Análisis

El brexit y alemania

Gane quien gane el referéndum inglés, la UE se enfrenta a una nueva convulsión de sus propias estructuras, a sabiendas de que cualquier huída hacia adelante tendrá la enemiga de Alemania.

El primer ministro de Reino Unido, David Cameron
El primer ministro de Reino Unido, David Cameron EFE

Mientras aquí andamos enfrascados con otras elecciones, decisivas según algunos, aunque yo creo que no tanto, en la Unión Europea se está librando una batalla que ya viene de lejos, concretamente desde Maastricht en febrero de 1992, entre Inglaterra y Alemania, que determinará si esta última apuesta por reestructurar la UE o, sencillamente, por descafeinarla, salga o no adelante el Brexit. Porque realmente este envite inglés es la consecuencia de los fracasos reiterados de la propia Unión, convertida en un engendro sostenido por una burocracia costosa,  que ya parece incapacitado para dar salida al desbarajuste político y social extendido por el Continente. Demasiado para la potencia germana que, en mi opinión, carece de la ductilidad y experiencia necesarias para ordenar el avispero continental, respetando la democracia. De manera que convendrá reflexionar sobre los cambios venideros, sin dramatismos alelados y sin alentar quimeras como las de más Europa, a base principalmente de mutualizar la deuda, cosa que los germanos no están dispuestos a consentir. En ese contexto, cada país socio deberá analizar lo que le conviene y aprestarse a defender sus intereses.

Inglaterra es el núcleo duro de la disidencia y la que mantiene la bandera de la lucha tradicional de la isla contra la hegemonía de Berlín en el último siglo y medio

Es positivo que no sea un enfrentamiento entre Estados

Me he referido a Inglaterra y no al Reino Unido, porque aquella es el núcleo duro de la disidencia y la que mantiene la bandera de la lucha tradicional de la isla contra la hegemonía de Berlín en el último siglo y medio. Algo que se podría haber evitado si el antiguo Mercado Común se hubiera mantenido en sus objetivos iniciales, desechando la tentación de ir más allá a base de cercenar las soberanías nacionales para alumbrar un monstruo que no se sabe bien qué es: carece de unidad política y fiscal y, a duras penas, intenta unificar las políticas económicas y monetarias con daños cuantiosos para un número significado de socios. Esas y no otras son las razones del euroescepticismo rampante y de la aparición de fuerzas políticas, de corte fascista o neocomunista, que traen de cabeza a los que dirigen el negocio de Bruselas sin saber a qué Dios encomendarse.

Ante esa crisis evidente, magnificada por la hipótesis del Brexit, conviene subrayar algo positivo e importante en la historia europea y es que los planteamientos de unos y otros no contemplan la lucha entre los Estados, de tan amargos recuerdos en Europa, sino el entendimiento para pactar los desacuerdos y, en su caso, proceder a la salida ordenada de la UE que no ha sido capaz de consolidarse en una Europa que está asimilando con dificultades la quiebra de la Unión Soviética y la unificación de Alemania. Quiero decir que, a pesar de los agoreros de turno, no llegará la sangre al río y que una vuelta pactada al orden westfaliano no es ninguna tragedia, sobre todo después de haber constatado la imposibilidad de superarlo sin crear más problemas que los que se pretendían arreglar.

No digo que no vaya a haber problemas, los habrá, sobre todo en los mercados financieros, siempre prestos a especular con cualquier excusa, y la UE las está ofreciendo mes sí y mes no. Al fin y al cabo, el volumen de la deuda europea no deja de ser un bocado apetitoso en unos tiempos en que hay sobreabundancia de liquidez y escasez de activos en la que invertirla. Por eso, salvo las montañas rusas de las bolsas en estos días, no es previsible que la actividad se resienta más de lo que ya lo está. Así que, lo verdaderamente importante es prever cómo se enjaretan las consecuencias del desafío inglés, sin perjuicio de que prospere o no, porque éste ha venido a recordarnos que a los malos negocios, antes o después, hay que cortarles la cabeza y no seguir alimentándolos con planteamientos vanos y con dineros mal aprovechados. Me imagino que por ahí irán los pensamientos de Alemania, una vez que se convenza de que su realpolitik no da los rendimientos esperados.

La realidad actual de la UE es muy poco atractiva para quienes crean en los valores que dieron origen a la misma en Roma hace casi sesenta años

El modelo actual de la UE ha dejado de ser atractivo

No creo que haya que insistir en que la realidad actual de la UE es muy poco atractiva para quienes crean en los valores que dieron origen a la misma en Roma hace casi sesenta años. Los países del Sur están postrados e inermes ante el peso de sus deudas y el estancamiento económico y, por su parte, los del Este se muestran cada vez más díscolos con las regulaciones comunitarias, además de rechazar su colaboración en la crisis de los refugiados. Ese cuadro complicado es producto de una ampliación desmesurada y de la agregación de materiales extraños a los fundacionales, asumiendo doctrinas económicas que han procurado la desertización industrial y que han ido acompañadas de un enjambre de reglamentos y directivas que ejercen, en muchos casos, un papel disuasorio para los que deseen invertir en la Unión. Por esas razones y otras similares, el dinamismo y la ilusión de los primeros treinta años se ha transformado en una profunda decepción que, si no es más perceptible, se debe a la desinformación practicada en algunos países desde que estalló la crisis de la eurozona en 2007. Casi diez años ya, que se dice pronto.

En resumen, parece claro que, gane quien gane el referéndum inglés, la UE se enfrenta a una nueva convulsión de sus propias estructuras, a sabiendas de que cualquier huída hacia adelante tendrá la enemiga de Alemania, que ya viene manifestando su inquietud sobre el estado de cosas actual en forma de ataques al BCE y a las decisiones de la propia Comisión. El que no quiera verlo, que no lo vea, pero, desde mi punto de vista, convendría que en España se vayan abandonando los lugares comunes del europeísmo ramplón, cambiándolos por el análisis racional de lo que ocurre y, sobre todo, de lo que pueda ocurrir, con el fin de establecer nuestra posición en la reconstrucción del orden europeo que, sin duda, será diferente del que se nos vende ahora.



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