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Jose Alejandro Vara

Yak-42

Demasiado pronto para las lágrimas: La segunda resurrección de Cospedal

Primero fue Bárcenas. Ahora, el Yak. Dos endiablados episodios con tufo de 'fuego amigo' a los que ha debido hacer frente Dolores Cospedal. Sigue viva. 

¿Querían sepultar a Trillo o a Cospedal?. Si lo primero, lo consiguieron. Quien fuera ministro de Defensa durante la tragedia del Yak 42 ya no ocupará la presidencia del Consejo de Estado sino que se ha convertido en un apestado de la política, incluso para la mayoría de su partido. Si lo segundo, el tiro les salió por la culata. La ministra de Defensa se encontró, a los dos meses de aterrizar en su despacho, con la estruendosa resurrección mediática de un episodio terrible. En vísperas del Congreso del PP y en pleno debate de la compatibilidad de los cargos, el Yak emergía desde las tinieblas del pasado. Y del olvido. O ministra o secretaria general, clamaban en la oscuridad algunos barones, dirigentes, militantes y Santamaría, su directa rival. Asuntos como éste evidencian que ambas responsabilidades son incompatibles, añadían.

No era tan difícil. Cambio total de criterio.  Cospedal recibió a las víctimas y pidió perdón, “en nombre del Estado”, por no haber reconocido con anterioridad esta responsabilidad. “Lo hago de corazón. No es la soberbia uno de mis defectos”. Primera andanada a Trillo, a quien no citó a lo largo de su comparecencia. Y a todos sus predecesores en esa cartera. “Tenemos la obligación moral de honrar la memoria de las víctimas. Las víctimas lo merecen. Las familias lo necesitan. La sociedad nos lo pide”. Y lo ha hecho.

Ninguno de los cinco ministros que desfilaron por ese departamento consideró necesario pedir perdón a las víctimas. Les faltó sensibilidad, “empatía” se dice ahora. Ni de un color ni de otro. Tiempo han tenido. El portavoz del Gobierno, Íñigo Méndez de Vigo, había explicado este viernes, en Moncloa, que el perdón es ‘un asunto personal’. No es la titular de Defensa de la misma opinión. Cospedal, en tres semanas, ha puesto en evidencia a Rajoy, quien en primera instancia se refirió a un ‘asunto muy antiguo que ya fue sustanciado en los tribunales”, a más de un ministro y a altos portavoces del PP. Dio un paso al frente, no se encogió de hombros, no se ocultó, no se excusó en responsabilidades ajenas.

Ocultos bajo los sillones

Una vez más, dio la cara. Como con Bárcenas. Con mejor o peor fortuna, como la ‘indemnización en diferido’. Los responsables del estropicio se escondían en Génova bajo los sillones. Cospedal fulminó al tesorero, le llevó a los tribunales, le ganó dos juicios y ahora está ante un juez de la Audiencia Nacional. Dio la cara por Rajoy, compareció a empujones en una rueda de prensa sin preparar, le pusieron a los pies de los caballos, navajeo traidor, fuego amigo. Salió tocada pero viva.

Ha tenido ahora que lidiar otro miura que no le correspondía. “Me enteré del dictamen del Consejo de Estado por la prensa”. ¿Cómo? El órgano consultivo lo había entregado a Defensa un mes antes del nombramiento de Cospedal. La ministra se enteró hace tres semanas. Nadie le dijo nada. Nadie le advirtió. Otro dardo envenenado, otro sapo tóxico que ha tenido que tragarse sin pestañear. Había que blindar a Rajoy del pesado fardo de la herencia de Aznar. Bárcenas, el Yak, escándalos pretéritos que Cospedal tuvo que atajar. Como ‘número dos’ del partido, el primero, y como titular de Defensa, el segundo. Blindó a Rajoy del escándalo Gürtel. Ahora ha hecho lo propio con el Yak, aunque en este asunto falta aún por escribir la última página. Los familiares tienen la palabra.

Cospedal ha hecho cuanto estaba en su mano. Lo ha hecho bien. Sus amigos podían estar llorando hoy sobre su tumba política. No es así. “Cospedal ha hecho un trabajo extraordinario en unas circunstancias que han sido de todo menos fáciles”, declaraba este domingo Rajoy. “La noticia de mi muerte es prematura”, podía parafrasear a Borges al leer su obituario en un periódico. Este martes le toca a Santamaría salir airosa de una cumbre de presidentes que llega con un tufo de fracaso. El pulso continúa.


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