Análisis

¿Por qué arde el bosque?: una visión antropológica (I)

        

Incendio forestal declarado el pasado fin de semana en el municipio orensano de A Pobra de Trives.
Incendio forestal declarado el pasado fin de semana en el municipio orensano de A Pobra de Trives. EFE/Brais Lorenzo

Me sorprende lo poco que se escribe sobre los incendios, aparte de la simple noticia, un ciclo que nunca termina, que en verano se acrecienta y a unos pocos nos aterra. Y, ¿por qué arde el bosque? Sobre todo, porque no sabemos qué es el bosque. Un poquito de altas temperaturas, viento, mala suerte…y mucha ignorancia los quema. Por eso muchos vemos la tele y decimos: otro incendio, y qué.

"Care silva", queridos bosques, así comienza Häendel un aria de su preciosa ópera Atalanta; también muchos cuentos tradicionales empezaban "Érase una vez un bosque encantado..." y eso nos enganchaba a su lectura, y nos hacía sus cómplices. En la pasada sociedad rural al monte le debían, entre otras muchas cosas, el calor del invierno, el frescor del verano y el placer de los sentidos. La gente quería al bosque y el bosque no ardía tanto.

Ahora arde un poquito acá, y cualquier día hay otro incendio allá, en verano decenas. Hacemos que nos irritamos pero, fuera de la truculencia de la noticia, no nos importa más. Se ha repetido hasta la saciedad los millones de hectáreas incendiadas, las pérdidas económicas, las ecológicas, el número de muertos, y como si nada. Solamente nos quejamos, sin pensar que el 95% de los incendios son, directa o indirectamente, provocados por el hombre. Se han buscado causas, soluciones, culpables, pero nos tranquilizamos haciendo campañas y echándonos la culpa unos "colectivos" a otros, o "buscando" al pirómano.  Exceptuando unos poquitos fuegos, creo que al monte lo quema la ignorancia. El hombre se ha olvidado de su valor.

Al bosque lo quema la ignorancia por habernos olvidado de su valor

¿Y si probásemos otra terapia? Por ejemplo, la del conocimiento y del amor. Porque ¿fomentamos el aprecio del bosque?, ¿enseñamos a nuestros hijos, así en general, a amar el árbol? El árbol no es querido y en muchos lugares solo se le recuerda por los topónimos. En Castilla, que ya lleva tiempo perdiéndolos, hasta la concentración parcelaria, no siempre beneficiosa, ha acabado con hileras, grupetes e incluso ejemplares aislados que eran un hito en ese hermoso paisaje de escasas y puras líneas. En otros lugares son los encinares que se roturaron para sembrar, los olivos que habrá que levantar porque sobra aceite, y los viñedos sin cuyo cárdeno color nos quedaremos porque sobra vino.

Vengo de perder una batalla en el pueblo de un familiar, situado en la dura y seca meseta. En la puerta de la casa, no hace mucho, habíamos puesto una acacia, creo que la única sombra del pueblo, desde que se murió el olmo de la plaza y le troncharon a un alcalde los chopos de la fuente; y crecía rápida. Después de varios intentos de los vecinos para convencernos de que debíamos cortarla porque: quitaba el aire, la vista, la alegría del sol, no estaba bien formada, levantaba los cimientos y otras sinrazones, el signo de los tiempos ha podido con ella. Al cementar las calles, antes preciosas calles empedradas, nos han hecho "el favor" de cementar el sitio donde estaba el árbol, por lo que se hizo "necesaria" su corta.

Y ¿por qué cuento esto? Porque si seguimos desconociendo, despreciando y maltratando nuestros bosques tendremos mucho perdido. Quiero dedicar el espacio que me resta a lo que debemos hacer los que no podemos hacer nada, o sea los que nos duchamos con el grifo cerrado, o nos crispamos por cada olor a chamusquina. Podemos hacer algo, fácil y baratito: podemos contar, sensibilizar a otros, dar a conocer cada uno lo que sepa, porque al fin y al cabo, casi siempre, la estupidez y la barbarie tienen su base en la incultura y en la falta de formación, por no citar el egoísmo; "pensar globalmente, actuar individualmente", es un principio de difícil aplicación. Por eso, y aunque parezca obvio, quiero llamar la atención sobre los valores del monte: valor productor, protector y social.

El bosque es una gran "despensa" de vida

Aunque sobre todo el bosque es vida, millones de vidas, armonía y belleza, no estaría mal recordar que son muchas las rentas directas que producen los montes: madera (si son arbolados), leñas, resinas, ganadería, caza, plantas aromáticas, medicinales, culinarias, pero también proporcionan bienes intangibles corno son el confort climático, recreo, bienestar, limpieza de contaminaciones, reserva genética y paisaje, ese incomparable paisaje que se percibe con todos los sentidos. No todas se dan siempre, pero sí una que estimo corno la más importante: la producción de agua, hacia la atmósfera y hacia los acuíferos, papel que hay que reconocer a los propietarios.

Como estamos en España, territorio que hemos ido desertizando, la función protectora del monte supera, en general, a la social, incluso a la de producción, ya que cumple un papel singular en la lucha contra la erosión y el control de riesgos. La masa vegetal es capaz de mantener por adherencia gran cantidad de agua y, si no existe, el agua se desliza rápida, arrastrando materiales y puede anegar valles, destrozar cultivos, provocar daños a la comunidad piscícola, a las vías de comunicación, al hombre, y terminar en el mar o, lo que es peor, aterrando los embalses, que sí es verdad que hay alguno al 10% de su capacidad, también lo es que otros, en poco tiempo, ni siquiera tendrán esa cabida útil.

Deberíamos transmitir a los niños y jóvenes los valores del bosque

Para respetar y mantener este espacio -casi el 50% del territorio es forestal- conviene empezar desde pequeños y para eso deberíamos contar a los niños, como antes, cuentos que se desarrollen en bosques de hadas, en ríos cantarines, y alguno menos en naves espaciales o en territorios calcinados por la guerra, con entes todopoderosos que destruyen con solo extender el brazo. Hacerles oír además de "hoy no me puedo levantar, el fin de semana lo pasé fatal", o el "zon zon" del "bacalao", alguna musiquilla que estimule su sensibilidad hacia la Naturaleza. Enseñarles el placer de dibujar un frondoso castaño, un potente roble o un campo de amapolas, además de los consabidos robots, guerreros, etc. Y llevarles a pasear, además de la vista por el ordenador, por el campo, por el paisaje.

Después, de mayorcitos, les haremos ver que si van de excursión, es más satisfactorio llevarse un bocadillo de queso y unas almendras, que una parrillada de chuletas; y menos agresivo y más placentero escuchar, desde el silencio, el cantar del viento o de una cascada, que el bramido de una moto, ladera arriba. ¿Se da cuenta el lector de la cantidad de paisaje desaparecido o transformado o degradado en los últimos tiempos? Y es que el paisaje parece como ese aire que nos rodea, que no nos va a faltar pero, el de calidad, sí.

Hace algunos años, en una de mis visitas veraniegas, escribía a un amigo: "desde este rincón de la húmeda Galicia, donde el dominio del paisaje es tan fuerte, me estremezco ante el olor a chamusquina que con demasiada frecuencia me llega y temo ante el futuro que puede llegar a esta tierra". ¿Y qué puede llegarle? Todo y nada. La presión que ejercemos sobre el medio y el desarrollo precipitado y desordenado hace que el hombre empiece a desconocer su entorno y, así, en montón, somos capaces de perder aquello que más amamos gracias al desprendimiento y espíritu de tolerancia de lo que es de todos. Quemamos, talamos bosques, hacemos la concentración parcelaria, desecamos zonas húmedas, cambiamos cauces, sustituimos especies, esparcimos basuras, industrializamos o urbanizamos áreas notables y tan campantes...

Hoy no podría decir lo mismo, hoy ya le ha llegado todo, a todo el país, en forma de incendios continuados y me estremezco más y me revuelvo de rabia, que no de miedo cuando veo otro humo. Recuerdo que uno de mis olores favoritos hasta hace nada, era aquel de la "roza o anovado" de mi infancia, la quema del monte para transformarlo en tierras de pan, levantando los terrones con sus raíces y utilizando las cenizas para el abono del centeno; los niños asábamos patatas y lagartijas. Era, quizá, la técnica del subdesarrollo, pero nunca pasaba nada.

Ahora es otra cosa, ahora se nos queman todos los bosques. Los quemamos, y los ribazos, los sotos y lo que caiga.

*Teresa Villarino Valdivielso es Dra. Ingeniera de Montes, profesora de la Universidad Politécnica de Madrid y miembro del Comité de Medio Ambiente y Desarrollo Sostenible del Instituto de Ingeniería de España.

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