Análisis

El primer presidente del Gobierno que no repite mandato

         

Recuento en las elecciones del 20D.
Recuento en las elecciones del 20D. EFE

“Metes en una máquina todas las combinaciones susceptibles de salir de las urnas, y no te aparece ninguna tan perversa como la surgida el 20D; situación inmanejable la de España”, asegura un ejecutivo español que trabaja en Wall Street. Salvo milagro de gran pacto político a tres bandas, lo que supondría asumir el prodigio previo de un cambio radical de piel en nuestra clase política, caminamos hacia unas nuevas elecciones generales que vendrían a ser una especie de segunda vuelta de las celebradas el pasado 20 de diciembre. Toda la presión sobre el PSOE, ahora mismo la piedra angular sobre la que descansa el frágil equilibrio de un sistema que, agotada la etapa histórica de la Transición, parece incapaz de regenerarse abriendo un nuevo ciclo político, reforma constitucional mediante, capaz de asegurar la convivencia entre españoles para los próximos 30 o 40 años. Partidos apolillados y desprestigiados por la corrupción; clase política intelectual y moralmente empobrecida, y líderes achicharrados más que quemados (Rajoy, Mas, Sánchez), cuyos intereses personales divergen radicalmente de los del país. Ahí están, a mi entender, los problemas de fondo.

Para la vieja oligarquía del PSOE (González, Bonoet al), Pedro Sánchez es una especie de zombi, un muerto viviente que se resiste a aceptar su suerte. Resulta sorprendente comprobar cómo un hombre sin contrastar, tan pobremente pertrechado de otra virtud que no sea su radical ansia de poder, ha podido llegar a dirigir un partido centenario como el socialista. Majestuosa su “¡hemos hecho historia!” de la noche electoral cuando, tras haber perdido uno de cada cuatro de los votos que en su día apoyaron a un devaluado Rubalcaba, todos le sabíamos ya asfixiado por el dogal de los 90 diputados. Moderno aventurero de sonrisa impostada, el hombre se revuelve enarbolando su bautismo en el Jordán de las primarias. Por el mismo río había pasado Tomás Gómez, a quien él ejecutó un día al amanecer y sin previo aviso argumentando que era un pésimo candidato desde el punto de vista electoral, una tesis que ahora rechaza para sí cuando los barones del partido pretenden aplicarle la misma medicina tras lo ocurrido el 20D.

Ni la más leve disculpa ha salido de la boca de Rajoy, alguien que ha perdido 63 diputados

En no menos escandaloso fuera de juego se halla Mariano Rajoy, para quien vale lo dicho aquí el pasado miércoles. Ni la más leve disculpa ha salido de boca de alguien que ha perdido 63 diputados y más de 3,6 millones de votos en el envite. Cuentan que durante la nochevieja Mariano se manifestaba angustiado por una cosa: ser el primer presidente de Gobierno que no repite mandato, que se va a la calle tras la primera legislatura. Tales son sus miedos. De modo que ahora quiere ganar tiempo, ahogar cualquier crítica interna y encofrar su condición de candidato indiscutido para la segunda vuelta de abril o de mayo, para lo cual resulta imprescindible servirse del lenguaje cínico del “aquí no ha pasado nada”. Estamos en la raíz de la desafección de tantos ciudadanos hacia los partidos del turno: su incapacidad para respetar la inteligencia del español medio, a quien consideran dispuesto a tragarse cualquier sapo que se le sirva por repugnante que sea. Alguien lo planteó un día ante la ejecutiva del PSOE: “O cambiamos nosotros o la gente cambiará de partido”. Ya está haciendo. Es el lenguaje hipócrita de un Rajoy capaz de vender en clave triunfalista sus resultados electorales, sin la menor referencia al correctivo sufrido. Es el lenguaje utilizado estos días por los barones del PSOE cuando intentan encubrir en una discusión supuestamente congresual lo que no es más que el deseo indisimulado de mandar a la calle a Sánchez. Todos confunden la edad mental del votante. Todos le toman por tonto.

Y el votante emigra. A Ciudadanos, por un lado; a Podemos, por otro, y nada impide que puedan optar por soluciones aún más radicales en el futuro. Vivimos tiempos revueltos, con las teorías de la ciencia política sometidas a revisión. “El viejo siglo no ha acabado bien”, escribió Hobsbawm, y el XXI no parece haber empezado mejor, lastrado por la dureza de una crisis que ha sumido en el descrédito las ideas de una democracia incapaz no ya de erradicar el mal y la injusticia, sino de asegurar un cierto nivel de bienestar material para amplias capas de población. Es la distancia que separa el “deber ser”, el modelo de “democracia prescriptiva” descrito por Sartori, de la dura realidad del “ser”. El liberalismo se bate en retirada, y con él el sentido de la responsabilidad individual que cada humano adquiere a través de sus actos. Es la exaltación de los “ismos”. El nacionalismo, el colectivismo, el comunismo. El grupo frente al individuo. La libertad sometida al principio de igualdad. La apelación vertiginosa al gran padre Estado como responsable del bienestar individual y, por descontado, colectivo. El gasto, la urgencia del gasto público. El discurso colectivista inunda los corazones de millones de personas perplejas ante una crisis que no entienden. Es el desconcierto que late en el discurso de un PP que no comprende cómo tantos españoles ignoran “su” recuperación, pasan de ese casi insólito 3,2% de crecimiento del PIB apenas dos años después de hallarnos en el hoyo de la crisis.

Un PSOE sin margen de maniobra alguno

Ni PP ni PSOE hicieron nunca caso de quienes avisaban de que si el sistema no era capaz de reinventarse, de regenerarse desde dentro, alguien vendría de fuera para hacerlo de grado o por fuerza. Podemos ha venido para quedarse, y esa segunda vuelta electoral que se anuncia como inevitable en primavera solo contribuirá a hacer más evidente su presencia, a menos que se produzca una reacción de los partidos del turno que no se adivina. Particularmente dramática parece la situación de un PSOE sin margen de maniobra alguno: no puede facilitar la investidura de Rajoy porque el castigo electoral que recibiría podría significar su definitiva desaparición al estilo Pasok. Y no puede pactar con un Podemos dispuesto a explorar la ruptura de España como quien prueba la temperatura del mar en la playa casi por idéntica razón. No parece haber solución, pues, para un PSOE que con cierto aire de fatalismo nihilista se encamina hacia el patíbulo de esas nuevas generales.

Acudir de nuevo a las urnas con Rajoy como cabeza de cartel parece el pasaporte más seguro al fracaso

Y tampoco la hay para un PP cuya única estrategia consiste en trasladar al PSOE la responsabilidad de esa nueva consulta, a la que trataría de presentarse como el único garante de la estabilidad y el orden. Acudir de nuevo a las urnas con Rajoy como cabeza de cartel parece el pasaporte más seguro al fracaso, por muchas que sean las expectativas puestas en el regreso a la “casa del padre” de una parte de los 3,5 millones de votantes que en diciembre apostaron por C’s. Pero, ¿qué motivación nueva para votar a Rajoy podrían hallar esos españoles de centro derecha que hace tiempo abandonaron el PP cansados de su inmovilismo, decididos a apostar de una vez por la regeneración de la democracia española? Si esas son las bazas secretas que maneja Moncloa para salir airosa de un nuevo trance en las urnas, bien pudiera ser que los 123 diputados del 20D quedaran reducidos a 110. La nueva consulta simula contar de antemano con un claro ganador en Pablo Iglesias y su Podemos, que fagocitando los 800.000 votos logrados el mes pasado por IU podría sobrepasar cómodamente los 6 millones de votos, relegando al PSOE a tercera fuerza política española.

Para el ciudadano de a pie ajeno a las zancadillas de la alta política habría, sin embargo, una solución tan sencilla como sobrada de lógica si de evitar el trauma de esas nuevas elecciones se trata: consistiría en el ya mentado pacto a tres entre PP, PSOE y C’s, un acuerdo a dos años vista centrado en la materialización de una serie de reformas constitucionales básicas, con nueva convocatoria electoral al final del proceso y sin que ninguno de los firmantes pudiera arrogarse ventaja sobre el resto. “Eso no es posible”, sostiene una fuente socialista, “porque pondría al PSOE en situaciones tan complicadas como, por ejemplo, los juicios por los casos de corrupción del PP que están al caer, lo cual sería letal para él, sobre todo con un adversario tan voraz como Podemos pisándole los talones. Los pactos entre partidos son una muestra de salud y fortaleza democrática, pero en partidos tan enfermos como PP y PSOE son casi imposibles”. Esa es la cuestión. Falta talento y generosidad en la política española. Sobra sectarismo. Desde su atalaya, cada partido contempla al adversario como un enemigo a batir, de modo que no hay posibilidad de acuerdo o pacto alguno en materias de interés general. En ese atolladero nos hallamos.

El pacto a tres y los “poderes fácticos”

La situación parece tan complicada y, sobre todo, hay tan pocas expectativas de que unas nuevas elecciones vayan a lograr desbloquear el punto muerto actual –sin que quepa descartar incluso que lo empeoren- que no hay que perder la esperanza de que ese gran acuerdo logre enhebrarse en las próximas semanas con la ayuda de los mal llamados “poderes fácticos”, esa elitista sociedad civil formada por grandes empresarios y barones del régimen. La explosiva situación de Cataluña –máxima expresión de la crisis política española- hace más perentorio que nunca ese pacto. El cambio ya está aquí. Se llama Ciudadanos. Y se llama, sobre todo, Podemos, y los casi 5,2 millones de votos que lo avalan y que amagan con seguir creciendo. Está por ver en qué queda, cómo cristaliza, qué dirección toma ese cambio: si se concreta en soluciones colectivistas generadoras al final de pobreza y servidumbre so capa de igualdad, o se encamina hacia la sociedad abierta y plural, creadora de riqueza en libertad, que alienta este diario desde su creación. Que adopte este segundo camino depende de la capacidad del sistema, incluso en las peores circunstancias, para regenerarse desde dentro con un cambio no meramente cosmético. Para inyectar algo de utopía al desencanto. Todavía no es demasiado tarde. Parodiando a Pérez Galdós, no será necesario esperar otros 100 años para que “nazcan dirigentes más sabios y menos chorizos de los que tenemos actualmente…” Se trata, se ha tratado siempre, de lo mismo: de mejorar radicalmente la calidad de la democracia surgida tras la muerte de Franco. Feliz año 2016 a todos los lectores de Vozpópuli.

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