Análisis

¿Quién teme ir a nuevas elecciones?

             

Urna electoral.
Urna electoral. EFE

¿Quién teme la convocatoria de nuevas generales? La España que durante cuarenta años no conoció más cauce de expresión de la voluntad popular que la famosa triada de “familia, municipio y sindicato”, la cantinela que repetían con garbo los locutores del No-Do, la España que por tal motivo debería hoy sentirse feliz cada vez que tiene oportunidad de ejercer su derecho al voto, ahora parece asustada ante la posibilidad, cada día más real, de ser llamada de nuevo a las urnas para recomponer el estropicio del 20 de diciembre pasado. Una corriente subliminal –transversal, que dirían los modernos-, se manifiesta día tras día, con más o menos empaque, contraria a elecciones. Hay como una resistencia, un recelo a testar de nuevo la opinión del pueblo llano tras el espectáculo de estos casi cien días de idas y venidas sin sentido, una apelación en los medios a realizar todos los esfuerzos posibles, todas las cabriolas imaginables, para evitar lo que parece un trance detestable. Y todo, cuando una nueva consulta parece el único medio conocido razonable para disipar el punto muerto en que se halla la política española.

Tres meses y pico después de celebradas las últimas generales y a la espera del encuentro de esta semana entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, España se asoma al peor de los escenarios posibles: el de un Gobierno de coalición entre el PSOE y un partido que cuestiona las bases del modelo constitucional del 78, liderado por un personaje más bien preocupante contemplado desde la tribuna del Congreso, con el añadido de una ensalada de siglas que incluye desde el nacionalismo de derechas enemigo declarado de la unidad de España hasta una extrema izquierda anticapitalista. Alguien podrá argumentar con razón que ese escenario es inimaginable en el marco de una UE que impone a los Gobiernos del club el cumplimiento de unas normas muy estrictas, pero la pura verdad es que España está hoy más cerca de esa fórmula enloquecida que pretende Sánchez que de un Ejecutivo de centro derecha o centro izquierda al uso en la Unión.

España se asoma al peor de los escenarios posibles: el de un Gobierno de coalición entre el PSOE y un partido que cuestiona las bases del modelo constitucional del 78

Es evidente que un Gobierno de ese tipo nacería con el gen de una inestabilidad galopante, pero, breve o duradero, el daño para la estabilidad de las instituciones sería grande, por no hablar de la Economía, donde los destrozos, como se demostró en la Grecia del primer Gobierno Syriza, podrían resultar notables. El crecimiento español, casi un milagro tras la dureza de la crisis pasada, sigue cogido con los alfileres de un entorno internacional francamente adverso y de las propias carencias internas de unas reformas que, en el mejor de los casos, se han quedado a medio camino. Ningún argumento en contra, sin embargo, cuenta con peso suficiente para disuadir de sus intenciones a un Sánchez decidido a dormir al menos una noche en La Moncloa al precio que sea y en la compañía menos aconsejable. El socialista, en efecto, parece decidido a intentarlo como sea y a un precio que la sociedad española no debería estar dispuesta a pagar en ningún caso. Frente al alarmismo de tanto columnista de salón que arremete contra una clase política “incapaz de armar un acuerdo para construir una mayoría estable”, hay que decir sin ambages que no vale cualquier mayoría y que es mil veces preferible ir a nuevas elecciones antes que someter al país a la ruleta rusa de un Gobierno Sánchez-Iglesias.

Nuevas elecciones… ¿Para qué? En primer lugar, para dar a los españoles la oportunidad de rectificar la decisión tomada el 20D, la posibilidad de enmendar el error –si así lo creyeran- de entonces, y proceder en consecuencia. Una de esas verdades oficiales impostadas nacidas tras el 20D es que los españoles votaron “cambio”. La pura verdad es que si ese deseo de cambio existió, no terminó por materializarse en una dirección concreta, puesto que nada tiene que ver el “cambio” que propugna Rivera con el que propone Sánchez y mucho menos con el que postula Iglesias. ¿De qué tipo de cambio estamos hablando? Las elecciones de junio darían a los votantes la oportunidad de concretar ese deseo y materializarlo sin lugar a dudas.

Un pacto dentro del bloque constitucional

En último caso y si, como opina tanto arúspice como existe en este rastrojo, los resultados del 26J fueran un calco de los del 20D, entonces estaría claro que los españoles apuestan por un pacto dentro del bloque constitucional que obligaría a PP y PSOE, con el añadido de Ciudadanos, a ponerse de acuerdo en un Gobierno de coalición, que nunca podría estar presidido por Mariano Rajoy en caso de victoria del PP, encargado de acometer las reformas que reclama una mayoría de españoles. En el fondo, sería el mismo tipo de acuerdo que está sobre la mesa desde el 20 de Diciembre y que el empecinamiento tanto de Sánchez como de Rajoy -los odios personales que ambos se profesan- está haciendo imposible, pero que gente como Pérez Rubalcaba considera inevitable si el PP volviera en junio a ser el partido más votado, en cuyo caso al PSOE no le quedaría más remedio que pactar con la derecha las condiciones de una gran coalición.

Nadie sabe el precio que los votantes de Rivera le pueden hacer pagar por su alineamiento con el PSOE

Decir a estas alturas que los intereses personales de los grandes capos de la política española priman sobre los generales es decir poco o nada, porque esa es una evidencia avasalladora desde hace semanas. Sus intereses y sus fantasmas, tal que el pánico a ser señalados como culpables de esta nueva segunda ronda que cada día se presenta como más necesaria para evitar males mayores. Es también el miedo a lo desconocido. Nadie sabe el precio que los votantes de Rivera le pueden hacer pagar por su alineamiento con el PSOE; nadie conoce la factura que el votante de derechas le va a pasar a Mariano por esa corrupción que parece no tener fin en Valencia y en Madrid; ni el propio Sánchez sabe siquiera si, con un Congreso de por medio, seguirá siendo el candidato del PSOE a esas nuevas generales. Es el miedo a lo desconocido de los líderes lo que apuntala la resistencia a celebrar nuevas generales.

La paradoja se llama Pablo Iglesias. Si tras el 20D, el de Podemos se hallaba en una envidiable posición de fuerza, en tanto en cuanto podía optar por ir a nuevas generales o por negociar la entrada en un Gobierno de coalición con Sánchez, su posición se ha deteriorado de forma dramática en las últimas semanas, al mismo ritmo que ha ido creciendo la crisis interna en el partido. Con Errejón amagando en secreto con fundar grupo propio, y con Mareas y Compromisos, por no hablar de Colaus, cada día más celosos de su independencia, Iglesias es hoy el candidato al que peor puede sentar la nueva convocatoria electoral. ¿Significa ello que va a estar dispuesto a entregarse de pies y manos a los designios de Sánchez? Nada más lejos de la realidad: tras haber humillado a Errejón y a los partidarios de apoyar la investidura, el de la coleta se ha quedado sin margen para entregar las llaves de Podemos al líder socialista y aceptar lo que éste tenga a bien ofrecerle.

La ratonera del bello Sánchez

El encuentro entre ambos de esta semana se anuncia, pues, como una nueva pantomima. Iglesias no tiene margen y Sánchez tampoco. Éste no puede hacer tabla rasa del pacto con C’s después de haberlo solemnizado casi hasta lo absurdo, porque su crédito como tipo fiable quedaría entonces muy dañado de cara a una nueva consulta. En realidad, el de Ferraz parece haberse metido él solito en algo parecido a una ratonera: el pacto con Rivera es insuficiente para gobernar y además le cierra la puerta a cualquier acuerdo con Podemos. Peor aún, la cercanía a C’s veta al PSOE la posibilidad de crecer electoralmente por el centro. Genial lo del bello Sánchez: quería ser presidente a cualquier precio, cuando la única posibilidad real que tenía de serlo consistía en haber mantenido la boca cerrada. No queda otra salida que ir a nuevas elecciones. Solo los enemigos de la libertad pueden tener miedo a las urnas. Es lo que conviene a España y a los españoles, para acabar de una vez con la hojarasca enervante de tanta frase vacía de contenido cuando no simplemente estúpida. Y una premonición: para finales de junio habrán pasado 6 meses, mucho tiempo, y habremos visto tantas cosas, habremos oído tantos disparates, se habrá retratado tanta gente, que me atrevo a vaticinar que los resultados del 26J se parecerán a los del 20D como un huevo a una castaña.

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