Análisis

Mario Conde y la droga del poder

        

Mario Conde.
Mario Conde. EFE

Agotado en apariencia el incendio de los papeles de Panamá, el lunes estalló una nueva hoguera en el patio de Monipodio nacional (¿Es vuesa merced, por ventura, ladrón? Sí -respondió él-, para servir a Dios y a las buenas gentes, aunque no de los muy cursados; que todavía estoy en el año del noviciado) con la detención de Mario Conde y familia, acusados de delitos varios relacionados con la repatriación del dinero que supuestamente había puesto a buen recaudo en Suiza en sus tiempos de Banesto. No se había repuesto el personal del sopetón cuando La Sexta anunció que de los rescoldos panameños salía fuego nuevo: El ministro Soria también había tenido, para no ser menos, una sociedad en el famoso bufete panameño de Mossack-Fonseca. Y, de pronto, las cosas parecieron encajar: el Gobierno Rajoy había encontrado su “chorizo comodín” en un episodio que recuerda como dos gotas de agua aquel del Gobierno González deteniendo con premeditación y alevosía, cámaras de televisión mediante, al entonces gobernador del Banco de España, Mariano Rubio, para meterle unas horas en la cárcel a cuenta del escándalo Ibercorp, y poder presumir ante el noble pueblo llano de su irreductible voluntad de luchar contra la corrupción “venga de donde venga”, frase muy al uso en tales aconteceres.   

Hablar hoy de Mario Conde es remontarse a la prehistoria de la Transición y de uno de sus personajes icónicos, sobre el que se ha escrito mucho, casi todo caído hoy en el olvido

Ya se sabe: la casualidad es el plato que cocina algún listo para alimento de tontos. La teoría del espantajo o señuelo, el engañabobos para distraer incautos, es rebatida con denuedo por quienes –caso de Ángela Martialay y Óscar López-Fonseca en este diario- creen que el juez Pedraz no es precisamente un magistrado proclive a oficiar de felpudo del Gobierno Rajoy, y otro tanto se puede decir de la profesionalidad de los agentes de la Guardia Civil adscritos a la UCO. Habrá, pues, que esperar a contar con información suficiente sobre el episodio, hoy escasa, y otorgar a Conde y familia la presunción de inocencia que cualquier ciudadano merece en trance semejante.

Hablar hoy de Mario Conde es remontarse a la prehistoria de la Transición y de uno de sus personajes icónicos, sobre el que se ha escrito mucho, casi todo hoy en el olvido. Nunca fue un banquero, sino un político en estado puro con un ansia infinita de Poder, con mayúscula, dispuesto a servirse de Banesto como palanca para llegar a la cúspide. Su ambición por presidir un Gobierno de concentración en la época más dura de los escándalos del felipismo chocó con las reglas no escritas de un club muy exclusivo, el montado a la muerte de Franco en beneficio de la derecha franquista reconvertida, el socialismo de inspiración alemana, los partidos nacionalistas catalán y vasco, y la persona de Juan Carlos I cual guinda coronando el pastel, un club que, con todas sus vergüenzas a cuestas, no estaba dispuesto a permitir la entrada de intrusos decididos a volver del revés tal statu quo. Lo apartan por eso, porque se pasó de listo desayunando con Felipe y merendando con Guerra, desdeñando que, como escribió el poeta, “lo que en breve sube en alto asiento, suele desfallecer apresurado”. Creyó que su íntima amistad con Juan Carlos I era pasaporte a la aventura capaz de traspasar cualquier frontera. Se olvidó de que el Borbón, llegado el caso, le dejaría en la estacada como corresponde a la estirpe. Dos enemigos irreconciliables como Felipe y Aznar se ponen de acuerdo y activan, vía Banco de España, la penosa situación de un Banesto desatendido, al que la tasa de mora había colocado entre la espada y la pared.

Luego vino la cárcel. Uno siempre imagina que cuando a alguien le ocurre un enganchón como el que llevó a nuestro héroe a la trena, cuando alguien tiene la desgracia de pasar 11 años de su vida a la sombra, ese alguien debe salir aprendido y dispuesto a no volver a las andadas, decidido a ser feliz con la gente que le quiere, los amigos que le soportan, los valores que alienta en su almario y el poco o mucho peculio que le reste. Incluso dispuesto a volver a hacer empresa en discreto silencio, incluso a predicar con el ejemplo de una vida recompuesta en la virtud, siguiendo la escondida senda por donde han ido los pocos sabios que en el mundo han sido. Todo, menos volver a meterse en libros de caballerías, que es lo que hizo el personaje. ¿Por qué? Porque la ciencia médica ha inventado remedios para casi todos los males de este perro mundo o va camino de ello, pero aún no ha descubierto antídoto eficaz capaz de restañar los efectos letales de esa droga llamada ambición de Poder.

El grano y las granzas

Ansia de poder que le llevó a editar revistas, invertir en alguna cadena de televisión y hasta fundar un efímero partido político con la esperanza, tal vez, de ajustar cuentas pendientes con la derecha aznarista de la que siempre abjuró. Durante los últimos años ha resultado un espectáculo sorprendente verle sentar cátedra y perorar sobre la corrupción y los males que atenazan ésta muy deficitaria democracia nuestra, y hacerlo casi siempre con sentido, con más razón que un santo, porque el personaje solía preparar a fondo y con tiento sus intervenciones en El Gato al Agua, y exponer sus tesis con la brillantez en él habitual. Ocurre, sin embargo, que el país está ya muy cansado, casi expoliado, por toda suerte de orates que interesadamente ignoran aquel refrán según el cual una cosa es predicar y otra dar trigo. Y la aventadora de Conde ha venido a dar más granza que grano. El predicador ha resultado ser un vendedor de crecepelo.

Su ansia de poder le llevó a editar revistas, invertir en alguna cadena de televisión y hasta fundar un efímero partido político con la esperanza, tal vez, de ajustar cuentas pendientes con la derecha aznarista de la que siempre abjuró

De modo que volvió la burra al trigo de la ambición de poder y parece –con la presunción de inocencia por delante– que ha vuelto también a su faceta menos honrosa: aquella que le llevó a ser condenado en el caso Banesto. El asesino siempre vuelve al lugar del crimen. Llama de nuevo la atención, volviendo a la teoría del señuelo, que debiendo a la Hacienda pública 9 millones de euros, el personaje se haya dedicado a repatriar, vía ampliaciones de capital en empresas varias, unos millones sobre los que en buena lógica iba a terminar cayendo, tarde o temprano, la Agencia Tributaria, en una operativa que no parece particularmente brillante tratándose de un hombre supuestamente ducho en artimañas financieras, y en la que, además, ha sido capaz de involucrar a sus propios hijos, quizá el asunto que, desde el punto de vista humano, menos explicación tiene de lo conocido. Martialay y López-Fonseca explican hoy aquí, sin embargo, que el trasiego empezó hace bastantes años y fue creciendo en importancia, desde unos modestos 3.000 euros en el año 99 y en la cárcel, conforme fue aumentando su confianza en la impunidad de semejante tráfico.

Conde es hoy una figura amortizada. El tipo extremadamente brillante que fue en su juventud y con el que daba gusto hablar; el icono de una época al que miles de jóvenes españoles quisieron imitar tratando de matricularse en Económicas (ahora prefieren estudiar Políticas para parecerse al gran Coleta Morada; es lo que va de ayer a hoy en esta España desvencijada); el paradigma del éxito en un país en el que parecían haber saltado, hechas añicos, las barreras de cuna y apellido por la fuerza arrolladora del simple talento, hace tiempo devino en un juguete roto susceptible de servir de señuelo al desvergonzado Gobierno de turno necesitado de dar un escarmiento en cabeza ajena. Metáfora triste de la España que pudo haber sido y no fue. El país rico, respetuoso con la Ley y abierto al mundo que amagó con ser, ha quedado retratado en el paisaje olor a tierra quemada que es hoy por culpa de una corrupción que parece no tener fin. Parodiando al gran Pío Baroja, España sigue sin tener suerte con sus élites, reales o supuestas.

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