Análisis

Una cuestión de representación

Artur Mas abraza a Jordi Pujol.
Artur Mas abraza a Jordi Pujol. Efe

La tragicomedia de la investidura de Artur Mas como Presidente de la Generalitat, salvo un improbable giro de ultimísima hora, parece haber llegado a su fin. La pregunta relevante en estos momentos de frustración para el movimiento independentista, de desconcierto en la sociedad catalana y de esperanza para todos los que, dentro y fuera de Cataluña, desean que España no descarrile, es por qué la CUP ha decidido, si bien por una estrecha mayoría, negarle su apoyo al candidato convergente.

La respuesta la ha dado, sin ser consciente de ello, el portavoz de Convergencia cuando ha dicho “no se trata de la persona, es lo que representa”. Efectivamente, los revolucionarios de extrema izquierda que están evitando que Mas repita en la poltrona presidencial han tomado esta drástica opción precisamente por lo que encarna y simboliza este personaje tan mediocre como aferrado desesperadamente al poder.

Artur Mas fue durante muchos años el lugarteniente y heredero de Jordi Pujol, el gobernante más corrupto que ha conocido nuestro país en los últimos treinta y cinco años

Artur Mas fue durante muchos años el lugarteniente y heredero de Jordi Pujol, el gobernante más corrupto que ha conocido nuestro país en los últimos treinta y cinco años y seguramente en el último siglo. La historia de los latrocinios del clan que ha saqueado sistemáticamente Cataluña a lo largo de las dos décadas de la era pujolista es tan asombrosa por el volumen de lo robado y por la desfachatez con la que la dinastía del padrino nacionalista perpetraba sus fechorías que sin duda marcará un hito en la dilatada galería de desaprensivos que jalona la política española desde la Transición.

La figura de Mas y de su agonizante partido es hoy el reflejo genuino de una época oscura trufada de cohechos, prevaricaciones, tráficos de influencias, evasiones fiscales y blanqueos de capitales sin parangón. Por consiguiente, cualquier analista medianamente lúcido podía advertir que la CUP, una formación que, aunque ideológicamente disparatada, hace de la pureza ética de los representantes públicos una de sus principales banderas, jamás allanaría el camino hacia su tercer mandato presidencial de un arquetipo tan destacado de la cleptocracia.

Dos generaciones de mangantes

Hay que reconocerles a los dirigentes de esta fuerza antisistema nacida, como Podemos, al calor de la crisis económica y de la indignación ciudadana ante la corrupción generalizada de nuestras instituciones, que nunca han engañado sobre sus intenciones. Desde el minuto uno tras las elecciones autonómicas del pasado 27 de septiembre declararon que nunca apoyarían a Mas como Presidente y lo han reiterado sin interrupción desde entonces. Sin embargo, sus interlocutores de Junts pel sí y, en particular, el ínclito presidenciable, acostumbrados a la politiquilla carente de convicciones en la que los principios se cambian al viento de la conveniencia, creyeron que al final la CUP cedería mordiendo el anzuelo cebado con algunas concesiones programáticas y la llamada a la gloriosa aventura secesionista. No entendieron en ningún momento que los descamisados de estética punkie y las némesis de desafiante flequillo que tenían delante funcionan con otros parámetros morales en los que la coherencia es un valor de referencia.

De ahí el fracaso del "proceso" en una fase clave de su desarrollo. Convergencia, como en su día Unió Mallorquina en Baleares, está condenada a la desaparición sepultada por su venalidad sin freno. La circunstancia de que sus verdugos hayan sido no los igualmente contaminados PP y PSOE, sino una minoría radical, independentista y descorbatada, deseosa de implantar el colectivismo expropiatorio, da la medida de la miseria en la que se ha hundido la otrora prepotente casa común del catalanismo.  Cuando ya no se representa la épica de la creación de una nueva nación, sino la podredumbre de unas elites depredadoras de manos tan largas como corta su decencia, no hay discurso heroico que valga. La CUP ha sentenciado a la muerte política a dos generaciones de mangantes y, dicho sea desde sus antípodas ideológicas, ha actuado correctamente y ha hecho justicia.

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