Casado ha madurado... ¿será por la barba?
Casado ha madurado... ¿será por la barba?

ANÁLISIS

La barba de Casado obra milagros

Pablo Casado tenía tres balas, y una ya la gastó el 28 de abril. El líder del Partido Popular se juega la mitad de su futuro político en las elecciones generales del 10 de noviembre. Si la cosa sale mal, apenas le quedará un disparo antes de ser devorado por los cocodrilos que merodean Génova 13.

Consciente de ello, Casado anda estos días reparando los errores que le llevaron a un estrepitoso fracaso en las elecciones de primavera. Aquella vez él era la única cara nueva de entre los líderes de los grandes partidos, pero no fue suficiente argumento para convencer a los votantes, que huyeron espantados de un PP que no veían con rumbo claro.

Casado cometió demasiados errores el 28-A: listas excéntricas, discurso altisonante, hiperactividad...

El 28-A le llegó demasiado pronto. Casado afrontó la campaña sin apenas tener el control del partido y se lanzó apresuradamente a una toma de decisiones en caliente que dio como resultado unas listas electorales excéntricas. Ante la amenaza de Vox, optó por un discurso altisonante sin prever que podía tener consecuencias negativas por el lado del centro. Y, en vez de preservar su imagen y transmitir sosiego, se metió en una espiral hiperactiva que le llevó a realizar hasta cuatro desplazamientos diarios por la geografía española pensando equivocadamente que las elecciones las gana el que más kilómetros hace. 

Casado no es tonto y, de la misma manera que en su día supo sobreponerse a las polémicas sobre su máster en la Rey Juan Carlos y sus cuestionados títulos internacionales, ha tomado buena nota de esa catarata de errores. Han pasado cuatro meses, pero en realidad para Casado han sido más bien cuatro años. Y los cambios son ya evidentes, empezando por la barba que se ha dejado este verano y que le distingue de Rivera y le da un aire más maduro y fiable.

El menos abrasado

El líder del PP siempre dudó sobre la conveniencia de que se repitieran las elecciones, porque noviembre también puede llegar demasiado pronto para este nuevo PP. Sin embargo, Casado ha sabido salir de estos meses de bloqueo con mejor imagen que antes y menos abrasado que los demás líderes, entre otras cosas porque casi nadie esperaba algo de él para desatascar la situación.

Aprovechando esa posición de privilegio que le ha brindado el no tener el foco encima, Casado ha preparado mucho mejor la campaña que viene, ha diseñado una estrategia más moderada y pondrá todo el esfuerzo en transmitir un perfil presidenciable, es decir, que los españoles vean en él una alternativa real al liderazgo de Pedro Sánchez.

Además, se ha sacado del zurrón la idea de España Suma. En teoría, esa propuesta consiste en crear una especie de coalición de derechas, fundamentalmente con Ciudadanos, para aunar esfuerzos y optimizar el resultado electoral. Sin embargo, en realidad se trata de una perversa trampa contra Albert Rivera: si acepta ir juntos al 10-N, su partido quedará diluido y atrapado por el abrazo del PP; y, si por el contrario rechaza esa opción, siempre quedará como el malo que no quiso reunificar el centroderecha y facilitó el triunfo del PSOE.

Casado va descaradamente a por Rivera y sólo así hay que interpretar su acto con Rosa Díez, su comida con Rajoy y su frase de que su programa será "moderado y progresista"

En consecuencia, y aunque él no lo admita, el plan de Casado, ahora que la amenaza de Vox se ha reducido, consiste en afianzar el discurso de centro y en comerle terreno a Ciudadanos aprovechando las horas bajas por las que atraviesa ese partido. Y en esa línea hay que interpretar tres golpes de efecto del líder del PP durante los últimos días: un acto conjunto con Rosa Díez, la mujer que descubrió el nicho electoral que ahora explota Ciudadanos; una comida con Mariano Rajoy, para transmitir imagen de reconciliación con el PP más moderado; y una frase sorprendente pronunciada delante de todos sus diputados en el Congreso ("nuestro programa será moderado y progresista").

Casado pues está decidido a emprender el viaje al centro 30 años después de que lo iniciara José María Aznar. El centro, ese lugar donde están la mayoría de españoles y del que se pretende adueñar Sánchez tras echarse al monte por propia voluntad Rivera.

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