionar a Madrid para cambiarlo, aunque, eso sí, para ello no sea necesario tirarse por el barranco de la independencia como pretende Mas, porque el bueno de Ximo está convencido de que “es posible la convivencia” [de los nacionalistas en España, se entiende].

Se trata de un viejo problema que tiene que ver con la falta de acuerdos con el PP en asuntos capitales

Esta es la versión, resumida, que del café con pastas menorquín han ofrecido los valencianos, porque los convergentes catalanes, en el mejor estilo secretista que les caracteriza, no han dicho ni mu. Bueno, los nacionalistas, tan listos ellos deslizando mensajes, tan expertos en el manejo de los tiempos, han respondido a su manera. Lo hicieron, también el sábado, qué casualidad, y horas después del desayuno de marras, por boca del conseller de Justicia Germà Gordó, que salió a escena para ofrecer el pasaporte del hipotético nuevo Estado Catalán a valencianos y mallorquines, porque, una vez alcanzada la independencia, “la nación catalana” debe incluir también a Valencia y Baleares, además de a “la Cataluña Norte” (sic), en Francia, y a “la Franja” que separa a Aragón y Cataluña. “La construcción de un nuevo Estado no debe hacer olvidar a la nación entera” (titular de La Vanguardia, antes Española).

Los compromisos secretos de Ximo Puig

Y bien, ¿tiene alguna relación la oferta de Gordó con el desayuno celebrado horas antes en la cafetería del hotel de Mahón? ¿Estaba al corriente don Germán de lo que allí se había hablado? ¿Adquirió Puig ante Mas algún tipo de compromiso del que no haya dado cuenta? Las preguntas, como sus respuestas, parecen tan obvias, que llama la atención que nadie parezca haber reparado en ellas. Un ejemplo de la deriva que ha adquirido nuestro Estado autonómico, totalmente salido de madre, en manos hoy de gente que ha traicionado el espíritu y la letra de la Constitución del 78, caso de Mas, un tipo habituado a pasarse la legalidad por el arco de sus caprichos, o que, caso de Ximo Puig, representa como pocos ese viejo problema que atenaza al PSOE casi desde su fundación, consistente en no saber qué hacer con España, no terminar nunca de aclararse con España -ese concepto “discutido y discutible” del inane Zapatero-, no acabar de decidirse entre cuidarla y defenderla o arrojarla de una vez por todas a la vía del tren.

Se trata de un viejo problema que, entre otras cosas, tiene mucho que ver con la falta de acuerdos a largo plazo con el PP en asuntos capitales que afectan al futuro de España. El objetivo de Puig metiéndose en la boca del lobo secesionista no deja de ser ambicioso: nada menos que consolidarse dentro del partido socialista como un interlocutor entre la Generalitat y el Gobierno central para afianzar, así, su condición de “hombre de Estado”, ello de cara a las elecciones generales de noviembre. ¡Chúpate esa, Pedrito! El bueno de Ximo quiere ser un “mediador entre Cataluña y España”, ahí es nada, y ello desde “una visión de España muy alejada del inmovilismo del actual presidente Mariano Rajoy”.

Todo es posible en la Cataluña nacionalista, incluso que acabe devorando a sus propios hijos

Porque para Ximo, que tras años de derrotas gobierna en Valencia gracias al apoyo de 19 diputados de Compromís y 8 de Podemos, gente toda muy amante de la idea de España, como es sabido, tan culpable de lo que ocurre hoy en Cataluña es Artur Mas como Mariano Rajoy y, si me apuran, si se le apura, mucho más el segundo que el primero. Son tesis que comparte también su colega socialista Francina Armengol, nueva presidenta del Govern de les Illes Balears. Es el lío del PSOE con España, o el drama de España con el segundo gran partido del país, la eterna confusión de un partido que no termina de aclararse con España, un problema que acabará, más pronto que tarde, por colocar a los socialistas en la marginalidad política.

El Ancchluss de Germà Gordó

Lo de Germà Gordó es más grave, lo del ministrito de Justicia de la Generalitat de Cataluña es la reedición, casi ochenta años después, de las tesis del Anschluss que llevaron al Tercer Reich a protagonizar uno de los acontecimientos históricos más sangrientos del sanguinario siglo XX. Es el anexionismo de raíz étnica o racial. El Anschluss (unión, reunión o anexión) supuso la incorporación de Austria a la Alemania nazi en marzo de 1938 como una provincia del III Reich, seguido por la crisis de los Sudetes, la ocupación de Checoslovaquia y la invasión de Polonia, episodio que significó el detonante de la II Guerra Mundial, sin olvidar el asunto previo del Sarre. Son los Països Catalans.

Es la constatación, una vez más y van mil, de la anomalía democrática que el nacionalismo ha implantado en Cataluña. Es el “nosotros” frente al “ellos”. Lo más viejo y reaccionario del mundo. ¿Lo peor? Que el tal Gordó quiere erigirse en sucesor de Artur Mas al frente de Convergencia inmediatamente después del 27 de septiembre, y posiblemente lo sea. Aunque, a estas alturas de la película, la frontera entre lo bueno y lo malo, lo mejor y lo peor, es imposible de distinguir en la marca catalana. Todo es posible en la Cataluña nacionalista, incluso que, parodiando a Vergniaud (un girondino guillotinado por los jacobinos en 1792), la secesión, como Saturno, acabe devorando a sus propios hijos. Nada sería más justo.

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