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Félix Madero

Opinión

Y Alicia se tiró por la ventana

Las personas que tenían problemas con su hipoteca, o con el alquiler, siguen ahí. Son invisibles, pero continúan sufriendo como en los peores años de la crisis

Concentración de Stop Desahucios en contra de los lanzamientos hipotecarios
Concentración de Stop Desahucios en contra de los lanzamientos hipotecarios Álvaro Carmona

Sonó el timbre. Alicia sabía que era la Policía Municipal con un representante judicial. Iban a desahuciarla y se sintió enteramente dueña de su vida. Quizá pensó: No, ya no puedo más, éste acto de humillación no tengo que aguantarlo. Abrió la ventana del salón y se tiró a la calle desde un quinto piso. Una peluquera que vio el cuerpo se acercó a ella para levantarla, pensaba que se había mareado. Pero no. Estaba muerta. Se había suicidado. Se fue de este mundo sin ver la cara de los dos policías, tampoco la del funcionario judicial que le iba a explicar las razones por las que la echaban de la casa en la que vivió cuatro años. Alicia ya es parte de la estadística que cifra en más de 2.000 los suicidios al año en toda España.

Eran las once de la mañana y a esa hora la radio, ajena al suicidio de Alicia, se enrocaba y se desperezaba entre el brexit, el papelón del presidente Sánchez, de viaje en Cuba mientras May se afanaba en Bruselas, y la mortecina campaña electoral en Andalucía. Las tertulias, previsibles todas ellas, podían intercambiarse de emisora. Decían lo mismo. ¡Dios, qué malos son los lunes para los tertulianos! Todo muy previsible, tanto que no hacía falta recordarnos que la vida seguía.

¿Cómo es posible que aún no exista comunicación entre los juzgados que ordenan desahucios y los servicios sociales?

Pero la vida siempre sigue, aunque uno de nosotros decida parar la suya y, por un segundo, al conocer esta última muerte, parezca un poco la nuestra. Quién no ha pensado alguna vez en el suicidio. No hace falta querer quitarse de en medio para pensar alguna vez en ese momento. Albert Camus dijo del suicidio que era el gran problema filosófico, que no había otro. A mí, desde luego, lo que me pareció es que era la única noticia nueva en Madrid, y la única que me hacía pensar.

No conviene especular sobre las razones que hicieron que Alicia se suicidara. Probablemente fueron un cúmulo de circunstancias, y la última de todas fuera que la echaban ante el impago del alquiler. Ante una situación así enseguida llegan las preguntas: ¿Vivía sola? ¿Nadie le podía ayudar? ¿Quién de su entorno sabía que no estaba pagando el alquiler y que la iban a echar? Y, sobre todo, cómo es posible que aún no exista una comunicación entre los juzgados que ordenan desahucios y los servicios sociales municipales. ¿Es tan difícil? Las preguntas, simples por lo demás, sólo hablan de la soledad, grave y destructora cuando llega sin llamar.

Se sabe que Alicia había ido al Ayuntamiento, que se interesó por las ayudas a la vivienda, pero que no cerró ninguna gestión. Tampoco sabemos si su paso por la oficina municipal dejó o no huella. Aunque no estaría de más que el Ayuntamiento de Carmena, tan implicado cuando llegó en parar desahucios y solucionar el problema de la vivienda, se tomara esto un poco más en serio. Esa fue una de sus grandes banderas nada más llegar a la alcaldía, aunque hoy sólo haya ojos para la Gran Vía y Madrid Central. Carmena, Ahora Madrid, Podemos… qué razón la de Tierno Galván cuando aseguraba que los programas políticos se hacen para no cumplirlos.

La prensa, tan previsible e injusta, eleva a categoría de noticia esta última muerte. ¿Y las demás? Rematadamente pobres para un buen titular

Las personas que tenían problemas con su hipoteca, las que tenían dificultades para pagar el alquiler, siguen ahí. No lo queremos saber, pero siguen sufriendo con la misma crudeza que en los peores años de la crisis. Son invisibles. Son carne para la propaganda en tiempos de elecciones. Los de SOS Desahucios lo saben, son los únicos que entienden este gran problema. Y saben esto mientras ven a la alcaldesa Manuel Carmena hacer propaganda de su nuevo proyecto político desde la cocina de su casa. Sí, señora alcaldesa, el lenguaje de los políticos es muy simple e infantil, tal y como decía el domingo en El País. ¿Y enseñar la cocina de su casa con un microondas viejo y unos muebles que recordaban los de la cocina de mi abuela, eso qué es? Pero, disculpe el lector, la digresión. No viene a cuento. O sí. No sé.

Ahora nos paramos ante el suicidio de esta mujer ¿Por qué con ella y no con otros casos que han sucedido pero no encontraron espacio en los medios? Vete tú a saber. Quizá porque Alicia vivía en un barrio distinguido de Madrid. Porque no daba el perfil de una pobre marginada que vive en un piso más cerca de la chabola que de una vivienda. Quizá porque tendemos a creer que son los pobres de los barrios bajos los que se quitan la vida ante problemas que no pueden, no saben solucionar. Quizá porque son estos los que se cansan de vivir, y no las personas que viven en Chamberí. Serán pobres, pero no lo parecen. Y mientras tanto, la prensa, tan previsible e injusta, eleva a categoría de noticia esta última muerte. ¿Y las demás? Rematadamente pobres para un buen titular.

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