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Alberto Lardiés

UNA FAMILIA ENCLAUSTRADA (69)

Ampliando vocabulario

Durante las últimas semanas han ido llegando para quedarse palabras que nos modifican la visión de lo que nos rodea. Palabras que desconocíamos o que no queríamos ni usar porque se antojaban intolerables

Palabras que no están ni en nuestros libros.
Palabras que no están ni en nuestros libros.

Las palabras nos describen el mundo pero también nos lo acotan. De alguna manera las cosas de las que no hablamos realmente no existen para nosotros. Si no lo nombramos, lo ignoramos. Durante estas semanas de temores e incertidumbres hemos aprendido unas cuantas realidades que desconocíamos. Conceptos y mundos que nos eran ajenos y ahora ya son cotidianos. O, dicho de una manera más simple, una consecuencia positiva del confinamiento es que hemos ampliado bastante nuestro vocabulario.

Son palabras que hoy nos golpean la conciencia y que sólo hace un par de meses ni conocíamos porque no las utilizábamos o sí habíamos escuchado pero se nos antojaban intolerables. Palabras nuevas, en todo caso, que nos hieren el alma pero que explican (o deforman) este mundo deteriorado por un virus tan contagioso como inesperado. Incluso, en un fabuloso diccionario del que se encarga la compañera Karina Sainz junto a otros escritores estamos viendo cómo algunas palabras que sí conocíamos y manejábamos están mutando para adquirir otros significados. 

Durante esta ya larga reclusión, ahora bastante atenuada en los lugares de fase 1 como el mío, han ido llegando para quedarse palabras que nos modifican la visión de lo que nos rodea. Hagamos un repaso de algunas de ellas porque entenderemos cómo hemos cambiado en tan poco tiempo. Lo primero fue el propio bicho. Allá por enero empezamos a oír hablar de algo llamado coronavirus que nos sonaba más que nunca a chino. Era algo lejano que aparecía en los telediarios. 

Como no nos terminábamos de creer lo que se acercaba, rápido y seguro, algunos empezamos a ver con asombro, e incluso con una cierta sensación de superioridad sobre nuestros vecinos, la inesperada cuarentena decretada en Italia

Llegó poco despuésla pandemia. Estábamos acostumbrados a hablar de epidemias, quizás como una forma subconsciente de negar que el virus pudiera llegar hasta nosotros. Como no nos terminábamos de creer lo que se acercaba, rápido y seguro, algunos empezamos a ver con asombro, e incluso con una cierta sensación de superioridad sobre nuestros vecinos, la inesperada cuarentena decretada en Italia. "Eso aquí no pasará", pensábamos, incautos tanto por nuestra sensación de invulnerabilidad como porque el doctor Simón, aún desconocido, le quitaba hierro al asunto. 

Cuando el bicho ya pululaba entre nosotros, contagiando sin cesar, empezamos a hablar también de una enfermedad: covid-19. En puridad, al principio lo decíamos en masculino, como sinónimo del virus -"el covid"-, hasta que la RAE hizo su trabajo y nos dijo que había que ponerlo en femenino -"la covid"-, si bien es cierto que ahora mismo utilizamos los dos géneros para hablar de este jodido nombre que ojalá no hubiera llegado a nuestras vidas. Un nombre que proviene de una denominación más larga, coronavirus SARS-CoV-2, que, como sabíamos todos menos Isabel Díaz Ayuso, es un acrónimo del inglés "coronavirus disease 2019".

El término predilecto es confinamiento, que es una de esas típicas palabras que conocemos pero jamás utilizamos, con la falsa certeza de que nunca estará entre nosotros. Y miren si ha estado y todavía está en nuestras vidas. Nunca lo olvidaremos

El sinónimo de la tragedia llegó con el término sin duda más utilizado y más doloroso para el común de los ciudadanos: confinamiento. Una de esas típicas palabras que conocemos pero jamás utilizamos, con la falsa certeza de que nunca estará entre nosotros. Y miren si ha estado y todavía está en nuestra realidad. Nunca olvidaremos este término que compendia todo lo que hemos vivido desde el pasado 15 de marzo, cuando empezó el estado de alarma, expresión que solo habíamos escuchado cuando lo de los controladores aéreos una década atrás. 

También nos hemos hecho expertos en tecnicismos médicos, científicos y tecnológicos. ¿Quién sabía qué era una EPI antes de todo esto? ¿Quién había oído hablar de los test PCR ('Reacción en Cadena de la Polimerasa', por sus siglas en inglés)? ¿Cuántos conocíamos el programa zoom para las videollamadas? ¿Cuándo hablábamos de la propia mascarilla y ya no digamos de sus tipos: FFP2 – FFP3, quirúrgica, etc? Ahora habrá mucho sabihondo que dirá que ya lo sabía y utilizaba de antemano, pero la realidad es otra. 

Se ha publicado un listado de 25 términos del nuevo argot derivado de la pandemia. Pero en esa lista falta quizás la palabra más sorprendente porque la conocíamos sobradamente pero cobró un sentido nuevo: la curva. Nos han hecho utilizarla para revestir de carácter científico la enorme tragedia que se ha vivido. En el fondo, ha sido un eufemismo para ocultar el horror. Ahora que por fin parece doblada, casi nadie se acuerda de ella. Son ya días de hablar de dos términos robados al inglés: "desescalada" y "nueva normalidad". Ambas palabras, a priori ilusionantes, demuestran que hasta esto, el lenguaje, está manipulado por intereses políticos. Con palabras viejas o nuevas, hay cosas que nunca cambian. 

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