Análisis

El poder de elegir a los representantes

El sistema británico no es el sistema español, aunque ambos países tienen monarquías parlamentarias. Los pormenores de cada opción hacen que cada uno funcione de una manera muy distinta, que cada uno sirva a los ciudadanos de una manera distinta, y que cada uno rinda cuentas, o no, de una manera muy distinta.

  • David Cameron en un acto de su última campaña electoral
    David Cameron en un acto de su última campaña electoral Europa Press
  • Colas en un colegio electoral con motivo de las autonómicas de Cataluña del pasado 27 de septiembre
    Colas en un colegio electoral con motivo de las autonómicas de Cataluña del pasado 27 de septiembre Flickr: calafellvalo

En España desde el 27 de octubre y hasta el 13 de enero, estamos sin Congreso ni Senado. Este año en Reino Unido, el parlamento se disolvió el día 30 de marzo, las elecciones fueron el jueves 7 de mayo, y se convocó a los nuevos parlamentarios el día 18 de ese mes para elegir a un presidente de la cámara y para jurar los nuevos diputados sus actas. Mientras, no hubo ni parlamento ni diputados, ni presidente de la cámara (es diputado), ni comisión permanente. El Gobierno seguía con su trabajo. Cada diputado tuvo que pedir a los votantes de su circunscripción (hay 650) que le eligieran o, si ya había sido diputado, que le volvieran a elegir, independientemente de los años que llevara de parlamentario. Aquí con las listas cerradas, ya hay decenas de diputados que tienen sus escaños asegurados de cara a enero, no obstante algún descalabro mayor el domingo a nivel de todo el partido.

En Reino Unido, los diputados nuevos, electos todos mediante el sistema “First Past the Post” rendirán cuentas ante sus votantes de manera directa

En mayo se vio a David Cameron pasar por Palacio y volver a Downing Street a las pocas horas de saberse el resultado de las elecciones, sin debate de investidura ni votación inicial de por medio. Al primer ministro lo nombra la reina en cuanto se sabe que pueda disponer de la confianza de la cámara, habitualmente porque su partido tiene la mayoría. En 2015, se vio como tres líderes de partidos perdedores—Miliband, Clegg y Farage—dimitieron incluso antes de acercarse Cameron a Buckingham Palace. Los diputados nuevos, electos todos mediante el sistema “First Past the Post” (uninominal, que no con la Ley d'Hondt como en España), rendirán cuentas ante sus votantes de manera directa, no obstante su pertenencia a un partido u otro, y podrán expresar sus opiniones más o menos libremente dentro de la cámara, con un sistema más flexible de disciplina parlamentaria que el que existe en España, donde las únicas veces en las que se produce un voto díscolo son cuando a algún parlamentario poco avispado —distraído por el Candy Crush o los gin tonics del bar del Congreso— se le va el dedo y aprieta el botón equivocado.

Allí existe el sistema del látigo —que sí, tiene sus raíces históricas en un látigo de verdad— y la medida disciplinaria más feroz con la que cuentan los partidos es el látigo a tres líneas, que viene a decir "vota con su partido, o ya no será su partido y podrá sentarse en aquel otro banquillo". En la reciente votación sobre la participación británica al lado de los franceses en Siria, el líder laborista Jeremy Corbyn optó —tras días de intensa indecisión política— por permitir a sus diputados votar libremente, a conciencia, sin disciplina de partido alguna, y pudimos ver aquel día un magnífico ejemplo del parlamentarismo británico, con sus señorías expresando opiniones consideradas y bien formuladas sobre un tema de máxima importancia nacional e internacional, sin partidismo barato ni pensamientos borregos. El discurso cumbre fue el último del bando laborista. Hilary Benn —el portavoz de Exteriores nada menos— se puso de pie delante de las narices de Corbyn para argumentar la posición contraria a la que defendía su líder, y para pedir el voto para la opción preferida por Cameron. Impensable en España.

Uno puede estar más o menos de acuerdo con el resultado de la votación, y la moralidad de bombardear o no al Estado Islámico, pero por lo menos los representantes electos del pueblo debatieron el tema con seriedad. Se llegó a una conclusión colectiva, y con cierta velocidad. Los primeros cazabombarderos despegaron de la base aérea británica en Chipre a las pocas horas del resultado.

Cambiar el sistema electoral en España podría tener efectos potentes sobre el funcionamiento del todo

El sistema británico no es el sistema español, aunque ambos países tienen monarquías parlamentarias. Los pormenores de cada opción —que a veces parecen obscuras formalidades— hacen que cada uno funcione de una manera muy distinta, que cada uno sirva a los ciudadanos de una manera distinta, y que cada uno rinda cuentas, o no, ante los votantes de una manera muy distinta. A nivel sistémico, son opciones más o menos rígidas que permiten a cada país adaptarse mejor o peor, antes o después, a los cambios históricos que surgen con el paso de las décadas.

Cambiar el sistema electoral en España podría tener efectos potentes sobre el funcionamiento del todo, pero ninguno de los cuatro partidos principales propone nada parecido al sistema británico, que tantos siglos ha servido, aunque sea de manera imperfecta. El PP, espantado por las coaliciones municipales tras el 24M, haría tal vez algo para dar más poder a la lista (cerrada) más votada, pero desde el verano no han vuelto a mencionar el tema. El PSOE habla de desbloquear las listas y ofrecer algo más de proporcionalidad. Ciudadanos quiere mezclar todo y dar a los votantes dos votos, para listas desbloqueadas y escaños unipersonales a la vez. Podemos quiere circunscripciones autonómicas en vez de provinciales y "fórmulas de la media mayor" para repartir los escaños. Habría que ver lo que quiere decir cada partido realmente, pero llegado el caso y queriendo llevar a cabo la consecuente reforma constitucional —no un asunto menor— se prevén largas discusiones interesadas para intentar repartirse el pastel de una manera u otra.

Yo no lo veo tan complicado. Dejen el poder de elegir a los representantes en los electores, sin complicarles la vida, y que sus señorías debatan más, piensen más por su cuenta, y voten más a menudo.



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