Es insólito que las mezquinas enemistades y los egoísmos propios de párvulos, cuando no las turbias maquinaciones de eso que denominamos poderes fácticos, hagan poco menos que imposible frenar el ascenso de toda una serie de partidos cuyo único fin es derrocar el sistema democrático actual que rige en España desde hace cuatro décadas. Con un plan meticulosamente organizado, y desarrollado en varios frentes a la vez, quienes aspiran sustituir una monarquía parlamentaria democrática homologable a cualquier país europeo por un régimen comunista en el que España desaparezca como nación y quede fragmentada en decenas de pequeñas republiquitas están saliéndose con la suya. Pero no por mérito propio, cuidado, sino por demérito de aquellos que tienen la obligación de estar en contra de eso.

Porque, si miramos los números, la mitad de catalanes no acudieron a votar este domingo, lo que ya invalida la tesis lazi de que ellos son mayoría. ¿Qué nos están contando, pues? ¿Qué la mitad que votó tiene derecho a decidir por todos? Pues eso es exactamente lo que dicen con el beneplácito de un PSC que, rebañando en el plato de Ciudadanos, ha conseguido ganar en votos y escaños y anda ofrecido por las esquinas a ver quién se va con él. Me detengo aquí en el análisis de estas gentes, porque son todos lo mismo, pozos de ambición sin fondo, resentidos sociales, incendiarios de casa rica y orates vengativos. Justamente por la escasísima calidad intelectual y moral de esa tropa es más que vergonzoso que la razón y el sentido común, que en este caso es el sentido del Estado, no hayan logrado encontrar acomodo en las filas del constitucionalismo.

Lo dije en un debate organizado por los entrañables amigos de Dolça Catalunya la semana pasada ante Cayetana Álvarez de Toledo, Jordi Cañas e Iván Espinosa de los Monteros: hay que unir fuerzas, hay que dejarse de viejas rencillas, hay que entender de una vez y para siempre que unidos somos más, infinitamente más, y que la fuerza de nuestros adversarios radica en que ellos sí que van a una, a pesar de que escenifiquen peleas de patio de vecindad. ¿O es que alguien duda que, caso de proclamar de nuevo la república catalana, todos, Esquerra, Junts per Cat, las CUP, los CDR, el PDeCAT, el Partit Nacionalista Catalá, Catalunya Acció, el Front Nacional de Catalunya, la ANC, Ómnium y demás no dejarían a un lado esas discrepancias y se pondrían todos como un solo hombre a defender esa quimera? ¿Podríamos decir lo mismo desde el otro bando en el caso, mucho más suave e indudablemente legal, en que se proclamase un nuevo 155? Al constitucionalismo, es decir, a España, no la perjudica tanto esos que, como Iglesias, alaban a Esquerra y encuentran perfecto que Otegi sea el invitado estrella de los de Junqueras en su acto central de campaña. No, señoras y señores, a España lo que la pierde son los “sí, pero”, “No quiero parecerme a ése”, “cuidado que no crean que abandonamos el centro” o “jamás caeremos en la tentación de pactar con esos”. Por Dios bendito. Basta ya de cogérsela con papel de fumar.

¿Se imaginan los resultados que habría obtenido una lista en Cataluña que hubiera tenido juntos a Alejandro Fernández, Cayetana, Girauta, Ignacio Garriga, Nacho Blanco y Albert Boadella, por poner un ejemplo?

¿Se imaginan los resultados que habría obtenido una lista en Cataluña que hubiera tenido juntos a Alejandro Fernández, Cayetana, Girauta, Ignacio Garriga, Nacho Blanco y Albert Boadella, por poner un ejemplo? ¿Calculan ustedes el número de personas que habrían ido a votarles bajo el simple lema de “Volveremos a la ley, a los problemas de la gente y dejaremos en minoría al supremacismo”? La respuesta está clara, al menos para mí. Se impone un gran acuerdo nacional, porque lo mismo sucede en las Vascongadas y muy pronto en otros lugares. Un acuerdo de mínimos basado en el sentido común, en la lealtad a la Corona, a la democracia, a la libertad y en la firme decisión de poner fin a tanto desmán. Dentro de la ley, cosa que los otros se empeñan en no hacer mientras el estado se lo permite de manera suicida.

Ignoro si hay que redactar un manifiesto – soy moderadamente reacio a ese “los abajo firmantes” – o si hay que encerrar a los dirigentes de PP, Cs y Vox en un ascensor con música de Ray Conniff como elemento de persuasión para que acaben cuanto antes de pactar. Doctores tiene la iglesia y seguro que a alguno se le ocurre el método.

Pero no tarden mucho, porque esto va de mal en peor.