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Miquel Giménez

Opinión

Amarga Cataluña

Una conjura contra todo lo que se oponga a delirio separatista se abate sobre Cataluña. Son tiempos amargos

Bandera estelada
Bandera estelada EFE

El ataque sufrido por el blog Dolça Catalunya en los últimos días no es ni casual ni un hecho aislado, en expresión que tanto gusta repetir a los ortodoxos del sistema pijo progre. Hace ya un tiempo, separatistas y socialistas llevan a cabo una intensísima labor de zapa contra lo que consideran su enemigo más temible: el constitucionalismo. En pocos meses, Societat Civil Catalana, que alumbró las manifestaciones multitudinarias en favor de España y la Constitución, se ha visto infiltrada por el PSC, descafeinada y convertida en un elemento prescindible. Que la gran preocupación de estas gentes sea ahora la ley de lenguas es síntoma inequívoco de que la han vaciado de aquel espíritu combativo que la animó en los viejos tiempos.

El asociacionismo anti separatista se mueve entre conspiraciones torrezneras, personalismos estúpidos y una atomización cada vez mayor, lo que le conduce a una esterilidad total. Que Dolça Catalunya haya sido linchada desde un medio que, aparentemente, está al lado del orden democrático, tampoco es algo baladí. Todo obedece a un plan meticuloso e inteligente que emana desde los despachos del PSC, destinado a recuperar su espacio político. Eliminar a todos esos que van con la bandera española es su obsesión, su prioridad. No es combatir contra los golpistas, denunciar la opresión que vivimos quienes no comulgamos con la estelada o luchar por la igualdad entre catalanes. No. Su objetivo, repito, es barrer del mapa a esos que ellos consideran extrema derecha, los populares, los naranjas, lo que nos atrevemos a elevar nuestra voz crítica.

Es una amarga Cataluña en la que poco hay ya de aprovechable, porque incluso las personas más bienintencionadas se hartan de tanta politiquería y se marchan a sus casas

Les estorbamos, porque somos el único obstáculo que tienen para poder llevar a cabo sus planes, que no son otros que pactar con los separatistas “moderados” y que el monopolio nacionalista continúe unas décadas más hasta que se vean con fuerzas para volver a intentarlo. Zapatero lo decía sin ambages en Al Rojo Vivo ayer mismo. Hay que dialogar. Pero, ¿dialogar acerca de qué? ¿Acerca de cómo saltarse la ley, de cómo blanquear el fascismo en las aulas, de seguir tolerando que los medios públicos catalanes sean meros altavoces del racismo catalanista?

Ellos están en ese camino y temen a cualquiera que les diga que, por ahí, no. En la segunda manifestación de SCC, Anna Balletbó y Josep María Sala, al verse rodeados por aquel mar de catalanes que portaban desacomplejadamente por igual banderas españolas y senyeras, se miraron angustiados preguntándose “Bueno, pero esto, ¿quién lo controla?”. Es evidente que ahora el control lo están empezando a ejercer ellos y eso solo puede tener un final: la vuelta al fétido oasis de aguas putrefactas en el que robar u oprimir salía gratis siempre que apoyases con tus diputados al PSOE. Tampoco debe ser casual que a Pujol lo inviten a cenas en el Ecuestre y que éste diga que no quiere que lo entierren con una estelada o que la unilateralidad es muy mala. Los silencios del viejo patriarca se pagan, como todo lo que hacen los nacional separatistas.

Es una amarga Cataluña en la que poco hay ya de aprovechable, porque incluso las personas más bienintencionadas se hartan de tanta politiquería y se marchan a sus casas, con la náusea de quien no quiere transigir con el chalaneo de los partidos. Es un momento difícil para la gente sensata, para quienes creyeron que habían conseguido frenar el monstruo separatista. Naturalmente, llegará la sentencia por el 1-O, y los separatistas harán de todo, y llegarán elecciones autonómicas adelantadas y seguramente las generales, pero nadie moverá un dedo para que en esta maltratada tierra retorne el buen juicio y la sensatez política.

A la pseudo izquierda no le interesa esa vía, la única decente en cualquier estado democrático; a los separatistas, menos. Luego habrá quien se extrañe de que socialistas y Puigdemont hayan pactado el gobierno en la Diputación de Barcelona. Cosas veredes, amigo Sancho. Pero todas amargas, aunque siempre nos quedarán los Dolços.

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