Análisis

Y mientras tanto… ¿qué ocurre en Cataluña?

                      

Oriol Junqueras y Carles Puigdemont.
Oriol Junqueras y Carles Puigdemont. EFE

Mientras el Congreso se divierte en Madrid, en Barcelona las termitas del secesionismo siguen en su lenta labor de zapa dispuestas a dinamitar la unidad de España. En la tarde del miércoles, Junts pel Si (JxS) y la CUP iniciaron los trámites en el Parlamento catalán para elaborar las tres leyes básicas, conocidas como “leyes de desconexión”, con las que piensan hacer efectivo su plan de ruptura con el Estado: de Transitoriedad Jurídica, de Hacienda Pública y de Seguridad Social. Todo tal como estaba previsto en la declaración independentista del 9N, después suspendida por el Tribunal Constitucional (TC). Para tratar de sortear la impugnación, la pareja de baile JxS-CUP ha cambiado la denominación de los tres proyectos de ley, que ahora se llaman de "protección social catalana", de "régimen jurídico catalán" y de “administración tributaria catalana". Una pillería muy propia de Puigdemont, que el chico no tiene carrera pero tampoco un pelo de tonto, a pesar de la frondosa cabellera que luce con desenfado.

 “En Cataluña sólo los fieles a la causa, la mayoría de ellos en nómina, siguen con fervor los pasos del Parlament, bien ayudados por TV3 y CatRàdio”, asegura un empresario no particularmente españolista. “El resto, o sea la gran mayoría de los catalanes, cada día pasa más. Lo de la desconexión no se lo cree nadie, ni dentro ni fuera: no es más que una treta para seguir con la misma murga durante algún tiempo más. La gente está cansada y pronto aparecerán los síntomas del hartazgo. Un deseo -natural o prefabricado- mantenido con tensión máxima durante demasiado tiempo no sólo produce desánimo y frustración, sino que acaba volviéndose en contra de quien lo ha creado”. Como en Madrid, también en Barcelona están pasando cosas. Por aparatosa que pueda sonar la iniciativa del miércoles, son muchos los que piensan que los socios de JxS –Convergencia y Esquerra- han echado el freno de mano, secretamente convencidos de que con el 47% del censo electoral (y menos de un tercio de la población catalana), no pueden pretender otra cosa que hacer el ridículo en esas instancias internacionales a las que pretende pastorear el Margallo del independentismo, el pintoresco Romeva.

El bloque secesionista ha asumido, en fondo y forma, la derrota sufrida el 27S

Lo cual supone, en fondo y forma, la asunción de la derrota sufrida el 27S por el bloque secesionista. Hay, pues, que levantar el pie del acelerador para tratar de incorporar nuevos compañeros de viaje a la aventura. Lo dicen los intelectuales orgánicos del prusés, todos en nómina: “Tenemos que ampliar la base social del independentismo, y para ello hay que reducir velocidad”. Por muy doloroso que ello sea, porque la situación de desgobierno que a nivel del Estado sufre el país podría ser ocasión pintiparada para lanzarnos por el desfiladero de la ruptura definitiva. Picodemonte está en esa línea. Tras su aparatoso discurso de investidura, el nuevo President se ha movido en la ambigüedad hasta haber llegado a descartar una declaración unilateral de independencia. Han comprendido que hacerlo por la brava sólo les conducía al aislamiento dentro de la propia Cataluña. Se vio de manera clara en aquella ocasión, cuando las intervenciones de los portavoces del PPC, PSC, Ciudadanos, Catalunya Sí que es Pot (Cataluña Sí se Puede), e incluso la CUP en ocasiones, pusieron en evidencia la soledad de la pareja Mas-Junqueras, lo que venía a representar la soledad del prusés frente a la mayoría social.

Es preciso, pues, encontrar nuevos animadores para la charanga secesionista. Hay que lograr agrupar bajo el paraguas del independentismo al 51% del censo electoral. El camino elegido es la apertura de un “procés constituent” (el Parlament aprobó días atrás la correspondiente comisión de estudio) que debe desembocar en la elaboración de una Constitución de la República Catalana, senda en la que JxS podría enlazar de nuevo con los podemitas de Sí se Puede e incluso con el PSC, ampliando la base social “moderada” del independentismo y sacudiéndose la oprobiosa dependencia de la CUP. Un debate que se pretende abrir a toda la sociedad, pero que, en el fondo, ya está cocinado y salpimentado por los de siempre: ANC, Òmnium Cultural y demás satélites del prusés. Son tan previsibles, tan cansinos, que no hay a estas alturas el menor resquicio para la sorpresa en las filas nacionalistas.

La Convención que acabó en Robespierre

Este viernes, en La Vanguardia (LV), un simpatizante de la cosa lo expresaba de esta guisa: “El próximo 5 de marzo se pondrá de largo la Convención Constituyente Ciudadana Catalana, el ágora donde independentistas o no independentistas podrán definir, debatir, expresar y negociar el país que proponen. Será la primera fase de un proceso constituyente catalán. Las otras las determinarán los trabajos del Parlament y el referéndum que avale la constitución resultante”. El periodista se explaya arrobado en el simbolismo del invento: “La decisión de nombrar convención a este debate proviene del concepto académico propio de la tradición política anglosajona con un importante peso simbólico y con una lectura actual que lleva una contundente carga de fondo. La convención era un gran cónclave de diputados que se reunían sin permiso del rey. Toda una declaración de intenciones”. Tal vez no estaría de más recordar que, en la Francia de finales del XVIII, la Convención terminó en el Comité de Salud Pública, a cuyo frente se situó Robespierre y su guillotina.

Con este nuevo embeleco, los independentistas confían en que “el proceso constituyente devenga en banderín de enganche de aquellos ciudadanos todavía refractarios a la independencia”. Lo dicho: ampliar la base social del independentismo, echando el freno, recuperando el resuello y dando tiempo a Artur Mas, el poder en la sombra, gran responsable de la tensión vivida estos años, para reconstruir la Convergencia consumida por la corrupción. Lo decía este sábado, cómo no, La Vanguardia: “El expresidente catalán creará una plataforma ciudadana para impulsar un `nuevo movimiento´ de centro político catalán con miembros del partido y de la sociedad civil, con el objetivo de que el independentismo supere el 50% de las adhesiones”. Blanco y en botella. De modo que ahora ya no se cortan a la hora de reconocer la derrota del 27S, que es tanto como decir el engaño, la mentira colectiva sobre la que se asienta ese Movimiento Nacional Independentista más conocido como prusés.

Los

podemitas catalanes no creen en la "estrategia de la desconexión unilateral", pero no le hacen ascos al proceso Constituyente  

Ganar tiempo para recomponer CDC –los mismos perros, idénticos collares- y recuperar apoyos políticos que el sectarismo de JxS se había enajenado con su unilateralidad. Joan Coscubiela, portavoz parlamentario de Sí se Puede, propinaba este viernes en El Periódico, una severa coz a las leyes de desconexión: “Como no quieren reconocer que su hoja de ruta nos lleva a un callejón sin salida, llevan dos meses haciendo chanchullos con la desconexión, y ahora se sacan de la manga otra propuesta kafkiana. Cada semana dicen una cosa y su contraria, intentando que cada cual se quede con la que más le guste”. Los podemitas catalanes no creen en la “estrategia de la desconexión unilateral”, pero se muestran dispuestos a jugar “en la comisión de estudio del proceso Constituyente, el espacio adecuado para debatir el proceso de ruptura con el sistema socioeconómico y político de la Transición”. Tócala otra vez, Sam.

Mariano no sabe cómo hincarle el diente

Así es el delirante paisaje político catalán, donde no cabe una locura más ni un esperpento menos. Una fiesta cuyas copas sigue pagando Madrid. La paga el señor Montoro y su FLA, mientras Mariano, este sábado en Barcelona para asistir a la nominación de García Albiol como nuevo “coordinador general” del PPC, un partido reducido a la irrelevancia por los Fernández Díaz y su cohorte, no sabe qué hacer, cómo hincarle el diente al problema, más allá de las consabidas y manoseadas proclamas tipo “El Gobierno central estará vigilante para garantizar que se cumplen las sentencias del TC y que nadie está por encima de la Ley” (Rafael Catalá al aparato). Con sus briosos arreones de potro jerezano y tacticistas paradas de mulo manchego, el prusés sigue su camino sin obstáculo aparente. Sobre el campo de juego donde se dirime el futuro de Cataluña sólo hay un equipo, porque el Estado sigue sin comparecer, en el que seguramente es el caso más llamativo conocido de millones de ciudadanos –catalanes y españoles al tiempo- abandonados a su suerte por parte de la Administración encargada de velar por sus derechos.

Mas y sus testaferros han demostrado ya hasta la saciedad que se pasan la Ley y las resoluciones del TC por la entrepierna. El objetivo ahora es lograr la adhesión del 51% del censo. Imposible imaginar mejor aliado en la confusión hoy reinante en Madrid. El martes 9 tendremos ocasión de asistir a una nueva representación de esta farsa cuando los aludidos proyectos de ley de “desconexión” comiencen a tramitarse en el Parlament. Interesante será comprobar entonces cómo se comporta su secretario general, Pere Sol i Ordis, el funcionario de más alto rango de la cámara catalana, apercibido ya por el Constitucional, que corre el riesgo de incurrir en una serie de delitos, incluso penales, que podrían llevarlo a la cárcel. Lo piensa mucha gente con fundamento bastante: mientras no se aplique de forma efectiva la fuerza del Estado de Derecho en Cataluña, la barahúnda independentista no cederá un ápice en su desafío; mientras una serie de probos funcionarios del Estado, enarbolando el artículo 153 de la Constitución, no irrumpan en las conselleries respectivas para anunciar que se hacen cargo del negociado, la fiesta del prusés seguirá imperturbable hasta hacer realidad una Cataluña independiente de facto, ello ante la indiferencia del que probablemente seguirá firmando los cheques: el contribuyente español.

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