Análisis

El “prusés” o el monstruo que devora a sus hijos

   

El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), saluda a los consellers Neus Munté y Raül Romeva en el pleno Parlament.
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont (d), saluda a los consellers Neus Munté y Raül Romeva en el pleno Parlament. EFE

Al final va a tener razón ese estadista llamado Mariano Rajoy, ese Churchill que fue capaz de detener a las tropas de Bruselas que amenazaban con invadir España, en Perpignan estaban ya, por Hendaya andaban, con los hombres de negro en intervención relámpago. Va a tener razón una vez más, ya digo, con la Cataluña independentista. Tantos ríos de tinta bajo los puentes patrios, tanto argumento desesperado, tanta petición de iniciativa, tanto drama, tanta hiel, para nada. El presidente del Casino Provincial de Pontevedra tenía la fórmula en la mano, la tuvo desde el principio: arreglar el problema catalán, como tantos otros, como tantas otras veces, consistía en cruzarse de brazos y no hacer nada: dejar que los indepes se cocieran en su salsa, al pil-pil o a la brasa, vuelta y vuelta y listo para servir en bandeja de CUP, con sal y pa amb tomaca, o con un poco de azúcar en la píldora que os dan, que decía Mary Popins.

Los indepes se tiraron este miércoles los trastos a la cabeza en el Parlament, en un espectáculo lamentable y al tiempo cargado de enseñanzas. Queríamos imitar a Dinamarca y cada día que pasa nos vamos pareciendo más a Líbano o a Siria, aunque de momento, y por fortuna, las balas siguen siendo aquí solo paraules. Las caras desencajadas de los protagonistas de la refriega indicaban a las claras el coste emocional de ese experimento trasversal que ha pretendido unir a la derecha burguesa con la revolución antisistema en un Movimiento sin partidos o por encima de ellos, au-dessus de las ideologías, unidad de destino en lo universal de una independencia que prometía hacernos felices y comer perdices y que, por el contrario, nos está aniquilando, nos devora cual Saturno engullendo a su prole, nos hace papilla en medio de un descomunal ridículo, confrontados como estamos con la dura realidad a la que nos ha conducido una locura capaz de arrastrar a toda Cataluña al precipicio de la sinrazón.

Claro que para el independentismo no hay realidad por terca que sea que no pueda manipularse, retorcerse o reinterpretarse. Reinventarse. Convergencia, el partido al que durante décadas votó la gente bien de Barcelona y Cataluña, la gente de orden, las clases medias confortablemente instaladas en el catalanismo moderado de la subvención y el cártel, ahora convertido en una ruina, podrá decir a los Carullas que pagan la fiesta que lo ha intentado todo, pero que ya lo decía yo, que con la izquierda antisistema no se puede ir ni a recoger herencia, quien con niños se acuesta excrementado alborea y cría cuervos y tendrás más, y así hasta mil refranes más para retratar la soberana estupidez de unos ricos de postín dispuestos a compartir experimento político con unos okupas que nada tienen que perder y sí mucho que ganar en el asalto a los palacios de invierno de Sarrià-Pedralbes, por no hablar de las masías en la Garrotxa o el Empordá.

Los señoritos del Chanel Nº5

Esquerra, en el centro del prusés encallado, protagonista de tantas revueltas de sangre como escoltan la historia de Cataluña y España, dirá que también lo ha intentado todo abrazando a esos señoritos convergentes que se bañan diariamente con Chanel Nº5 y tratando de meterlos en la cama de unos antisistema que odian la ducha, y ahí están ellos, ahí siguen, agazapados, abrazados a un ejercicio de falsas buenas intenciones sin sufrir mayor desgaste, incluso con serias posibilidades de elevar a ese Demóstenes que responde al apellido Junqueras, ese sabio que también sabe, tanto sabe, todo lo sabe ahora de presupuestos y finanzas públicas, a los altares de la presidencia de la Generalitat. Incluso la CUP o las CUP, rota/s en dos partes imposibles de soldar, podrá/n decir, podrá/n vender ante su aguerrida militancia que se ha/n mantenido firme/s sin ceder un ápice ante esa burguesía que tiembla y titubea, se acobarda y mansea a la hora de la verdad de desafiar a España y proclamar la venturosa independencia.

Imposible imaginar mejor colofón a la farsa de los Pujol y sus secuaces, los Mas, Homs y compañía, que ver a la tierra de La Mare de Dèu de Monserrat coronada por una antisistema como presidenta de la Generalitat

El desastre de este miércoles, además, permitirá a los cuperos acercar posturas con Ada Madrina Colau, la alcaldesa de la que se han distanciado, a la que han puesto también a parir por su falta de ovarios en el envite de la sucursal abandonada por Catalunya Caixa y hoy okupada en el barrio de Gràcia. Acercar posturas para convertir en realidad ese otro disparate que muy bien podría tomar cuerpo en Cataluña más pronto que tarde y que consiste en hacer de la Doña nada menos que la próxima presidenta de la Generalidad de Cataluña. Imposible imaginar mejor colofón a la farsa, más espectacular broche de oro a la insensata aventura de los Pujol y sus secuaces, los Mas, Homs y compañía, que ver a la tierra de La Mare de Dèu de Monserrat coronada por una antisistema como presidenta de la Generalitat. En verdad se lo merecen. La estupidez por fin recompensada en la Dinamarca independentista. La Cataluña nacionalista o la bien pagá, no te quiero, no me quieras, si to me lo diste yo na te pedí, no me eches en cara que to lo perdiste…

A los señoritos convergentes les viene bien el lío de este martes, ya digo, porque les permite ganar tiempo. Encerrados en un callejón sin salida, entre la espada de la CUP o las CUP y la pared de saberse embarcados en una operación imposible, hace tiempo que la tropa JxS se dedica a ganar tiempo, especialmente valioso en el caso de esa Convergencia que necesita mudar de piel y volver a abrazar otro disfraz con el que seguir alargando el prusés, viviendo del cuento de la independencia, porque en Cataluña miles de personas se han acostumbrado a vivir del cuéntame un cuento y verás qué contento me voy a la cama y tengo lindos sueños, decenas de miles de personas que han hecho del engaño a la mayoría silenciosa su medio de vida, porque las subvenciones no se van a cortar, las embajadas van a seguir, el dinero va a continuar regando la televisión nacionalista, los medios de comunicación adictos al Movimiento, las Asambleas, los Forums, los colectivos, los blocs… todo tiene que seguir como si, en plena tempestad, nada pasara.

El cansancio de la mayoría silenciosa

Unas decenas de miles tienen que seguir viviendo del mito, alimentando la ficción, porque el negosi del prusés no se puede parar, bicicleta a piñón fijo, mientras los millones que, a pesar del bombardeo mediático, le siguen dando la espalda, continúan sin Gobierno, huérfanos de gestión, ayunos de calidad democrática, aguantando estoicos sus problemas cotidianos sin nadie a quien pedir cuentas, y asistiendo perplejos al espectáculo de una elite política transversal que, envuelta en su arrogancia, se niega a dar el brazo a torcer de reconocer su fracaso para volver a la calle por donde transitan las mayorías urbanas de los países desarrollados: al orden del imperio de la ley y al servicio  estricto de los intereses de los ciudadanos que los mantienen con sus impuestos en el machito. Millones callados que ahora, fruto de la frustración de tanto crédulo como compró esa Arcadia feliz, temen que de las madrazas nacionalistas empiecen a salir iluminados dispuestos a emprenderla a palos con quien se atreva a reclamar una pantalla en la calle para ver un partido de España.

El agotamiento empieza a ser patente incluso entre gente que, sin malicia, “compró” como buena la mercancía. Hartos hasta decir basta del teatrillo independentista. Sólo cuando esta mayoría silenciosa se canse y reviente y explote y salga a la calle dispuesta a acabar con la impostura, empezará a arreglarse el problema, que es, siempre lo ha sido, un problema de mala calidad democrática o de simple ausencia de democracia. De corrupción y de grave déficit democrático. En Cataluña y en el resto de España. Porque el chantaje nacionalista no sería posible en un país cuyas instituciones, prestigiadas por el cumplimiento a rajatabla de la Ley, no se prestaran al chantaje. Y porque de Madrid nadie debe, por desgracia, esperar nada. Los juncos y salchichones que ahora ocupan la Generalitat esperaran a septiembre para ver qué pasa con la gobernación de España, convencidos de que los ángeles malos volverán a repartir cartas, de modo que, si en Madrid les necesitan para la cosa de las mayorías, tal vez sea posible empezar de nuevo a darle a la manivela de un prusés travestido con ropajes nuevos, alejado de la absurda radicalidad a la que hemos llegado ahora. ¡Y vuelva a empezar!    


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