Análisis

Rajoy o cómo ganar sin hacer nada

Es posible explicar el comportamiento de Mariano Rajoy recurriendo a la “teoría de juegos”, una rama de la economía que ya se utiliza en la ciencia política. La idea es que el jugador, el actor político, decide su estrategia en función de cómo cree que van a funcionar los otros jugadores.

Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias.
Albert Rivera, Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. EFE

España es un país de linchamientos y de futurólogos, como escribía Josep Pla en su imprescindible “Madrid. El advenimiento de la República”. Rajoy es ya un personaje maldito, linchable incluso para muchos que votaron al PP. Todo es culpa suya: la salida socialdemócrata a la crisis, el hundimiento del centro-derecha, el ascenso de Podemos, el lavado de cara de ETA, y la casi inevitable independencia de Cataluña. El día que deje la presidencia del PP será nombrado persona non grata hasta en su propio partido. Y es que vivimos la resurrección del “¡Maura, no!” de 1909, pero sin gracia, sin tiros, y con políticos muy mediocres. En esta circunstancia, el futurólogo español, ese que aposta el codo en un bar, apura la caña y vaticina el porvenir, está haciendo su Agosto. Sin embargo, y a pesar de todo, Rajoy es de los cuatro en liza –me refiero a Pedro Sánchez, Rivera, Pablo Iglesias, y él-, el que lo tiene mejor. Me explico y ustedes me critican.

La aplicación de la “teoría de juegos” es muy útil, dicen sus estudiosos, cuando ninguno de los actores políticos puede triunfar unilateralmente

Echando a un lado el psicoanálisis y el neuromarketing, que siempre dan mucho juego, es posible explicar el comportamiento de Mariano Rajoy recurriendo a la “teoría de juegos”, una rama de la economía que ya se utiliza en la ciencia política. La idea es que el jugador, el actor político, decide su estrategia en función de cómo cree que van a funcionar los otros jugadores. Es decir; las decisiones tácticas se fundamentan en el conocimiento del adversario y en sus movimientos posibles. La aplicación de dicha teoría es muy útil, dicen sus estudiosos, cuando ninguno de los actores políticos puede triunfar unilateralmente. Bien. Esa es la situación en la que nos encontramos: un tablero de juego bloqueado, lo que se llama “equilibrio de Nash”. Empecemos.

Pablo Iglesias es un líder fracasado, algo clave en el populismo, porque no ha sabido crear lealtades suficientes como para mantener unido al partido. La ruptura con los errejonistas debilita la máquina electoral y da el poder y el discurso a los que no quieren pactar con los “socialfascistas” del PSOE, sino engullirlos. El margen de maniobra de Iglesias es muy pequeño: no puede negociar con el PSOE – la “casta” de ayer- y Ciudadanos – la “marca blanca del PP” liderada por “falangito”-. Pero tampoco se atreve a ir a elecciones por varias razones: la división interna, la presumible marcha de las confluencias, la horrible experiencia de su gestión municipal, el mal ejemplo que da el vínculo –no solo financiero- con Venezuela, la caída de imagen de Pablo Iglesias por su abuso del odio calculado, la dificultad para elaborar las listas, y los negros vaticinios de las encuestas.

Rivera es la parte ingenua y adanista del tablero. Vinieron a hacer “la Regeneración” y firmaron con el PSOE un programa político al uso, sin cambios institucionales de entidad, sin diputados suficientes, y han defraudado. Rivera está atrapado entre su discurso del “¡Rajoy, no!”, el rechazo a Iglesias, y la necesidad de contar con el PP o Podemos para triunfar. El equipo de Rivera trató de mantener una actitud “proactiva” –siguiendo la jerga de la teoría de juegos- ofreciéndose a negociar un gobierno, pero decidieron hacerlo con un PSOE maltrecho e insuficiente que bloqueaba el tablero. Su estrategia era presentarse como adalides de la gobernabilidad, pero eso les ha llevado a un callejón sin salida. Los chicos de Rivera idearon su postura sin contar con la desesperación de Sánchez por tocar poder que le ha llevado a hablar con ERC, entre otros, ni con la resistencia de Rajoy, o la caída de Errejón, proclive al acuerdo. Ciudadanos podría desear la repetición de las elecciones porque las encuestas le dan una subida –si es que alguien aún se las cree-, pero para eso habría que romper antes el pacto de gobierno con el PSOE, o mantenerlo e ir juntos a las elecciones. Eso no es fácil de vender, y los adversarios lo saben.

No es que Rajoy esté rodeado de brillantes matemáticos de la ciencia política, sino que era fácil prever que los otros tres no iban a llegar a ningún acuerdo

Pedro Sánchez no parece capaz de combinar su mantenimiento como jefe del PSOE presidiendo un gobierno con Ciudadanos –“César o nada”, porque la sombra de Susana Díaz es alargada-, y sostener al tiempo el poder municipal de Podemos y sus confluencias. Sánchez fue “reactivo” –sigo la jerga- desde el principio: copió el lenguaje y la estética agresiva y populista de Podemos, y aceptó la oferta del Rey a pesar de haber obtenido el peor resultado electoral del PSOE desde 1977. El pacto con Ciudadanos le impide un acuerdo con los nacionalistas y con Podemos, de lo cual se aprovecha Iglesias para ahondar en la podemización de las bases socialistas al culpar a Sánchez de que no haya un gobierno de izquierdas, vinculándolo con la “marca blanca del PP”. Las encuestas no le invitan a querer la repetición de las elecciones, al punto de que ha tenido que retrasar el congreso del partido. PSOE y Ciudadanos estarían ante el “dilema del prisionero”: cualquier movimiento de uno de los dos puede condenar al otro.

Rajoy dijo que no al Rey. Muchos vieron en esto un error; otros vimos un acierto porque privó a la izquierda de cobrarse la cabeza del enemigo en la sesión de investidura. No es que Rajoy esté rodeado de brillantes matemáticos de la ciencia política, sino que era fácil prever conociendo a los adversarios, echando cuentas y mirando calendario, que los otros tres no iban a llegar a ningún acuerdo, sino que se desangrarían en peleas internas y reproches mutuos. El deterioro de los otros ha sido mucho mayor que el suyo. La solución menos mala, dentro del fracaso electoral y la campaña de linchamiento de Rajoy, era esperar el bloqueo del tablero, como ha sucedido, y ofrecerse al PSOE. Solo pueden pasar dos cosas: escuchar la negativa e ir a las elecciones ante el “hartazgo” del Rey, o la aceptación, que sería cobrarse la cabeza de Sánchez. Es decir; que “el linchado” está aún muy vivo.

*Joerge Vilches es profesor en la Facultad de Políticas de la Complutense y autor de varios libros de historia, ciencia política y sociología.

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